La Novena

Qué increíble es que toda la luz que te acompaña hoy, se haya sumado a la de tus ocho hermanas para borrar, en una noche, tantos años de oscuridad.

La Novena
Gustavo Meouchi / De Leyenda / Opinión El Heraldo de México

La cámara te enfocó, al fin. Te acomodaron para empezar a grabarte con un esmeril. En mi pantalla se veían las virutas plateadas de metal y entonces supe que era verdad, que sí estaba pasando.

Por un momento muy pequeño todo se apagó. Los gritos, los brincos, los abrazos; me quedé ahí, absorto, mirándote, y una idea rara apareció en mi cabeza: ¿el esmeril deja un grabado regular? Cuándo la Copa está lista ¿el nombre del equipo campeón se ve profesional? Cuándo los jugadores te sostienen y pasa de mano en mano, para que te levanten, te reverencien y te besen ¿pueden sentir las ondulaciones que quedan en el metal después del grabado? ¿El grabador tendrá una plantilla especial?

La cámara dejó de enfocarte y volvieron los planos generales, los abrazos, el bullicio del estadio, el ruido de la casa, el ruido de las notificaciones en redes sociales. Y yo seguí pensando en cosas que nunca había pensado, tenía veintitantos años la última vez que tuvimos una Copa como tú en las manos.

Pensé que no eran iguales, aquella tenía una base de madera y un diseño mucho más elaborado, con laureles y grabados, y un jugador en la punta. Tú eres mucho más simple, te corona un balón de futbol, eres producto de nuestras ideas más modernas de diseño. Te imagino en la vitrina de honor, junto a tus ocho compañeras y pienso en que la estética, más que las placas, contarán la historia de todo lo que cambió en ese larguísimo ciclo.

En los 23 años y cinco meses que tardaste en llegar pasaron muchas cosas. Mis dos hijos nacieron y crecieron, y ahora están en el umbral de la adultez. Cambié varias veces de trabajo, murió mi padre, la familia creció con la llegada de mis sobrinas y algunos amigos muy queridos ya no están. 

Yo también he cambiado mucho, encanecí, ya no soy un chamaco. Ya me fijo en esas cosas y aunque brinqué y lloré y me animé para ir al Ángel, porque la ocasión lo valía, he vivido gran parte de mi vida como adulto pleno en lo que te tardaste en llegar.

Crie a mis hijos en el amor a mi equipo; mi hija mayor nació en el año 2000 y mi hijo en 2003. Mientras crecían, su afición fue nutrida por mi entusiasmo y por mis recuerdos, por las historias que compartía con mis amigos, por las idas al estadio, por la ilusión. Los buenos torneos ayudaron, sí, en parte, más o menos. ¿Cómo sostener tanto tiempo la ilusión de dos chicos que sólo tenían la experiencia de las casi victorias o de las derrotas llanas, que jamás habían vivido el campeonato?

Los últimos años, sobre todo, habían sido amargos. Me sentí culpable por las burlas, esas que nos llovían a los aficionados del Cruz Azul y que ellos sufrían, sin culpa. Puedo decirlo ahora, yo sentía, como todos, el peso de la maldición y la frustración por haberlos hecho cargar con ella.

Mientras te esperábamos, mis hijos, mis amigos, tanta, tantísima gente, recurríamos a nuestros tótems: al Conejo Pérez, a Carlos Hermosillo y aquel penal de la última Liga, a Paco Palencia en la Copa Libertadores y al propio Juan Reynoso.

Eso, si nos quedábamos en el fin de siglo, pero la nostalgia jala y llegábamos hasta el gran y único Miguel Marín; a Bustos, Quintano, Guzmán, Vera, Victorino, Muciño, Mendizábal y claro, a los “profes” Trelles, Cárdenas y Meza.

Durante la larga espera llegaste a estar tan, pero tan cerca, tantas veces. A la distancia de un error arbitral, un penalti mal cobrado o un autogol agónico.

El domingo, cuando empezó el partido, parecía que todo se repetiría. No nos digamos mentiras, el primer tiempo fue horrible, nos fuimos al receso preocupados, pensando que la maldición sería eterna. Y luego el equipo regresó para la segunda mitad, parecía la misma Máquina que arrolló en el torneo, y empezaste a acercarte de nuevo, cuando cayó el gol del Cabecita Rodríguez.

Pasaban largos los minutos, cerca del final el árbitro concedió cinco más, era justo y, aun así, lo odiamos. Luego la falta del Chaquito Giménez y la trifulca, porque claro, eres una reina que no se iba a conformar con sudor y lágrimas si podía obtener sangre. Créeme, todos agradecemos que, magnánimamente, tuvieras piedad en el último momento y con la última jugada protocolaría, el silbato sonó, GANAMOS.

Bienvenida a casa, Novena, bienvenida con tu alegría demorada. Qué increíble es que toda la luz que te acompaña hoy, se haya sumado a la de tus ocho hermanas para borrar, en una noche, tantos años de oscuridad.

POR GUSTAVO MEOUCHI
COLABORADOR
@GMOSHY67

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