COLUMNA INVITADA

Latinoamérica, discursos y dictaduras

Esta región es una tierra curiosa, fértil para los regímenes totalitarios, que no son dignos de admiración

OPINIÓN

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Georgina Trujillo / Colaboradora / Opinión El Heraldo de México

El conflicto entre Ucrania y Rusia tiene ingredientes terriblemente familiares para la historia contemporánea de Europa: un dictador y su nostalgia nacional de un pasado glorioso, un país militarmente inferior, su despojo de territorios que legalmente le pertenecen, así como una política internacional torpe por parte de los países occidentales, quienes seguramente dejarán a los ucranianos a merced de su derrota. Podríamos decir que estamos en 1939.

Los protagonistas de la historia son diferentes, pero al parecer las lecciones nunca se aprendieron. Las viejas heridas siguen ahí, vigentes y abiertas a la luz del escrutinio internacional. 

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Por otra parte, las redes sociales exacerban el diálogo a medida que alimentan las cajas de resonancia digitales; sumadas al ruido de los gobiernos involucrados y sus distintas versiones del conflicto, la realidad se erosiona y se radicaliza. De nuevo, pareciera que estamos en 1939.

Pero somos una generación diferente. Al tiempo que ya no son efectivos estos discursos heróicos y anacrónicos que motivan a los ciudadanos a la guerra, como en el siglo pasado, tampoco es posible tener claridad suficiente para hacer una valoración correcta de la situación. Lo que nos hace vulnerables a las polarizaciones y a la inacción.

Latinoamérica es una tierra curiosa, fértil para los regímenes totalitarios y las dictaduras. Las sociedades latinas están viciadas por la narrativa de los radicalistas y los viejos rencores que hoy, más que nunca, tienen una plataforma sólida.

Estas dictaduras, las cuales se instauran por medios democráticos y se consolidan en base a la tiranía, imposibilitan la comprensión de nuestros procesos históricos nacionales. Conciben al país no como un emprendimiento social sino como una epopeya caudillista: una noción tóxica que no puede dividir al mandatario del Estado, quien vive de combatir enemigos imaginarios. Sus favoritos tienden a ser el Capital, el Mercado y el país que es su representación encarnada: Estados Unidos.

Por eso no es sorpresivo observar posturas pro-rusas, o mejor dicho pro-Putin, en distintos países latinoamericanos, aunque su invasión a Ucrania no esté fundamentada en el Derecho Internacional. Para muchos en nuestro continente, Putin sólo combate a la OTAN y sus intereses oscuros, cuando en realidad el presidente ruso está motivado por los mismos intereses que critica.

Serían ya tres ocasiones en las que Rusia despoja de manera ilegítima a otra nación de sus territorios. Sin embargo, afirmar esta ilegitimidad no hace más correctos otros episodios por parte de Estados Unidos, con sus torpes invasiones en Irak o Afganistán.

Es cierto, el capitalismo y occidente han cometido sus excesos, pero también los han cometido el comunismo y las dictaduras progresistas. No podemos asumir una postura hacia uno u otro país, lo que sí podemos hacer es ponernos de lado de los ciudadanos.

Por ningún motivo podemos darle la razón a las dictaduras populistas, que mientras predican la igualdad, fomentan sus propias oligarquías corruptas. Mientras tachan a Estados Unidos de injerencista y al capitalismo de voraz, ponen ahí sus intereses económicos y el de sus familiares.

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Estos regímenes no son dignos de admiración, mucho menos de aspiración.

Es cierto, en latinoamérica no estamos en posición de intervenir en un conflicto como el de Ucrania, pero sí podemos hacer valer nuestra voz. Sobre todo, podemos mirarnos en espejo del mundo, reflexionar, exigir cuentas claras a nuestros gobiernos y sobre todo, evitar a toda costa caer en la trampa de populistas que nos tratan de dividir para distraernos de lo que importa. 

POR GINA TRUJILLO
COLABORADORA
@GINATRUJILLOZ

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