IMCINE

30 años del ocaso de una industria

En 1989, IMCINE dejó la tutela de la Secretaría de Gobernación, para ser parte del sector cultural bajo el cobijo del recién creado CONACULTA

CULTURA

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En 1979 se creó Televicine en México. Foto: Cortesía

Parece muy lejano pensar que apenas hace tres décadas el cine mexicano era aún una industria que seguía las reglas del juego que se plantearon desde los inicios mismos del Cinematógrafo: el cine se produce, se distribuye y se exhibe. Existían empresas que venían, muchas de ellas, de las dinastías que se habían formado con el cine industrial o que eran propiedad, algunas más, de los productores veteranos. En cuanto a distribución y exhibición, el cine mexicano contaba de forma natural con una empresa, Películas Nacionales, que en colaboración la paraestatal de exhibición fílmica llamada Compañía Operadora de Teatros S.A. (COTSA), presentaba los productos de esta producción privada en el país. Pero si bien el mecanismo estaba bastante aceitado, los contenidos de esta producción dejaban mucho que desear. Géneros como la sexycomedia (bautizado como “de albures y encueradas” por Emilio García Riera, nacido ante el ocaso de las ficheras a inicios de los 80), las aventuras fronterizas, los musicales y comedias de Televicine (el brazo fílmico de Televisa, creada en 1979) o los melodramas en contextos populares eran las fórmulas mediante las cuales ese cine satisfacía la demanda. Los números de producción no eran despreciables, oscilando entre los 70 y hasta 90 largometrajes anuales. El problema era la calidad.

El contrapeso en cuanto a calidad venía del otro cine mexicano, el que se producía de forma independiente o era producido por el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), apenas inaugurado en 1983. Nacido tras la catástrofe de la administración lopezportillista, su labor inicial fue reactivar la producción fílmica estatal de cine de calidad que la anterior política destruyó, a través de proyectos de interés (como las adaptaciones de El gallo de oro, de Juan Rulfo y Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, que vieron la luz en la forma de El imperio de la fortuna –Arturo Ripstein, 1985– y Mariana, Mariana –Alberto Isaac, 1986–, respectivamente) y apoyando la producción independiente realizada por la generación de cineastas  que ya no tuvieron un cine estatal en el cual apoyarse, como Alejandro Pelayo y Juan Antonio de la Riva, entre otros. Mención aparte merece el productor Manuel Barbachano Ponce, quien fue un mecenas de gran importancia para las películas de Jaime Humberto Hermosillo y Paul Leduc. Este cine, que ganaba premios internacionales y arrasaba en los premios Ariel, no tenía espacios dignos en una cartelera avasallada por las compañías trasnacionales que colocaba a Hollywood en los mejores cines, con campañas publicitarias inmensas impagables para el cine mexicano.

En 1989, Imcine dejó la tutela de la Secretaría de Gobernación, para ser parte del sector cultural bajo el cobijo del recién creado Conaculta. La administración del doctor Ignacio Durán Loera, cineasta, cinéfilo, promotor cultural, diplomático y hombre de gran cultura, es recordada por establecer una política cinematográfica estatal que reunió al menos a cuatro generaciones de cineastas en torno a un fomento del cine de calidad cuya producción se sustentó mediante coproducciones entre Imcine e instancias tanto particulares como gubernamentales. La conjunción de distintas generaciones tuvo notables resultados, encontrándose la madurez autoral de Arturo Ripstein y Jorge Fons, con las notables óperas primas de Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Carlos Carrera, pasando por el dominio expresivo de la generación intermedia con representantes como María Novaro, Nicolás Echevarría, Busi Cortés, Marysa Sistach, José Luis García Agraz y los ya mencionados Juan Antonio de la Riva y Alejandro Pelayo. Valiéndose de eventos como la Muestra Internacional de Cine o la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara, este cine tuvo un impulso que lo llevó a ganar premios internacionales y, sobre todo, recuperar a un público de clase media que devolvió su mirada a un cine mexicano de notable calidad tras una década de albures, desnudos, ultraviolencia, ídolos televisivos llevados a la pantalla grande y nula calidad del cine industrial. Así las cosas, Verano peligroso (1990), comedia de René Cardona Jr. con Alejandra Guzmán, producida por Televicine, compartió cartelera con Cabeza de vaca (1990), magistral épica histórica de Nicolás Echevarría, realizada tras una década de preparación, acerca de un conquistador español devorado por el misticismo de la tierra que venía a conquistar. Ambas películas mexicanas, pero con una concepción del cine diametralmente opuesta.

 

En el tono de la política neoliberal del periodo salinista, se anunció en 1993 la subasta de un célebre paquete de medios que incluyó los activos del Imevisión, el diario El Nacional, los Estudios América y las más de 100 salas operadas por COTSA. Con ese hecho se iniciaba el ocaso de la industria tradicional. Como sucedió poco después, el destino de las ya desvencijadas salas era convertirse primero en unos grises Ecocinemas y después en tiendas departamentales. La producción privada tendría que enfrentarse a la desaparición de sus salas naturales y su público de costumbre. Espectadores que, en el caso de la sexycomedia, abandonaron el género cuando fue autorizada para su exhibición en México la pornografía explícita, hacia 1992. Ya no había necesidad de soportar comedia lépera y miseria cinematográfica a cambio de desnudos lamentables.

La última estocada vino de fuera. La Ley Simpson-Rodino, aprobada por el Congreso estadounidense en 1991 y que permitía a la policía migratoria entrar a los cines de la frontera sur en busca de migrantes ilegales, privó al cine mexicano industrial de un público fiel y numeroso. Con su territorio natural perdido para siempre y sin posibilidad de ofrecer sus productos a las cadenas de exhibición privada que empezarían a operar en México a partir de 1995, la vieja guardia hubo de refugiarse en el mercado de la producción para video casero, naciendo así otro apasionante tema de estudio: el videohome.

De esa forma, la industria nacional, nacida en 1931 con el inicio del cine sonoro mexicano, terminó sus días. En 1994, el país enfrentó una nueva crisis económica y nuestro cine se adentró en un nuevo periodo de relativa oscuridad. Pero esa es ya otra historia.

Por José Antonio Valdés Peña

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