Americanofobia: puerta falsa, riesgo latente

Volver a la confrontación sería un grave retroceso contrario a los intereses de México

Americanofobia: puerta falsa, riesgo latente
Claudia Ruiz Massieu/ Colaboradora/ Opinión El Heraldo de México

El buen entendimiento y la alineación de intereses entre México y Estados Unidos es un fenómeno relativamente reciente, que se ha ido construyendo, no sin tensiones, durante las últimas tres décadas. Hoy no sólo formamos parte de una economía regional integrada, dinámica y competitiva; también hemos construido mecanismos de diálogo institucional en áreas estratégicas como la migración, la seguridad y la educación.

La mayor parte de nuestra historia compartida había sido una de conflictos, que alcanzó su punto más álgido con la pérdida de más de la mitad del territorio nacional en 1848 y continuó en las primeras décadas del siglo XX, cuando México enfrentó en más de una ocasión el intervencionismo militar y político estadounidense. Es comprensible entonces que surgieran sentimientos de aversión, distancia y desconfianza hacia EU, que se arraigaron en amplios sectores de la sociedad mexicana hasta hace no mucho tiempo.

De hecho, si bien tras nuestra independencia México tomó en buena medida a EU como ejemplo republicano, posteriormente una parte de nuestro nacionalismo posrevolucionario se construyó en oposición a nuestro poderoso vecino, entendiéndolo más como una amenaza que como un modelo. Esto último tuvo el efecto de convertir el rechazo a lo estadounidense en una útil herramienta retórica: un adversario extranjero en torno al cual generar unidad nacional. Este recurso también sirvió para justificar problemas internos. Culpar a Estados Unidos llegó a ser redituable.

Para quienes nos tocó crecer en la era de apertura e integración, a partir de los años ochenta, la americanofobia podría parecer un sentimiento superado por los beneficios tangibles de una alianza estratégica que ha creado prosperidad y tiene sentido por múltiples razones. Sin embargo, se trata de un sentimiento aún latente, velado, susceptible de resurgir con la retórica adecuada.

Ayer inició el mandato del presidente Joseph Biden y con ello la posibilidad de una nueva etapa en la relación bilateral. Como he mencionado en otros artículos, la visión del nuevo inquilino de la Casa Blanca sobre asuntos como el cambio climático, la transición energética o los derechos laborales (temas que tienen compromisos establecidos en el T-MEC), se contrapone en muchos casos a la política del gobierno mexicano.

Frente a este panorama, y de cara a las elecciones de junio, revivir la estrategia de la confrontación y el discurso antiestadounidense podría resultar muy tentador para quienes pretendan desviar las críticas al actual gobierno por sus insuficiencias y sus omisiones. Algunas acciones recientes mandan señales al menos desconcertantes: la reticencia de felicitar al hoy presidente y de condenar los actos violentos en el Capitolio; la extraña oferta de asilo político a Julian Assange; hacer público un documento entregado en confidencia por el Departamento de Justicia, entre otras.

Volver a la confrontación sería un grave retroceso contrario a los intereses de México, sobre todo si es en nombre de cálculos políticos facciosos. Las diferencias –inevitables en cualquier relación– debemos solventarlas con inteligencia, guardando y exigiendo respeto mutuo como aliados, mediante la diplomacia y sus mecanismos.

Hay que ver al nuevo gobierno como una oportunidad para ampliar, no reducir nuestra integración y cooperación. Y hay que estar atentos para rechazar los fantasmas de la americanofobia, no del todo superados, y con algunos visos de querer regresar.
 

POR CLAUDIA RUIZ MASSIEU
SENADORA POR EL PRI
@RUIZMASSIEU


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