Columna Invitada

Géricault y los retratos de alienados

Qué mejor que recurrir a los clásicos modernos para entender la representación estética de espacio y objeto

Géricault y los retratos de alienados
Luis Ignacio Sáinz / Colaborador / Opinión El Heraldo de México Foto: Foto: Especial

Desde hace más de tres décadas a Manuel Marín, el más erudito y sugestivo de los creadores en activo mexicanos o residentes en nuestro país, le ha dado por nutrir el nexo dibujo-geometría.

Ese es el núcleo de su último libro (“Figura”, Guadalajara, Petra Ediciones, 2023, 246 pp.) que ahora recibe una lectura animada a partir de sus análisis en línea y bulto gracias al concurso de Carlos Canto Alcolea (Choko) quien se encarga del montaje en movimiento, así como de componer la música que sonoriza el desfile de las figuras-formas-cuerpos. (https://www.youtube.com/playlist?list=PLC0V8n9KTf7Sau-S7zVn9U75Vw63ca9pT)

Se trata de seis cápsulas ensartadas en secuencia, una de las cuales se dedica a interpretar y deconstruir los cinco retratos de alienados del hospital de Salpêtrière (París) que sobreviven de una decena de imágenes originales encargadas por el fundador de la psiquiatría social Étienne-Jean Georget (1795–1828) a quien fue capaz de limar las asperezas entre el romanticismo y el realismo científico, Théodore Géricault (1791-1824), el famosísimo autor de “La Balsa de la Medusa” (1819, óleo sobre tela, 4.91 x 7.16 m, Louvre), una de las más estremecedoras imágenes sobre un naufragio y sus sobrevivientes. 

Este pintor respaldaba siempre su proceso de composición en un riguroso análisis de los objetos, fuese que estos forjasen o no una cadena narrativa.

En aquella época la frenología y la fisiognomía eran el último grito de la moda y se creía que la cabeza y el rictus de la cara eran “legibles”, paradójicas epistemologías que donaban pistas de los trastornos padecidos por los enfermos reclusos. La comisión de referencia abarcó una decena de retratos, de los que sobrevive la mitad, y uno más en duda.

Se trata de imágenes al óleo que muestran a los internos de tres cuartos, de frente y a escala real, borrándose cualquier referencia a la locación para no confundir al lector-espectador. Mirar a los retratados directamente, sin que estos regresen la mirada. Los títulos tampoco nombran a los retratados, sólo a su enfermedad. Théodore Géricault retrata el padecimiento, no a quien lo sufre. Ilustración diagnóstica. 

Las intervenciones de Manuel Marín descubren las regularidades formales de los retratos a pesar de las asimetrías.

Los ejercicios consisten en la recomposición de las imágenes mediante el intercambio de tramos de pintura: a saber, la partición en mitades y cuartos de los rostros y su reorganización que permite la creación de nuevos sujetos, imágenes inéditas, figuras-formas-cuerpos originales, que no destruyen la psicotipología de los perturbados, aunque distorsionan la cohesión del trastorno visualizado.

Las pinturas responden a síndromes específicos, todas ellas son monomanías: de la envidia–celos neuróticos; del robo–cleptomanía; del juego–ludopatía; de creerse militar– fijación obsesiva); y del robo de niños–pedofilia. 

En suma, “la locura en la apariencia”, captada en un instante lo suficientemente breve que escapa a la dictadura de la anécdota visual como narración de un “x” contenido.

El tratamiento es tan vertiginoso que alcanza a musitar la afección representada sin manifestar una valoración moral o de prejuicio social. Con Manuel Marín comprendemos que “el dibujo es”, por encima y más allá de adjetivos y conceptualizaciones. Manifestación del ser allí (dasein) heideggeriano, a pesar de las combinatorias que emprendamos con sus figuras-formas-cuerpos. 

Y qué mejor que recurrir a los clásicos modernos para darnos a entender los secretos de la representación estética del espacio y del objeto. 

POR LUIS IGNACIO SÁINZ

COLABORADOR

SAINZCHAVEZL@GMAIL.COM

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