COLUMNA INVITADA

Lo que no puede suceder

Un verdadero maestro convierte el aula en algo más que un salón de clases

OPINIÓN

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Eduardo Macías Garrido / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

En días pasados un catedrático de la Universidad Panamericana de la facultad de Derecho utilizó en su clase expresiones desafortunadas, poco empáticas y fuera de lugar en contra de las mujeres.

A los pocos minutos el video empezó a circular en las famosas redes sociales. Obviamente de inmediato esto causó una gran indignación, no solo de las mujeres, sino de muchos hombres, que no estamos de acuerdo con este tipo de conductas misóginas y que en nada abonan a la construcción de un México más igualitario.

Si de por sí es grave en cualquier persona este tipo de calificativos hacia las mujeres, lo es mucho más en alguien que se dice profesor. Este debe ser capaz de enseñar, educar y formar con amor.

Un verdadero maestro entrega más que horas de sentarse a transmitir conocimientos teóricos, debe dar disposición, vocación y dedicación, permeando en sus alumnos entereza e integridad.

Aunque la Universidad Panamericana no es mi alma mater, la quiero igual que a la Escuela Libre de Derecho de la cual soy egresado. Maestro de Derecho Internacional por ya más de 20 años, siempre he inculcado a mis alumnos un respeto irrestricto hacia el prójimo y, en especial, hacia la mujer.

Un verdadero maestro convierte el aula en algo más que un salón de clases. Debe tener oídos para escuchar, razones para entender, tolerancia para corregir, respeto para aceptar, solidaridad para acompañar, paciencia para instruir, responsabilidad para educar, vocación para enseñar y mucho amor para entregar.

Quien no tiene estas características no se puede llamar maestro. Máxime de una Universidad como la Panamericana, en donde los valores de la institución son claros y muy arraigados.

Las palabras ofenden, laceran a una sociedad ya de por sí lastimada, así que esta herramienta maravillosa debe ser utilizada en forma adecuada. Con firmeza, pero con tolerancia, con dignidad y, sobre todo, con una ética inquebrantable.

Así que Don Alfonso Gómez Portugal, hizo bien en renunciar, en pedir disculpas y en reconocer el error cometido. No debemos dividir, al contrario. Siempre les digo a mis alumnos que apliquen como en la vida, las cuatro operaciones matemáticas, reglas de oro: siempre sumen, nunca dividan, tampoco resten y si pueden multipliquen.

Hoy más que nunca requiere la sociedad mejores maestros y alumnos, que entiendan que la igualdad es un derecho humano inherente a toda persona. Que no podemos sentirnos superiores a nadie, pero tampoco menos.

Debemos reprobar como sociedad en forma enérgica cualquier expresión en perjuicio de la dignidad de la mujer, venga de quien venga. El anhelo de una sociedad que se dice justa es lograr una plena igualdad entre hombres y mujeres.

Si de verdad queremos una sociedad mejor, debemos erradicar de nuestras conductas, actitudes machistas, prejuicios y expresiones como las de Alfonso Gómez que además de dar pena ajena, en nada contribuyen a continuar con una lucha que tanto trabajo les ha costado a las mujeres construir.

No podemos tolerar estas conductas reprobables, como tampoco podemos permitir como Estado un feminicidio más. Es indignante que se sigan asesinando mujeres por el solo hecho de ser mujeres. Me uno al clamor de las mujeres y grito con ellas: “YA BASTA”.

POR EDUARDO MACÍAS GARRIDO
COLABORADOR
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