LA NUEVA ANORMALIDAD

Como en casa

Quiere el lugar común que sentirse en casa sea sentirse a gusto. Pero lo cierto es que, desde el momento en que debemos compartir espacio

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La nueva anormalidad / Opinión El Heraldo de México

Quiere el lugar común que sentirse en casa sea sentirse a gusto. Pero lo cierto es que, desde el momento en que debemos compartir espacio, recursos y decisiones con otros, los deseos entran en conflicto. No es fácil vivir con gente. No con una persona –una pareja–, no con tres o cuatro –una familia–, no con un par de decenas –en un edificio–, no con 126 millones –un país, éste. Sólo la buena voluntad, la buena administración y, sobre todo, la permanente negociación permitirá que la vida en común sea, si no plena, al menos viable.

La metáfora de la casa no es gratuita, y no es mía. En un discurso célebre, Lincoln afirmó que “una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie” para exhortar a los estados de la Unión Americana a encontrar una postura común respecto a la esclavitud.

Hoy, Jesús Silva-Herzog Márquez, en un libro lúcido y adecuado a las complejidades políticas de nuestro tiempo, retoma la metáfora bíblica con un cariz menos totalizador y más urgente. En su definición, la democracia sería una residencia: “la casa que aviene lo inconciliable”. “No es sólo gobierno”, explica: “es convivencia, una forma de vivir juntos”.

La casa de la contradicción (Taurus) es un libro de coyuntura –su tema es el hoy ineludible: el preocupante estado que guarda la democracia en México, evidenciado desde la llegada de López Obrador al poder– pero uno que también la rebasa. Fruto no sólo de una investigación acuciosa sino de una cultura universal y una mente que se recrea en las ideas complejas, comienza por hacer una definición rica de la democracia antes de describir los dos momentos en que –acaso de manera inadvertida– la hemos traicionado los mexicanos, y que tendrían un denominador común: la seducción que ejerce sobre nosotros la épica.

A decir del autor, épica fue nuestra concepción de la transición –“una épica suave pero atractiva, una idea de dirección, de propósito pero también de grandeza”–; obnubilados por sus aparejos, quedamos cegados ante la corrupción –no un rasgo incómodo del sistema sino el sistema mismo–, que llevó a su implosión. Y épica es esa narrativa del obradorismo –“un desprecio del orden impersonal de las leyes que jamás alcanzarán la altura sublime de los héroes”– que no por privilegiar lo simbólico deja de redundar en una destrucción institucional real.

La polarización de nuestro tiempo y lugar es heredera de certezas bien vale calificar de épicas. En ese contexto, La casa de la contradicción hace una apuesta por el pensamiento complejo incluso en la primera morada de éste, que es el individuo.

“La verdadera prueba de una inteligencia superior consiste en la capacidad de pensar a la vez dos ideas opuestas y aún así funcionar”, dijo Scott Fitzgerald.

Jesús Silva-Herzog Márquez tiene una de ésas, que tanta falta nos hacen hoy.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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