LA NUEVA ANORMALIDAD

Jugar a las estatuas (otra vez)

Un presidente municipal decidió erigir una estatua del Presidente sin que mediara la opinión de la comunidad

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La Nueva Anormalidad / Opinión El Heraldo de México

En 1979, el gobierno estadounidense encargó a Richard Serra la realización de un proyecto de arte público para la plaza que se alza ante el edificio Jacob K. Javits, que alberga distintas oficinas públicas y se ubica en el sur de Manhattan.

Lo que entregó Serra –conocido por sus esculturas que interpelan la relación del espectador con el espacio– fue Tilted Arc, valla de acero de 3 y medio metros de alto por 36 de largo que describiría como un dispositivo para que “el espectador [tome] conciencia de sí mismo y de su movimiento en la plaza. Al desplazarse, la escultura cambia. La contracción y la expansión de la escultura resultan del movimiento del espectador. Con cada paso cambia no sólo la percepción de la escultura sino del entorno todo”.

La pieza hubo de resultar controversial hasta su retiro en 1989. A pocos meses de su erección en 1981, mil 300 empleados públicos firmaban una petición en su contra, argumentando que resultaba disruptiva de su rutina diaria al –en palabras del sociólogo Nathan Glazer– “obstruir la plaza sin ofrecer espacio para sentarse, bloquear el sol y la vista y volver la plaza inutilizable incluso para esos momentos de libertad en que el clima permite a los oficinistas comer al aire libre”.

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Serra argumentaría en vano que la escultura pretendía redefinir el espacio. Acaso en ello estribara su problema. Si la hubiera pensado para un entorno en que el espectador buscara vivir una experiencia artística –digamos el Museo Brasileño de Escultura de Sao Paulo, gran explanada cuyo uso principal es expositivo y no recreativo–, la pieza habría sido con toda probabilidad bien recibida.

Serra, sin embargo, no tuvo en cuenta que la función principal del arte público es fomentar el disfrute del espacio justamente público en los términos en que la comunidad lo concibe. La plaza contigua a ese edificio no necesitaba ser redefinida sino potenciada en su concepción arquitectónica original de sitio de convivencia y esparcimiento para los trabajadores que ahí despachan. El caso es uno de los más ilustrativos en la discusión contemporánea sobre arte y espacio público.

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Lejos estamos, por desgracia, de tener una discusión de esa hondura en un México en que los gobiernos siguen jugando a las estatuas. El episodio más reciente concierne a un presidente municipal que decidió atrabiliariamente erigir ante la terminal de autobuses de su localidad una estatua del Presidente de la República sin que mediara procesamiento alguno del proyecto con la comunidad. Vale preguntarse, más allá de filias o fobias partidistas, a quién beneficia una estatua de un político vivo, a no ser a otro político de menor envergadura que pretenda congraciarse con su jefe.

A dos días de su develación, la estatua yace sin cabeza y sin piernas. Igual que el futuro político de su promotor.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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