Biden: 100 días

Al igual que las personas, los gobiernos deben ser evaluados en su circunstancia. Para Biden, el entorno ha sido particularmente complicado

Biden: 100 días
Miguel Ruíz-Cabañas Izquierdo / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

Este viernes 30 de abril, Joe Biden cumplirá sus primeros cien días como Presidente de los Estados Unidos. Desde la época de Roosevelt, a principios de 1933, en los medios estadounidenses existe la práctica de hacer una primera evaluación del desempeño de gobernantes cuando cumplen cien días en su cargo. En ese plazo se pueden apreciar sus verdaderas prioridades, las estrategias y medios que pondrán en práctica para realizarlas, las posibilidades reales de que las logren, y los costos y beneficios que pueden representar para la población.

Al igual que las personas, los gobiernos deben ser evaluados en su circunstancia. Para Biden, el entorno ha sido particularmente complicado. Tiene frente a sí cuatro enormes retos: superar la pandemia; lograr una sólida recuperación económica; tratar de disminuir la extrema polarización en que se encuentra la sociedad estadounidense, -como resultado de los cuatro años del populismo autoritario de Trump-; y tratar de recuperar la posición de liderazgo internacional de Estados Unidos después de cuatro años en que su predecesor abdicó de esa posición. 

Biden y su equipo representan el regreso de los profesionales al gobierno. Se terminaron las improvisaciones y ocurrencias; los estallidos públicos de ira, declaraciones ofensivas o delirantes a través de Twitter. Empezando por el Presidente, la Vicepresidenta y todas las personas que integran el gabinete y encabezan las agencias de seguridad, son profesionales en su materia. Además de ser el gabinete de mayor diversidad en el gobierno, son funcionarias y funcionarios con lustros de experiencia política y administrativa en los temas que se les han encomendado. Su curva de aprendizaje será menor que la de administraciones anteriores. Todos parecen tener claras la hoja de ruta para tratar de alcanzar sus fines. El contraste con la caótica administración de Trump no puede ser mayor.

Por eso Biden, apoyado en la ciencia, en la evidencia empírica, parece tener muy claras sus prioridades: hacer todos los esfuerzos para controlar la pandemia que ya ha cobrado más de 600 mil víctimas en su país; lanzar un nuevo programa de ayuda económica a la población y a las empresas, y anunciar el más ambicioso plan de reconstrucción de infraestructura de que se tenga memoria. Biden anuncia que piensa elevar impuestos a las grandes corporaciones para ayudar a financiar este plan, pero lo hace de una manera que evita confrontarlas a ellas o a los republicanos. No recurre a la estridencia ni mucho menos a la polarización. Lo plantea simplemente como una cuestión práctica y de justicia por las enormes ganancias que esas corporaciones han obtenido en los últimos años. Es una política redistributiva, que además le ayuda a evitar críticas de los sectores más radicales de su propio partido.

Con Biden ha retornado un gobierno que no tiene reparos en intervenir a fondo en la economía para modernizarla, hacerla más productiva, competitiva, y orientarla a nuevas fuentes de energía, no contaminantes, capaces de generar millones de nuevos empleos, reducir la pobreza y la desigualdad. La Cumbre Climática del pasado 22 de abril, convocada por Estados Unidos con el propósito explícito de comprometer a los principales países emisores de gases de efecto de invernadero a hacer mayores esfuerzos para reducirlos, no sólo estuvo inspirada en el noble ideal de tratar de evitar una catástrofe climática global, sino en la decisión de apuntalar las posibilidades de Estados Unidos de competir con China, India, Japón, Alemania, Francia, el Reino Unido y otros países, por el control de las tecnologías que aceleren la transición energética y, de esa manera, evitar el estancamiento y capturar el futuro.

En política exterior, con el lema de que “Estados Unidos está de regreso” Biden y el Secretario de Estado Anthony Blinken se han lanzado a reconstruir las alianzas con los aliados tradicionales de Estados Unidos en Europa y la OTAN, Corea del Sur y Japón, y a replantear sus relaciones con aquellos que consideran las verdaderas amenazas para su país: Rusia, Irán, Corea del Norte y China. Parecen decididos a confrontar a Rusia por su supuesta interferencia en las elecciones internas en Estados Unidos. Con Irán, la receta es volver al Acuerdo Nuclear con esa nación del que Trump se retiró. Pero otras decisiones, como el retiro de las tropas estadounidenes de Afganistán, prevista para septiembre, reafirman la tendencia al repliegue de Estados Unidos de áreas de intenso conflicto armado, que inició en la era de Obama y se profundizó con Trump.

Con China, la apuesta pareciera de mayor profundidad y multifacética. Por una parte, criticar las supuestas o reales violaciones a los derechos humanos en ese país, y reafirmar la alianza con Corea del Sur, Japón, Filipinas y otras naciones asiáticas que ven con recelo el creciente poderío militar y naval chino en la región. Pero, por otro lado, asumir en forma menos colaborativa que en el pasado el reto económico y tecnológico que representa el gigante asiático. No parecen alentar una riesgosa nueva Guerra Fría, por lo demás de alto riesgo para Estados Unidos dadas las profundas relaciones económicas entre los dos países. Pero sí evitar que China consolide su liderazgo actual en el control de las tecnologías exponenciales, particularmente la inteligencia artificial.

Respecto a México, Biden parecen tener conciencia clara de que necesitan la cooperación de López Obrador para evitar que la migración irregular procedente de México y Centroamérica se salga de control, un tema que podría hacerle perder a los demócratas la mayoría en la Cámara de Representantes en las elecciones de noviembre de 2022. Kamala Harris tiene el encargo de buscar un acomodo con la postura del Presidente López Obrador que propone que México y Estados Unidos inviertan en el desarrollo sostenible, por medio del programa de reforestación “Sembrando Vidas” en El Salvador, Honduras y Guatemala, para tratar de arraigar a los migrantes.  Por eso López Obrador se refirió a este tema en la Cumbre Climática. No será fácil encontrar un acuerdo satisfactorio para ambos países, particularmente en el tema de las visas para migrar a Estados Unidos, pero Biden no se puede dar el lujo de simplemente ignorar las propuestas de un vecino al que hoy necesita. Ambos vecinos están presionados a cooperar.

POR MIGUEL RUÍZ CABAÑAS IZQUIERDO

DIRECTOR DE LA INICIATIVA DE OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE (ODS) EN EL TEC DE MONTERREY

@MIGUELRCABANAS

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