El mito de las estructuras

Ante la apabullante victoria del PRI en estas dos entidades, pronto salieron tanto panistas como morenistas a decir que el resultado fue solo fruto de las estructuras priistas de siempre

El mito de las estructuras
Fernanda Caso / Ayer pensaba distinto / Opinión El Heraldo de México

Se dice que cuando hay baja participación, son las estructuras lo que define los resultados de una elección mientras que las campañas, los candidatos y las propuestas definen solo las elecciones con altos niveles de votación. La teoría suena convincente y, además, es una explicación muy útil para quien no quiere asumir que cualquier resultado es también un mensaje para los gobernantes y partidos. Tal ha sido el caso de los resultados de Coahuila e Hidalgo este domingo. Ante la apabullante victoria del PRI en estas dos entidades, pronto salieron tanto panistas como morenistas a decir que el resultado fue solo fruto de las estructuras priistas de siempre. Ninguna reflexión sobre el gobierno federal y ninguna reflexión sobre el papel de oposición que el PAN y demás partidos han sido incapaces de representar.

Es cierto, las estructuras tienen peso en nuestras elecciones. Lo han tenido siempre. Sin embargo, los análisis que se quedan en este nivel sin profundizar más en lo que los ciudadanos dicen con su voto, terminan por cometer tres errores: sobresimplifican el criterio de los votantes, sobresimplifican el trabajo de los partidos y no toman en cuenta la erosión de estas organizaciones con el paso del tiempo.   

Quienes han trabajado en tierra en la última década saben que armar una estructura es mucho más complicado que lo que se retrata en los medios. México tiene votantes cada vez más complejos e informados. Organizar a votantes requiere dedicarles tiempo, responder sus dudas sobre el gobierno y atender sus cuestionamientos sobre políticas públicas y declaraciones de los liderazgos partidistas. Cuando los gobiernos o candidatos no conectan o cuando las personas han sufrido violencia o desempleo que adjudican a un mal gobierno, no hay forma de que una organización electoral funcione, no importa el dinero o programas sociales que haya de por medio.

Un ejemplo reciente de esto son los resultados en las elecciones federales intermedias de 2015. En aquella ocasión, el nivel de participación no alcanzó siquiera el 50% del electorado por lo que la teoría hubiera indicado que las estructuras más fuertes obtendrían la victoria. Sin embargo, el PRI, aún teniendo la Presidencia de la República, 19 gobiernos estatales y recursos prácticamente ilimitados, perdió 15 posiciones en la Cámara de Diputados y  la gubernatura de 4 estados.

Las estructuras importan. Pero importan cada vez menos. E importa también el contexto y el trabajo que los partidos hacen para convertirse en alternativas viables.  El domingo pasado, el contexto fue un presidente polarizante y un PRI que supo colocarse como la mejor alternativa opositora. López Obrador no estuvo en la boleta de sus seguidores, pero sí estuvo en la de sus detractores. Su figura fue suficiente para sacar a la gente a votar solamente en contra y unir a todos los que no quieren a Morena en el poder. Las estructuras funcionaron porque tenían con qué funcionar: dos gobernadores priistas  bien evaluados, una maquinaria partidista que nunca dejó de trabajar, Morena enfrascado en pleitos internos, PAN y PRD desaparecidos en ambos territorios y un gobierno federal que ha empezado a generar más enojo que entusiasmo para salir a votar.

 

POR FERNANDA CASO

FERNANDACASO@HOTMAIL.COM

@FER_CASO


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