Altotonga. Ayer

Disfruto el aire puro, el cantar de los pájaros, las aguas cristalinas por las que corren el amor y los recuerdos

Altotonga. Ayer
Laura Elena Gerdingh / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

Cuando habían quedado todas las maletas y bultos bien acomodados en la enorme cajuela del Chevrolet de Papisalva, mi abuelo, restaban dos últimos paquetes que no podían faltar.  Los dulces para los hijos de Don Nicho, el cuidador del Rancho Ahueyahualco, y los nardos, con su inconfundible aroma, para llevar a su adorada madre al panteón que quedaban hasta encima de todo. Cerraba la cajuela y estábamos listos para partir a Altotonga.  En nuestro camino pasábamos por pueblos como Río frío, San Salvador el Seco donde se venden molcajetes y Alchichica, laguna que me emocionaba ver, no sólo por su belleza, sino también por que anunciaba que ya estábamos cerca de nuestro destino. 

Al llegar nos dirigíamos al centro del pueblo.  La enorme casona de mi abuelo estaba junto al palacio Municipal. Papisalva, enfilaba el coche en la puerta trasera de la casa y tocaba el claxon anunciando nuestra llegada.  Durante nuestra estancia, el coche de mi abuelo aumentaba en un cien por ciento la cantidad de autos del pueblo, en el que normalmente solo había un taxi.  Salía entonces Lolis a recibirnos que, por supuesto ya tenía preparado alguno de los deliciosos manjares locales tales como enmoladas, chilehuates o chilatole con el que nos deleitábamos sin mesura alguna.

Foto: Laura Elena Gerdingh

Siempre había visitas obligadas, antes que nada, el panteón a visitar a su madre.  A la tía Nieves, una viejita de unos 98 años que ya se había enjutado tanto que llegaba a mi cintura y que tenía una larguísima trenza totalmente blanca. A Don Nicho, quien orgulloso le mostraba a mi abuelo la pared de su casa de la que colgaban de un clavo cada una de las colas de las tuzas que había logrado atrapar con un mecanismo que él mismo desarrolló. Mientras sus hijos que ya se mezclaban con la nueva generación, se alborotaban alrededor de mi abuelo pues bien sabían que siempre les llevaba dulces y nosotros trepábamos a los árboles para cosechar manzanas chiponas. Esa visita terminaba con una caminata por el río seco.

Otra visita obligada era a la botica, en la que trabajó su madre al quedar sola, pues mi bisabuelo murió durante la revolución.  Con el fruto de su trabajo le dio carrera a sus 5 hijos.  Ahí el tiempo se detuvo.  En las repisas vive un Botamen traído desde Francia que aún guarda algunas de las substancias con las que curaba todo tipo de males.  En los minúsculos cajoncitos he encontrado centavos, las diminutas pesas que utilizaba para hacer sus mezclas, relojes empeñados envueltos en un papel con el nombre del deudor y por su puesto sobres de toloache para enamorar.  El puesto de elotes y el quiosco donde venden los amantecados, helado típico del lugar con sabor como a vainilla con canela eran obviamente visitas obligadas también.

Foto: Laura Elena Gerdingh

Pero las que mas disfrutaba yo, eran las visitas obligadas a Panchoposa, hermoso río, rodeado por una vegetación frondosa con enormes helechos.  Caminar por ahí siempre ha sido una delicia para mi. Sé perfecto en qué curva siempre huele a zorrillo y cuál es el mejor lugar para encontrar obsidianas o para atrapar renacuajos.  Renacuajos que soltábamos en la fuente, que vestía el centro del gran patio, para observar su transformación.  Disfruto el aire puro, el cantar de los pájaros, las aguas cristalinas por las que corren el amor y los recuerdos. Cascadas que aún hoy me llenan de paz, de felicidad, y amor por la vida.  Cascadas a las que afortunadamente hoy mis hijas van con su abuela como yo iba con mi abuelo.  Y que me hacen gritar Gracias Vida. 

POR LAURA ELENA GERDINGH
Psicoterapeuta/Speaker
@LGERDINGH

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