COLUMNA INVITADA

Pluralidad práctica de justicia: la idea universal

No cabe duda que en torno a la justicia hay un posicionamiento universal que pretende explicarla como valor compartido social e individualmente

OPINIÓN

·
Juan Luis González Alcántara / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

El valor de la justicia es una de las metas más anheladas que la sociedad humana ha tratado de alcanzar e instalar en ella. El largo trecho de este tópico va desde las parábolas bíblicas, pasando por esquemas peculiares –como la justicia salomónica o la Ley del Talión–, hasta llegar a la idea de que la justicia es una teleología del Estado contemporáneo.

No cabe duda que en torno a la justicia hay un posicionamiento universal que pretende explicarla como valor compartido social e individualmente. Su valor axiológico, por ejemplo, en la novela de Agatha Christie Diez negritos lleva al juez Wargrave a condenar a muerte, sin juicio, a cada uno de los personajes, incluido él mismo, pues es la forma drástica y severa para impartir justicia por los crímenes cometidos. Del mismo modo, al lector le repudia la condena que Jean Valjean sufre en Los Miserables por robo famélico y salta a la vista la injusticia cometida en un espíritu inquebrantable.

A pesar de la idea de universalidad que se le ha dado a la justicia desde tiempos aristotélicos, el premio Nobel de Economía Amartya Sen irrumpe con La idea de justicia y nos abre los ojos ante la realidad práctica de este valor. Como sociedad buscamos una solución justa que satisfaga las aspiraciones de imparcialidad. No obstante, esos deseos difieren unos de otros, incluso compiten entre ellos. En un ejercicio retórico, Sen nos plantea una parábola –noble y radical a la vez–: la flauta y los tres niños. ¿Quién tiene mejor derecho a una flauta: el niño que la sabe tocar; aquel que la fabricó o el que no tiene más pertenencia que el instrumento? Los argumentos de cada uno de ellos, en sí mismos, son poderosos. Acaso ¿no es justo que la tenga el menor que sabe usarla? Nadie dudaría que es justo que quien la hizo disfrute de ella. Igualmente, convincente es que sería injusto despojar de su única riqueza material al niño que no tiene nada más que la flauta.

Pero, si confrontamos los tres argumentos, compiten entre sí. Son tan justos como injustos, según la posición que tengamos. Por ejemplo, un pragmático como John Stuart Mill diría: lo único justo es que la flauta quede en manos de quien sabe tocarla. Marx y Engels sostendrían que no hay nada más justo que, como fruto del trabajo, se mantenga con quien la manufacturó. Y es probable que Michael Sandel estime que, por solidaridad, la flauta siga siendo del niño pobre.

Es muy ilustrativa la distinción de la justicia desde la concepción sánscrita, que distingue entre el niti y el nyaya. El primero corresponde a la idoneidad de las instituciones y la corrección del pensamiento. El segundo es la realidad de la justicia práctica. No podemos quedarnos sólo con el niti, idealizando sin aterrizar –frecuente en el pensamiento occidental–. Debemos preocuparnos por el imperio del nyaya –el pez más fuerte se come al pez más chico, a pesar del niti–. Es el largo camino de mediar entre el ideal de justicia y su aplicación práctica.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA
MINISTRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA

PAL

 

SEGUIR LEYENDO: 

Un Batman octogenario

Tanguy en Francia, Il Mammone en Italia... ¿Y en México?

Bucha o el descenso a los infiernos