LA NUEVA ANORMALIDAD

Por siempre (por ahora)

Salvo covidiotas furibundos, las clases medias parecemos haber llegado al acuerdo tácito de hacer una vida más o menos normal

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La nueva anormalidad / Opinión El Heraldo de México

La variante ómicron del SARS-CoV-2 es más contagiosa pero menos virulenta. Quizás. O no. En lo que viriguamos, la vida sigue su curso. Incluso la de quienes, como yo, hemos sido especialmente cautos –y cobardes… o valientes… a saber…– en nuestro comportamiento frente a la pandemia.

Salvo covidiotas furibundos o hipocondriacos militantes, las clases medias urbanas parecemos haber llegado al acuerdo tácito de hacer una vida más o menos normal, aunque con ciertas restricciones. Aun sin aval gubernamental –lo que no constituye un pero menor–, el uso del cubrebocas parece hoy práctica generalizada, como parece haber alcanzado consenso social la condena a quien no lo porta. Los hay que acuden a eventos masivos –no me cuento entre ellos… salvo por eventual necesidad profesional– pero, por lo poco que he visto y lo mucho que me cuentan, incluso en ellos es raro quien no observa los protocolos sanitarios. El termómetro y el gel antibacterial parecen haber llegado para quedarse; los tapetes sanitizantes no tanto (su eficacia es cuestionable).

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Más allá, no es posible sino analizar comportamientos individuales y su frecuencia, y tratar de derivar de su observación salvaje ciertas tendencias. He aquí un pequeño ejercicio personalísimo:

Cosas que hago, y veo a la mayoría de la gente hacer: acudir a reuniones de menos de 10 personas en casa; frecuentar restaurantes al aire libre o con buena ventilación; hacer de las reuniones de trabajo a distancia la norma y asistir a unas pocas citas de trabajo presenciales; comprar más en línea que en tiendas físicas.

Cosas que no hago pero veo a muchos hacer: acudir de manera esporádica a conciertos masivos, al cine, al teatro (salvo por compromiso profesional); usar el transporte público; frecuentar restaurantes sin ventilación; trabajar en una oficina un par de veces a la semana; quitarme el cubrebocas en espacios laborales cerrados con poca gente.

Cosas que no hago, y que veo ya a muy poca gente hacer: trabajar en una oficina cinco días a la semana; organizar reuniones de trabajo presenciales; ir al cine una vez a la semana –como solía–; acudir a menudo a reuniones de más de diez personas o a bares o antros.

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De esta constatación empírica, y en modo alguna exhaustiva, colijo que, cuando pase la pandemia, las personas que trabajan en oficinas serán menos, los restaurantes tenderán a privilegiar los espacios al aire libre o ventilados, el comercio en línea redoblará su auge, las pequeñas reuniones desplazarán a las grandes fiestas en tanto modo privilegiado de socialización, la exhibición cinematográfica en salas habrá dejado de ser la ventana dominante de esa industria, pero no desaparecerá.

¿Por siempre? No: por ahora (como siempre en la historia de la humanidad).

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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