El Proyecto Chapultepec y todo lo demás

Este año, tres mil quinientos y pico millones de pesos, es decir, la cuarta parte del muy exiguo presupuesto destinado a Cultura, irá a parar, si no hay novedades, al llamado Proyecto Chapultepec, encabezado por Gabriel Orozco

El Proyecto Chapultepec y todo lo demás
Julio Patán / Malos modos / Opinión El Heraldo de México

Este año, tres mil quinientos y pico millones de pesos, es decir, la cuarta parte del muy exiguo presupuesto destinado a Cultura, irá a parar, si no hay novedades, al llamado Proyecto Chapultepec, encabezado por Gabriel Orozco. ¿Es una idea viable, necesaria? Difícil decirlo a estas alturas: esperemos a que se nos presente un proyecto detallado. Pero, disculparán el escepticismo, las probabilidades de que se convierta en un, otro, tiradero de lana, son altas.

¿Por qué el escepticismo? No por lo tocante a lo que ha dicho Orozco que contempla hacer en área gigantesca. No en principio, al menos: puede no estar mal darle un subidón a Chapultepec y sus cercanías con una remozada a la infraestructura cultural, con mejores vías de comunicación, con proyectos de reforestación, etc. Esperemos, pues, una explicación detallada y confiemos en que la tenacidad y la creatividad del líder del proyecto sean suficientes.

Lo dudo. Mi escepticismo tiene que ver, ante todo, con el modo en que gasta nuestros dineros el gobierno federal. Nadie puede dudar que nuestro presidente apuesta a ganarse la posteridad por la vía de los elefantes blancos: Dos Bocas, Santa Lucía, el tren, la perdigonada de universidades patito … El problema es que la posteridad es cara, y al presidente no le gusta gastar. Así es como se tiran dólares en una Dos Bocas rascuache que nadará pero no en gasolina patriótica, sino en agua, por las inundaciones; en un aeropuerto de Santa Lucía sin vuelos, pero seguramente perlado de puestos de suadero; en a ver cuántas universidades sin el menor rigor académico y con los galerones tristísimos como los que inauguró López Obrador hace poco, o en un tren sin pasajeros que, eso sí, hizo pedazos la selva.

¿Qué queda alrededor de esos elefantes? La devastación. Un país arrastrado a la bancarrota por el petróleo, sin medicinas, con un PIB récord de - 8.5, con más pobres que nunca. Bueno, pues el “centro cultural más grande del mundo” apunta a ser la aportación monumentalista de Cultura a esa forma de gobernar. La devastación ya está ahí: las becas a la creación fueron
depauperadas, pero sobre todo burocratizadas; está en riesgo la vida misma de la Fonoteca, amenazada por el cuentachilismo federal; y están el vacío creciente de exposiciones, o la madriza al cine y el teatro. ¿Se imaginan lo que puede pasar a la hora de asignarle dinero a un proyecto carísimo que implica tener al tiro museos como el Tamayo, mantener activas instituciones como el Centro Cultural del Bosque, limpiar estatuas, regar árboles, tapar baches, impedir que el lago se convierta en una fosa séptica? Eso: más ruinas, por aquello de la tacañería.

Claro que eso, las ruinas y la ruina, también le garantizan una forma de posteridad al presidente. Pero no es en lo que quisiera uno gastarse el dinero.

POR JULIO PATÁN
JULIOPATAN0909@GMAIL.COM 
@JULIOPATAN09


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