CÚPULA

Los diversos rostros de la gentrificación capitalina

Ni santo ni demonio, el proceso de transforma-ción urbana presenta beneficios y perjuicios, dependiendo de quién lo experimenta

CULTURA

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1, 2 y 3. Diferentes rincones de la colonia San Rafael. Foto y cortesía: Ivan San Martín Córdova

En los últimos años hemos añadido varios vocablos a nuestro léxico para comprender ciertas características de la ciudad contemporánea, tales como teletrabajo, ciclovías, cablebús o la llamada gentrificación, un proceso urbano que de manera recurrente se ha utilizado por las agrupaciones sociales para anatematizarlo, como si todas sus consecuencias fuesen negativas y los ciudadanos fuesen víctimas pasivas de depredadores inmobiliarios, sin embargo, el fenómeno es mucho más complejo que como lo presenta una descripción maniquea. 

Los orígenes del término son recientes —en el Londres de mediados del XX—, no así los procesos urbanos a los que alude, de tal suerte que vocablo y fenómeno no tienen la misma historicidad. Comencemos por el significado aportado por un diccionario especializado que indica que gentrificación proviene de la castellanización de un anglicismo que describe la reocupación de las zonas centrales de una ciudad por las clases pudientes —gentry— con el consecuente desplazamiento de los habitantes prexistentes, promovida por un proceso de rehabilitación arquitectónica y urbana. No existe una traducción literal al español, pero se ha utilizado el término “ennoblecimiento” o “aburguesamiento” —aunque éste último arrastra connotaciones ideológicas— para describir este proceso transformador, contrario a su antónimo pauperización urbana —también llamado declinación urbana— es decir, la utilización de un bien inmueble por clases sociales inferiores para las que fue originalmente creado. Ambos términos describen procesos urbanos que se desarrollan desde hace siglos en los asentamientos humanos y que acarrean consecuencias sociales, económicas y políticas de largo alcance, lo mismo si se trata de Londres, París o Buenos Aires. En Madrid, por ejemplo, la alcaldía ha invertido muchos recursos para la adecuada gentrificación de los barrios de Lavapiés Chueca y Malasaña, mientras que en Barcelona, los vecinos del añejo barrio de Gracia han colocado pintas en los muros para ahuyentar a futuros residentes. Y en eso, la Ciudad de México, o algunas capitales estatales no han sido la excepción, cuyos habitantes esgrimen pros y contras en virtud de los intereses que cada grupo perciba, tal y como la urbanista griega Eftychia Bournazou apunta: “La dinámica urbana diferenciada que experimenta la ciudad [de México] durante las últimas décadas tiene efectos en las migraciones intraurbanas, testigos de una amplia gama de cambios socioterritoriales que fluctúan desde las zonas con un claro proceso de degradación hasta los espacios de expreso auge y revalorización en sus diversas dimensiones”.

Frente a este panorama cabría preguntarnos: ¿Es tan negativa como la pintan los colectivos sociales? ¿Es tan buena como lo prometen las desarrolladoras inmobiliarias que pretenden vendernos un lustroso apartamento minimalista? ¿Es tan ineludible como lo declaran las administraciones públicas? ¿Quiénes son las víctimas y quiénes los villanos? ¿Es posible o deseable una gentrificación en la que todos ganen y pierdan poco?

Foto y cortesía: Ivan San Martín  Córdova

LOS HECHOS URBANOS

Las ciudades son sistemas complejos sometidos a transformaciones constantes: son habitadas por seres humanos que cambian, es decir, viven y se mudan, se enriquecen y empobrecen, trabajan y descansan, crecen y mueren, y, en ocasiones, hasta se reproducen. Este devenir humano actúa sobre los entornos arquitectónicos por los que transcurren sus vidas, alterándolo o conservándolo, con consecuencias positivas para unos y negativas para otros. En el siglo XX las ciudades extendieron sus límites geográficos debido al incremento exponencial de la población, ocasionando que zonas centrales fuesen  abandonadas por sus residentes originales y las ocuparan nuevos individuos, como ocurrió en la Ciudad de México, donde antiguos palacios nobiliarios se convirtieron en vecindades —se pauperizaron— pues sus moradores primigenios migraron a suburbios como la San Rafael (inicialmente llamada colonia Arquitectos), Santa María la Ribera, Roma, Cuauhtémoc, Condesa, y otros más a Lomas de Chapultepec y Polanco. Estos nuevos barrios fueron conectados vehicularmente y la administración pública los dotó de servicios, mientras que el Centro Histórico mermó su calidad de vida urbana y sus construcciones se deterioraron, algunas de ellas patrimoniales, ya fueran virreinales o decimonónicas. 

Con el pasar de las décadas, estas colonias se pauperizaron y sus construcciones fueron ocupadas por habitantes de menor capacidad económica, pues los residentes primigenios decidieron migrar a otros rumbos de la capital, Tecamachalco, colonia del Valle, Bosques de las Lomas o el Pedregal de San Ángel Así, las antiguas construcciones fueron subdivididas o alquiladas con fines comerciales y habitacionales, mientras que otras terminaron abandonadas, ya sea por la muerte de los propietarios originales o por problemas testamentarios de los herederos. 

En las últimas décadas los otrora suburbios porfirianos han comenzado gradualmente a densificarse con nuevos edificios departamentales orientados a futuros residentes con un nivel económico superior —gentry, recordemos—, tribus urbanas con otras costumbres y formas distintas de habitar el barrio, de comprar y de pasear, de trabajar o reunirse con los amigos, grupos que al interactuar con los pobladores prexistentes puede derivar en conflictos sociales o en la consolidación de una identidad barrial distinta.

LOS AGENTES DEL CAMBIO

Este complejo panorama constituye la gentrificación contemporánea, un proceso urbano en el que están inmersos tres agentes del cambio: la administración pública —que se ocupa de mejorar los servicios y fortalecer la movilidad urbana— con gestiones de gobierno amparadas por planes parciales de desarrollo y ajustes jurídicos al reglamento de construcciones. Por otra parte, se encuentran los desarrolladores inmobiliarios y microempresarios, quienes dirigen sus esfuerzos financieros a grupos sociales con mayor capacidad económica, por lo que compran predios para edificar atractivos conjuntos plurifamiliares, sean viejos inmuebles rehabilitados o nuevas piezas arquitectónicas con equipamiento —amenities, les llaman, tales como gimnasios, roof gardens y salones de fiestas— y con una expresión plástica acorde a los gustos estéticos de los potenciales residentes. El tercer agente son los grupos sociales conformados por ciudadanos de diversa índole e intereses disímiles: moradores prexistentes y comerciantes tradicionales, que conviven con los nuevos residentes o microempresarios recién llegados, atraídos por la nueva vocación urbana.

La gentrificación presenta beneficios y perjuicios en razón de cada uno de los agentes que hemos mencionado. Se trata de un proceso urbano ineludible para la renovación de los entornos construidos en una ciudad —particularmente en los centros históricos en México— y la valoración subjetiva de sus consecuencias es proporcional al grupo afectado o beneficiado, además de que también puede ser medida científicamente a través de metodologías con indicadores sociales y espaciales específicos. Por sí misma no es intrínsecamente buena o mala, sino que depende del cómo se instrumente, esto es, de manera virtuosa en la que todos obtengan más beneficios que elementos perjudiciales (en el contexto, la actuación de los gobiernos es estratégica). En suma, la gentrificación tiene múltiples rostros y la valoración de su aplicación en una zona urbana depende de si la entronizamos como un arcángel salvador o si la condenamos a que sea el quinto jinete del Apocalipsis. 

Por  Ivan San Martín Córdova

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