Fui a la ópera. Vi una compuesta hace 90 años pero silenciada décadas en la Rusia estalinista. Como Madame Bovary, trata de la estupidez heredera de la ignorancia, de cómo el sexo pasa de pulsión vital a fuerza destructora cuando se produce en un vacío moral. El programa de mano, sin embargo, prefiere describir la trama en otros términos: “Katerina sufre opresio´n y violencia en la hacienda de su suegro Boris, mientras su esposo Zinovi esta´ ausente. La llegada de Sergue´i, un seductor empleado, la lleva a una relacio´n prohibida que desata asesinatos. Al ser encarcelados, Sergue´i la traiciona, culpa´ndola de todo. La o´pera revela el impacto devastador de la violencia y la opresio´n”. Sí: el contexto es una sociedad patriarcal. El camino más fácil es culpar a esa estructura de cuanto acontece para eximir al personaje principal y hacerla víctima. Lástima que en esa lectura la historia pierda toda complejidad psicológica y social, y la protagonista toda agencia. El camino más fácil conduce a la indignidad.
Vi una miniserie británica. Una preadolescente hace mofa de un compañero suyo, humillándolo con emojis en un post de Instagram; en represalia, el chico la asesina a cuchilladas. La narración, compleja y ambigua, presenta a unos adultos –maestros, padres, autoridades– incapaces de relacionarse con los jóvenes, y modelos educativos y parentales obsoletos; también acusa el nada desdeñable peso de las características innatas de la personalidad, contra las que a veces poco puede la crianza. El camino más fácil supone prohibir por ley a los adolescentes usar redes sociales, como sucede ya en Australia y como a la luz de la serie pretenden los Tories en el Reino Unido. Lástima que ello no haga sino fomentar su uso clandestino y acaso termine por redundar en una generación de analfabetas digitales, véase cívicos y morales. El camino más fácil conduce al agujero (análogo) en que el avestruz oculta la cabeza.
No fui a un festival de corrido porque no me gusta ese género. Pero prefiero habitar un país en que sea lícito que toquen esos grupos, y que aderecen sus presentaciones con videos que acaso glorifiquen a criminales, que vivir en uno en que el gobierno decida quién puede o no tocar, qué puede o no cantar y con qué imágenes puede o no ilustrar su espectáculo. El camino más fácil es declarar que urge hacer “una legislación federal, estatal y municipal para prohibir este tipo de narcocorridos”. Lástima que esa vía ponga en manos de unos pocos el derecho a decidir qué vemos y oímos. El camino más fácil lleva de vuelta a la Rusia estalinista en que un gobierno podía darse el lujo de censurar una obra musical por considerarla poco edificante.
El camino de la libertad, la complejidad y la gobernanza es más largo y escarpado. Pero la vista es mucho mejor.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
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