Quizás

El FCE reedita el título de la autora estadounidense, quien aprovecha la virtud plástica de los recuerdos para reconstruir hechos de apariencia real

Quizás
LILLIAN HELLMAN. 1947. Fotografía de Irving Penn. National Portrait Gallery, Smithsonian Institution © 1984, Irving Penn.

La memoria es un músculo sensible que requiere ejercitarse para revelar su nivel más puro: la ficción. La escritora norteamericana Lillian Hellman (1905-1984) lo tenía claro cuando escribió Quizás. Un relato (FCE, reeditado en 2020), pues supo aprovechar la virtud plástica de los recuerdos y los convirtió en una masa de palabras que poco a poco reconstruyen hechos sugerentes, de los que nadie tiene pruebas.

Se trata, pues, de una serie de vivencias que cercan, con aparente fidelidad histórica, a un personaje llamado Sarah Cameron, que es al mismo tiempo espejismo y simulacro de fantasma: aparece y desaparece cual reflejo de agua desde la primera página.

La narradora está decidida a llenar de texturas esa presencia que se escapa de su vista, y tal es el afán, que no teme conducir al lector por un entramado borroso de confesiones: “Lo que escribo es la verdad según la vi, aunque la verdad según la vi, por supuesto, no tiene que ver mucho con la verdad. Es como si hubiese ensamblado las piezas de un rompecabezas y después un niño lo hubiese volcado y hubiera tirado algunas”.

Así, uno comprende que está frente a la suma de posibilidades a las que aspira un relato, donde el suelo que se pisa tiene todas las consistencias; sí, la novela adquiere la forma de memorias, pero aquel que se pregunte qué de lo que está leyendo es real, lo hará en vano, aunque aparezcan nombres y lugares conocidos. Mientras descubrimos partes de la vida de Sarah –amiga, aliada y a veces sólo una conocida–, descubrimos también cuán sutiles resultan las obsesiones de Lillian. 

La relación entre ellas se sostiene, en el mayor de los casos, por una complicidad que muestra la empatía de dos mujeres que han lidiado con síntomas parecidos: el desamor, la mentira, el dinero, el sexo, los hombres.

Una vez que Sarah es parte del universo del lector, éste participa en la persecución de los hechos en los que es posible configurar una imagen de ella. Sin embargo, acaso su mayor peculiaridad sea que, conforme te acercas a este personaje, más parece distorsionarse.

No es gratuito que en la portada de esta reedición aparezca una máscara que se desprende de otra máscara y de otra más. Claramente, alguien aquí no es confiable, pero ¿quién? ¿La mirada que observa, la que lee o la propia Sarah? Podemos hallar en la trama algunas pistas sacadas, al parecer, de un diario: “En los tres libros de memorias que he escrito, procuré forzosamente decir la verdad. Procuré, pero aquí no sé mucho de lo que en realidad sucedió, y nunca hice el intento por descubrirlo”. Hellman –que es reconocida sobre todo como dramaturga y guionista de cine– habla de sí como si estuviera convencida de que nadie más tendrá acceso a esas notas, y al paso de los capítulos, abre de par en par una puerta a través de la que se vislumbra un paisaje nebuloso. Un mundo en el que es comprensible que Sarah exista. 

Por Roberto Abad


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