LA NUEVA ANORMALIDAD

¿Ya lo pasado pasado?

West Side Story es no uno de los grandes musicales, sino una de las grandes obras de teatro, a secas, de la historia

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La Nueva Anormalidad / Opinión El Heraldo de México

Se exhibe ya en salas cinematográficas la nueva versión de West Side Story, con un pedigrí nada desdeñable: la dirección es de Steven Spielberg –que dista mucho de ser un gran cineasta pero es eficaz–, la adaptación del guión de Tony Kushner –ganador del Pulitzer por su notable obra teatral Angels in America–, la música de Leonard Bernstein interpretada por las Filarmónicas de Nueva York y Los Ángeles dirigidas por el ya legendario Gustavo Dudamel, y, en un guiño a la versión original, Rita Moreno –ganadora del Oscar por su actuación en aquella– figura en un papel de reparto. 

La veré, sí, pero cuando esté disponible en streaming. Y no sólo porque la variante Ómicron del COVID-19 me tiene especialmente cauto sino porque me produce más ligera curiosidad que interés vivo. West Side Story –con su coreografía de Jerome Robbins, su libreto de Arthur Laurents y sus letras de Stephen Sondheim a la partitura de Bernstein– es no uno de los grandes musicales sino una de las grandes obras de teatro –a secas– de la Historia. La versión cinematográfica firmada por el propio Robbins y Robert Wise es un clásico indiscutible del cine. Spielberg, sin embargo, más que el dueño de un estilo propio, es un profesional que resuelve. Y aunque Dudamel es uno de los grandes intérpretes de Bernstein, lo he oído ya muchas veces –en vivo, en video, en disco– atacar esa partitura. Concedo que resultará provocador ver cómo actualiza Kushner las tensiones identitarias presentes en la trama y que la presencia de Moreno promete ser entrañable. ¿Salvará esto a la película de constituir un ejercicio innecesario –a no ser en términos financieros? Probablemente no.

A fines de enero será estrenado otro remake: el de Nightmare Alley, clásico menor del cine negro filmado en 1947 por Edmund Goulding, reimaginado ahora por Guillermo del Toro. Ómicron mediante, podría lanzarme a verlo al cine: porque Goulding era un artesano y no un artista –sus mejores cintas (Grand Hotel, Amarga victoria, El filo de la navaja) son más vehículos estelares que obras autorales– y porque Del Toro tiene un universo propio y fascinante, que transforma todo lo que toca. La crítica ha tratado mal su Nightmare Alley –y bien la West Side Story de Spielberg– pero al menos promete ser una experiencia mucho más provocadora que un refrito hecho sin más mira que la taquilla.

La coincidencia de ambas en el tiempo, sin embargo, apunta a algo que las trasciende: la insistencia de Hollywood, de la cultura toda, en borrar el pasado, en hacer del cine no patrimonio sino moda. Acaso la crisis de la exhibición cinematográfica derivada de la pandemia pueda hacer algo por reconcebir las películas como entes vigentes con independencia de su año de factura y no como archivo muerto. Ojalá.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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