El próximo 28 de julio —fecha del nacimiento de Hugo Chávez— habrá elecciones presidenciales en Venezuela. El día para llevarse a cabo este proceso fue elegido por Nicolás Maduro, el autócrata que habla con pajaritos y decide todo en aquel país sudamericano. Recientemente, durante un evento oficial y acompañado del mentado presidente de su país, el ministro de la Defensa, General Padrino López, dijo al referirse a la oposición:
“Los facciosos que fracasaron ayer deben saber que Venezuela y sus Fuerzas Armadas fueron refundadas por la revolución bolivariana y mantendremos la patria digna, soberana e independiente”.
Y todo esto viene a cuento porque al escribir este artículo se da a conocer el probable y desconcertante encuentro entre el dictador Maduro y representantes de los Estados Unidos, a unos cuantos días de llevarse a cabo la jornada electoral. El encuentro despide un aroma fétido, emanado de las ambiciones de ambos países que, al parecer, se sentarán a “negociar” en estos momentos cruciales para las libertades de Venezuela.
El heredero de Chávez dio un golpe inesperado de timón y decidió sentarse nuevamente con los de Washington, seguramente para mostrar el apoyo del llamado —cuando le conviene— “imperialismo yanqui”.
Con cautela la administración Biden recibió esta invitación seguramente inesperada y precisó que: “Estados Unidos está comprometido con la gobernabilidad democrática a través de elecciones competitivas e inclusivas”.
¿En verdad podemos hablar de una jornada electoral “competitiva e inclusiva” cuando María Corina Machado, la opositora más exitosa de los últimos años, fue inhabilitada por 15 años para competir por la presidencia venezolana?
¿Elecciones democráticas cuando seis opositores venezolanos, perseguidos por el chavismo, llevan 100 días refugiados en la embajada argentina en Caracas? Estos activistas, colaboradores cercanos de Machado, fueron acusados de traición a la patria, terrorismo y asociación delictuosa solo por pensar diferente a lo que ordena el chavismo o la llamada revolución bolivariana.
Todos ellos tuvieron que buscar el asilo político, antes de correr la misma suerte de 46 opositores que en las últimas semanas fueron llevados a prisión por no seguir la consigna del pensamiento único y no apoyar al también partido único en el poder. ¿Con estos represores quiere la Casa Blanca sentarse a “platicar”?
La campaña política del candidato sucesor de María Corina, Edmundo González Urrutia, ha transcurrido sin propaganda electoral, sin presencia en los medios (que tienen prohibido entrevistar a la oposición, a riesgo de perder la concesión), sin acceso a espacios públicos, etc.
A pesar de todo y después de 25 años del proyecto populista y dictatorial de Hugo Chávez, los venezolanos no se dan por vencidos. Hartos de la polarización, del desabasto, del hambre y de las graves violaciones a los derechos humanos están dispuestos a oponerse una vez más. No más destrucción de instituciones, no más autoritarismo, dicen los venezolanos y lo van a intentar otra vez. Gran ejemplo.
POR TERE VALE
COLABORADORA
@TEREVALEMX
MAAZ