COLUMNA INVITADA

Altotonga. Hoy

Les damos a las siguientes generaciones nuestras bases, que ellos toman para desde ahí construir nuevas formas, diferentes modos que serán los suyos

OPINIÓN

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Laura Elena Gerdingh / Colaboradora / Opinión El Heraldo de México

Fernanda mi hija menor y Diego, el mas pequeño de la familia corrían camino abajo, al frente de todos, por lo que portaban cierto orgullo, en su mirada y su postura. Los entiendo, de niña también me sentía así. La libertad golpeaba sus rostros y fortalecía sus corazones. Agradecí que, así como yo crecí teniendo Altotonga en mi vida, ellos también puedan experimentarla.

A medio camino, una vaca nos saludó. Inclinó la cabeza y se acercó a Ana Xi, mi sobrina, para que la acariciara. Estuvimos varios minutos deleitándonos con la escena. Mis hijas y sobrinos disfrutando al darle de comer, y ella les relamía las manos sin consideraciones. ¿Dónde mas vivirían algo así? Así como ayer yo caminé con mi abuelo por esos campos, así hoy mis hijas caminan con su abuela. Vamos compartiendo los recuerdos que se van tejiendo con el hoy y se va heredando el amor por estos paisajes y el deseo de volver cada vez que podemos a este rincón de México que tanto nos ha dado.

Alseseca el grande es una cascada realmente imponente, pero a la vez sutil. Hace muchos años que no la visitábamos. Nos habían advertido que ya era otro el camino para llegar. Pero como no lo conocíamos tomamos nuestra ruta de siempre, que nos recibió invadida por maleza y alguno que otro tronco caído. Esto hizo el trayecto complicado en especial en las partes que el camino es estrecho. A pesar de eso, desde mi mamá que tiene 75 años hasta Diego que tiene 12 caminamos determinados a llegar a nuestro anhelado destino.

Me recordé corriendo feliz, sabiendo que había que girar a la izquierda en el “árbol donde vive el conejo de pascua” y reconociendo que ya faltaba poco al llegar al punto en el que se abre el follaje permitiéndote admirar la pared de roca mezclada con maleza que se erige de frente, imponente.

Al llegar a la orilla del río los niños decidieron seguir por el agua saltando rocas y sorteando la corriente. Eso nosotros nunca lo hicimos. Creo que así debe ser la vida, les damos a las siguientes generaciones nuestras bases, que ellos toman para desde ahí construir nuevas formas, diferentes modos que serán los suyos, enriquecido por lo que nosotros les ofrecimos, no impusimos, que hay su diferencia.

Ellos por el río, nosotros por el sendero, ambos llegamos al espectáculo que tanto amo, la cascada de Alseseca. Con toda su elegancia, fuerza, seguridad, pero sobre todo paz, paz en la que ella vive y que se inhala llenando el espíritu de los amantes de la vida. Así dejamos pasar el tiempo sin que nada nos importara mas que la belleza del lugar que compartida se adhiere aun mas al corazón. Emprendimos el ascenso de regreso sin saber que el Altonga de hoy nos tenía guardado una sorpresa. Por el nuevo camino, que tomamos a nuestro regreso, se puede ver la cascada desde arriba. Impresionante espectáculo que disfrutamos mucho.

Me llenó de emoción escucharlos planear, “cuando crezcamos vamos a traer a nuestros hijos” Obvio contestaron los demás. Herencia que mi abuelo y mi madre me transmitieron, que nosotros pasamos a la nueva generación, que permanece igual en algunos aspectos y que se renueva y cambia en otros. Que incluye las exquisitas garnachas, que afortunadamente no son algo de lo que el tiempo a cambiado en el pueblo natal de mi abuelo. Que cenamos nuestra última noche en este lugar en el que ayer y hoy se siguen construyendo, renovando y corriendo, por sus aguas cristalinas, los recuerdos y el amor.

POR LAURA ELENA GERDINGH
Psicoterapeuta/Speaker
@LGERDINGH

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