COLUMNA INVITADA

Diana, kafkiana

Pocas cosas me interesan menos que las películas biográficas hollywoodenses, ésas que cuentan auge, éxito, caída y redención, da igual si de Benjamin o de Aretha Franklin

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La Nueva Anormalidad / Opinión El Heraldo de México

Pocas cosas me interesan menos que las películas biográficas hollywoodenses, ésas que cuentan auge, éxito, caída y redención, da igual si de Benjamin o de Aretha Franklin.

Pocas cosas me interesan menos que los devaneos eróticos de tal marquesa, el vestido de novia de cual princesa o el odio feroz que se profesan entre sí. No leo el ¡Hola! ni veo The Crown. No me interesan los royals, como les dicen en tevé.

De entre ellos, ninguno me aburre tanto como Diana de Gales, protagonista de aquella telenovela de gran audiencia, gran presupuesto, nulo interés dramático y franca irrelevancia política. Para la intriga palaciega, prefiero a Shakespeare. Para la infidelidad, a Tolstoi. Y Angela Merkel o Jacinda Ardern corresponden mejor a mi concepción de una heroína popular.

Por si fuera poco: aunque sus Tony Manero y No me parecieron buenas películas, la Jackie del chileno Pablo Larraín me dejó frío, justo por –florituras estilísticas más o menos– responder a la definición del biopic gringo que hice ya. De ella concluí que Larraín había sucumbido a la peor forma de la tentación hollywoodense: devenir ejecutor solvente de briefs dramáticos generados por algoritmos.

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Fue en esa disposición que accedí –a petición conyugal, sintiéndome héroe– a ver Spencer, la película filmada este año por el chileno a partir de la figura de Diana de Gales (nacida Spencer, de ahí el título). No sólo derrotó todos mis prejuicios: me parece una cinta mayor.

Spencer no es un biopic y menos una telenovela. Los únicos personajes que tienen más de una escena son Diana, sus hijos, un cocinero, un mayordomo, una mucama; el príncipe Carlos tiene una escena; el resto del elenco dilecto de las revistas del corazón no son sino texturas fuera de foco, elementos del decorado menos importantes que una cortina de brocado.

Spencer tiene lugar en la cabeza de su protagonista, quien no parece haber tenido muchas luces ni gran entereza psíquica y que así es retratada. Cándida Voltairiana, Justine Sadiana, es colocada en un entorno kafkiano –uno de rituales rígidos que no tienen otro propósito que la reafirmación de cara a la obsolescencia–, lo que la vuelca a la locura que es tema central de la cinta.

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Provisto de un guion orondamente expresionista de Steven Knight, Larraín echa mano de recursos seleccionados con negro primor –la música disonante de Jonny Greenwood, la capacidad de mímesis, pero también de sátira de Kristen Stewart y una edición
desorientante y trapacera son los principales– para contar una pesadilla febril vista por los ojos exorbitados de quien vive en ella.

Diana y su parentela política, el escándalo y el chisme, el cotilleo del cotillón no son sino pretextos. En su retrato de la estupidez enfrentada a una mezquindad que linda con el absurdo, Spencer es una Madame Bovary para nuestros tiempos.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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