DE LEYENDA

¡Enhorabuena, campeón!, ¡muchos triunfos más!

La racha de Atlas fue la más larga de un equipo en activo en el futbol nacional, ahora el desagradable honor le corresponde al Puebla, con 31 años sin obtener ningún título de liga tras aquel triunfo en 1990

OPINIÓN

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Gustavo Meouchi / De Leyenda / Opinión El Heraldo de México

Suele atribuirse a la esperanza la capacidad de animarnos a perseguir una meta, sin rendirnos; el problema con ella suele ser que viene acompañada de una prisa, de una especie de anhelo, que genera mucha frustración. Ustedes saben que yo soy seguidor del Cruz Azul, lo que me ha dado una particular experiencia con la esperanza deportiva de la que he hablado. Así que este domingo pasado me sentí particularmente cercano con la afición del Atlas y, aún así, no tengo muy claro cómo se puede resistir tanto tiempo.

70 es un número grande, pero no es el único del que podemos hablar. Están también los 95 torneos, entre largos y cortos que han pasado. Seguro duelen o dolieron en su momento las 2 finales perdidas, una en 1966, la otra en 1999.

La racha de Atlas fue la más larga de un equipo en activo en el futbol nacional, ahora el desagradable honor le corresponde al Puebla, con 31 años sin obtener ningún título de liga tras aquel triunfo en 1990.

Me quedo pensando en que desde el último torneo la mayoría de nosotros no había nacido. Si tomamos como referencia los datos del INEGI, sólo el 7.62% de la población en México tiene más de 65 años, es decir que aproximadamente el 92% de los mexicanos que acabamos de presenciar esta hazaña, nunca habíamos visto al Atlas campeón.

Y entonces pienso en la afición, el club y los jugadores que no se rindieron nunca, que tal vez tenían esperanzas que fueron muchas veces frustradas y que dolieron. Supongo que les pasó un poco como a nosotros, seguían jugando, seguían esforzándose, con algo de distancia a la ilusión, llega un punto en que ya no te motiva el ganar porque tal vez no ocurrirá, pero te motivan otras cosas como el propio esfuerzo.

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El jueves pasado leí las declaraciones de Edgar Zaldívar, mediocampista del Atlas, sobre lo molesto que resultan las burlas constantes que recibe. El propio domingo circularon memes de un sector de la afición rival que me parecieron de franco mal gusto.

Y es que, en el futbol, como en la vida, nos esforzamos creyendo que las cosas se darán por eso, que de cierta forma se pueden controlar los factores y a veces el resultado no cae y eso es muy desmoralizador. Pero entonces el domingo pasado, un poco más de 11 jugadores y el cuerpo técnico del Atlas enfrentó a un gran rival, el León.

Disputar la final con un equipo serio, bien entrenado, con ocho títulos en su haber, con jugadores experimentados, y con una ventaja de un gol, obtenida en el juego de ida, allá en tierras guanajuatenses, debe ser complicado psicológicamente. Lo mismo que cargar 70 años de expectativas sobre ti.

El Atlas enfrentó el domingo al León y también a la historia, a cada uno de los sueños de cada aficionado que había esperado 10, 20, 30, 40, 50, 60 y hasta 70 años para ver campeón al equipo de sus amores; porque uno no cambia de equipo, gane o pierda, ascienda o descienda o cambie de dueños, uno siempre es fiel a sus colores, por eso la espera siempre es dolorosa, a veces muy cansada; a veces la define una jugada, un error, una falla arbitral.

Esa espera, larga, árida, dolorosa, se hace patente en un solo juego, en una final, cuando tu equipo tiene la oportunidad de dar vuelta a la historia.

Me sorprendió un poco el silencio que hubo alrededor de esta final, creo que muchos no aficionados al futbol esperaban ver si esta vez las cosas se darían. Yo mismo no quería que Atlas perdiera, no quería ver tanto sufrimiento en una época que el sufrimiento es algo tan cotidiano; pensaba que para miles y miles de personas el triunfo de los zorros sería como un bálsamo, en estas fechas tan convulsionadas, en dónde la mayoría de las personas ha enfrentado todo tipo de pérdidas; pensaba que al León y a sus aficionados no les dolería tanto perder porque su último trofeo fue justo el año pasado.

El partido fue cerrado; Atlas, que necesitaba un gol para igualar la serie y dos para obtener el título, se lanzó con todo desde el principio. El León fue más cauteloso, a la espera de algún contragolpe que le permitiera obtener un gol y sepultar las esperanzas rojinegras. Después de varias jugadas en las que parecía que el Atlas obtenía el gol, pero se les negaba, vino a mí la máxima “el que perdona pierde”.

El tanto tardó en llegar, y en una jugada muy apretada, al minuto 55, Aldo Rocha peinó un balón que hizo estallar al Estadio Jalisco, a toda Guadalajara y a muchísimos espectadores a lo largo y ancho del país.

La serie se igualaba, y ahora un gol separaba a los dos equipos del campeonato; y aunque estuvo muy cerca, con aquel cabezazo de Edgar Zaldívar, que el portero Cota paró en la línea, el gol ya no apareció más y todo se definió en la tanda de penales, dónde se vistieron de héroes el portero colombiano Camilo Vargas y el artillero argentino Julio César Furch.

Escuchar al Estadio Jalisco explotar de júbilo al caer el último penal, el del triunfo, le pone a uno los pelos de punta, ver la alegría de jugadores, cuerpo técnico, directivos y aficionados, me recuerda, por qué amo tanto a este deporte y porque es el espectáculo más hermoso del mundo. ¡Enhorabuena, campeón!, ¡muchos triunfos más!

POR GUSTAVO MEOUCHI
COLABORADOR
@GUS23258924

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