Cuando el COVID llega

El impacto emocional que provoca es real, es muy fuerte, y de esto se habla poco desde la OMS y los gobiernos

Cuando el COVID llega
Jesús Martín Mendoza / Ojos que sí ven / Opinión El Heraldo de México

Todos podemos comprobar el preocupante aumento en la velocidad del contagio del virus SARS-CoV-2 que produce la enfermedad COVID-19, cuando nos enteramos de que cada vez más personas a nuestro alrededor, ya sea familia, amigos o compañeros de trabajo, empiezan a presentar los primeros síntomas.

Hace casi un año, cuando los confinamientos alrededor del mundo comenzaron, era poco frecuente encontrar a alguien en conocimiento de un caso. En este inicio de 2021, lo poco común es encontrar a alguien que no haya conocido un solo caso. 

Prácticamente todos sabemos de eventos, desde los llamados asintomáticos, hasta los graves que desembocan en la muerte. Entre la ausencia de síntomas y la muerte existe un enorme matiz de manifestaciones del “nuevo virus”; esto asombra a los investigadores que aún no terminan de comprender en qué radica el que para algunos pase casi desapercibido, y para otros haya significado el final de su vida. 

Todo indica que más allá de las comorbilidades, el problema radica en la salud de la persona transmitida y el estado que guarda su sistema inmunológico en el momento del contagio, lo que ha llevado a algunos a especular que no es uno, sino varios virus los que están en circulación en todo el mundo. 

México es hoy, ante el mundo, el país donde existe el mayor drama por la nueva enfermedad, porque si bien no tiene el número de casos que EU, Brasil o India, el índice de mortalidad es el más alto del orbe, con 8.7 por ciento de los infectados. A esto se suma un sistema de salud precario, saturado, con personal médico mermado y agotado, así como la insuficiencia de vacunas que, para colmo, se han convertido en moneda de cambio político para presionar el voto, al ser anunciada su distribución en la endeble plataforma “del bienestar” del Presidente en turno. 

Toda una vergüenza mundial. Pero cuando uno mismo es diagnosticado con COVID-19, como es mi caso, nada de lo anterior importa. Sólo se piensa en la supervivencia, en el estado de salud del núcleo familiar, de la gente con la que uno convive, en medio de la incertidumbre de si el virus se replicará y provocará un derrumbe físico sin retorno. Es como una ruleta rusa. 

El impacto emocional que provoca la enfermedad es real, es muy fuerte, y de esto se habla poco desde la OMS y los gobiernos del mundo. La humanidad no había tenido tanto miedo desde la Segunda Guerra Mundial. Más que confiarnos a la vacuna, lo mejor es seguir con el uso de mascarilla, lavado de manos frecuente, higiene al máximo y quedarse en casa. Es lo que debemos hacer.

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Corazón que sí siente: Muchos odian a Donald Trump, y en ese odio no se han dado cuenta que se violó un derecho fundamental de todo ser humano. La libertad de expresión. En la nueva nación de las redes sociales, habrá que trabajar mucho en ese terreno.

POR JESÚS MARTÍN MENDOZA
JESUS.MARTIN.MENDOZA001@GMAIL.COM
@JESUSMARTINMX


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