Odio

Se puede decir, sin temor a equivocarse, que todos los participantes en la arena pública se definen, de una u otra manera y en algún momento u otro, en torno al odio

Odio
Ricardo Pascoe Pierce / Mirando a otro lado / Opinión El Heraldo de México

El odio se ha convertido en uno de los ejes del “diálogo” político mundial. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que todos los participantes en la arena pública se definen, de una u otra manera y en algún momento u otro, en torno al odio.

No es una casualidad que, en su discurso de despedida de la política, el senador uruguayo José Mújica se haya referido a su posición sobre el odio como aspecto central.

Mújica dijo en el Senado de su país: “Si me voy es porque me echa la pandemia. Tengo mi buena cantidad de defectos, soy pasional... pero en mi jardín hace décadas que no cultivo el odio. Porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder objetividad frente a las cosas. El odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio nos destruye. Y una cosa es la pasión y otra es el cultivo del odio”.

“Hasta hace poquito creíamos con pasión una definición de la libertad. Y ahora la ciencia nos dice si por libertad se entiende que por seguir los deseos y las inclinaciones... se entiende que somos capaces nosotros de gestar esas inclinaciones y esos deseos, entonces la libertad no existe. He vivido con una definición y me cambiaron toda la letra ahora”.

“Este problema lo tienen las nuevas generaciones y la política tendrá que hacerse cargo. Porque la política es la lucha por la felicidad humana. Aunque suene a quimera. En política hay causas, no sucesión, y los hombres pasamos y las mujeres también. Algunas causas sobreviven y se tienen que transformar y lo único permanente es el cambio”.

“He pasado de todo en la vida...Estar seis meses atado con alambre con las manos en la espalda. He pasado de todo...pero no le tengo odio a nadie. Y les quiero transmitir a los jóvenes que hay que darle gracias a la vida. Triunfar en la vida no es ganar. Triunfar en la vida es volver a levantarse cada vez que uno cae”.

Sin duda, Nelson Mandela podría haber escrito palabras parecidas. De hecho, navegó las aguas turbulentas de la transición sudafricana desde un régimen de Apartheid a una democracia republicana y representativa en un ambiente lleno de odio, junto con agravios históricos y heridas sociales y culturales que tomarán siglos en curarse. Pero su Presidencia marcó la ruta de conciliación para una sociedad tan dividida y con enconos tan profundos. Su premisa básica era que el odio impide construir una sociedad viable y con un futuro promisorio.

En contraste radical con Mújica y Mandela, Donald Trump ha emprendido un ensayo de gobierno basado en el ejercicio del odio y polarización. Exactamente contrario a la propuesta de gobernar resistiendo los llamados al enfrentamiento y el encono, tanto de propios como extraños. En ese sentido, a nadie le debiera extrañar este último capítulo de Trump, convertido en una combinación moderna de Robespierre y Goebbels, buscando destruir el Poder Legislativo de su país a sangre y fuego. La combinación de populismo y fascismo define su propuesta de gobierno, aderezado con el narcisismo de un gobernante fascinado con su propia voz, y el poderío que le otorga esa bocina verbal. Lo que más le ofende al gobernante populo-fascista es la existencia de órganos de gobierno y de una sociedad en general que lo puedan contradecir, exponer sus debilidades y alertar a sus hipocresías y mentiras. De ahí el odio a todo lo que sea oposición, prensa crítica y sociedad civil independiente.

En el caso de Trump, lo que ha logrado es volcar una mayoría de la sociedad estadounidense no solo en su contra, sino también en contra de su partido. Sí logró hacer América Grande otra vez: perdió la Presidencia, el Senado y la Cámara de Representantes a la parte civilizada de la sociedad. Pero sembró el virus del odio en el seno de la sociedad estadounidense y curarse de ese mal va a tardar mucho tiempo.

 El Presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, también gobierna desde el odio y el rencor, en vez de proponer una oferta de reencuentro social. Curiosamente coincidieron en el tiempo Trump y AMLO: dos propuestas parecidas de gobierno, con supuestas ideologías políticas opuestas, pero con objetivos de gobierno coincidentes en su propuesta populo-fascista

AMLO pretende eliminar de la sociedad mexicana cualquier vestigio de opiniones contrarias a las suyas. No tolera a la prensa crítica; es más, la aborrece y la va a perseguir judicialmente dentro de poco, mientras da pase a quienes matan a periodistas. Sus odios hacía empresarios, intelectuales, científicos y clases medias lo asemeja con Goebbels, mientras el uso punitivo y totalmente político de la justicia lo emparenta con Robespierre.

Su campaña por eliminar los órganos autónomos diseñados para vigilar las acciones de gobierno es parte de la pretensión de regir los destinos del país como monarca. De ahí que lo traiciona su inconsciente: prefiere vivir en un palacio en vez de la republicana Casa de Gobierno. Su meta cumbre será eliminar el INE como órgano autónomo para la vigilancia de las elecciones.

En un acto de hipocresía absoluta, que raya en la mentira, ofrece una defensa al derecho de Assange y Trump a la libertad de expresión y su acceso libre a redes sociales, mientras acosa, ataca y pone en peligro a los periodistas mexicanos, incluso arriesgando sus vidas. No es un accidente que México sea el país el mundo donde más periodistas han perdido la vida. No duden que el gobierno mexicano ofrecerá asilo y refugio a ambos: Assange y Trump.

Finalmente, el odio no permite construir. Estupidiza, como dijo Mújica. También destruye. Eso nunca lo entenderá Trump, y parece que AMLO tampoco. Es trágico para un país  vivir con gobernantes así, esperando que la pesadilla que representan sea temporal. Por eso los estadounidenses cuentan con ansiedad los días que faltan para deshacerse de Trump. ¿Y nosotros?

POR RICARDO PASCOE PIERCE
RICARDOPASCOE@HOTMAIL.COM
@RPASCOEP


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