Las democracias también mueren

Las democracias se debilitan en las urnas, con la descalificación de los oponentes y puede ser simplemente un cadáver

Las democracias también mueren
Pedro Ángel Palou / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

En 2018 Ariel sacó la versión en español del libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, un ensayo provocador que viene a cuento ahora que nos preparamos para votar en las elecciones intermedias mexicanas. Los autores trabajan sus ideas a partir de casos concretos, por ejemplo, la llegada de lideres populistas en Chile, Venezuela, Bolivia y Hungría -de izquierda y de derecha, entonces-, y luego por supuesto la elección de Trump en los Estados Unidos.

Los autores proponen una matriz para estudiar el comportamiento autoritario. El primer aspecto a tomar en cuenta en su modelo es el rechazo -o la débil aceptación de las reglas democráticas del juego; el segundo es la negación de la legitimidad de los adversarios políticos; el tercero es la intolerancia o el fomento a la violencia y el último es la predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación.

Dicha matriz, el lector y la lectora de El Heraldo no lo negará, fue el “librito” de Donald Trump: una gran parte de su base electoral creyó que las reglas del juego no eran parejas, que iba a haber una trampa que el presidente anunciaba a diestra y siniestra; por supuesto Biden para él no era legítimo -o Kamala, pues se intentó incluso decir que no había nacido en California o que se había falsificado su certificado de nacimiento, algo que él ya había hecho con Obama. Biden estaba mal mentalmente, etc.

La violencia fue incitada una y otra vez, incluso minutos antes de que sus huestes tomaran el Capitolio y, para rematar, intentó censurar a los medios y cancelar a las plataformas como Twitter que etiquetaban como “posiblemente falsas” sus declaraciones. En nuestro país el presidente ha usado las llamadas mañaneras para fines muy similares.

Algunos cuentan alrededor de ochenta mentiras diarias -o falsas verdades, si queremos matizar. López Obrador ha insistido en que el árbitro de la contienda, el INE, no es legítimo, ha criticado a la prensa y la ha intentado “balconear”, y si bien no ha incitado a la violencia ciertos actos como cercar Palacio Nacional ante protestas feministas provocó un alud de acciones civiles que también censuró en sus ruedas de prensa diarias.

Las instituciones son más débiles de lo que pensamos -recordemos la república de Weimar-, y la división de poderes puede venirse de golpe abajo si el ministro Zaldivar acepta el dardo envenenado del senado: la oferta de “ampliar su mandato” dos años más. Más de uno se pregunta desde ahora si veladamente no se está pensando en hacer lo mismo después con el mandato presidencial. Esto me parece absurdo, el propio Andrés Manuel ha negado que piense reelegirse.

Más preocupante que esa teoría conspirativa es el hecho de convertir nuevamente en frágiles al legislativo y al judicial, que el poder presidencial autoritario heredado por el PRI siga vivito y coleando. Es que los autores del libro al que he hecho referencia tienen razón, las democracias nacen, crecen y mueren. Hay que defenderlas desde dentro. Un presidente que no tiene control, que no tiene contrapesos, que es capaz de usar a su arbitrio los otros poderes, es peligroso.

No digo que México esté en este nivel. En Estados Unidos fueron jueces menores, funcionarios electorales locales los que defendieron la democracia del ataque trumpista. No se necesita un golpe militar para acabar con la democracia (aunque por cierto este gobierno haya contribuido a que los militares tengan un papel mayor del debido en un país civil, no en guerra).

Las democracias se debilitan en las urnas, con la descalificación de los oponentes y puede ser simplemente un cadáver si se ocupa o se acaba con los organismos autónomos al gobierno, los electorales en primera instancia, pero también los de acceso a la información o transparencia. Hemos ya dado pasos en falso y hacia atrás estos dos años.

Pero también debemos recordar que esta democracia que yo llamo adolescente necesita de nosotros, de la sociedad civil, de los medios, de las ONG´s, de los ciudadanos para protegerse. Duele ver una cierta complacencia fuera de las redes y preocupa a mi juicio que la pésima oposición política haya convertido la elección en un circo de actores y luchadores. Es el ciudadano de a pie el último baluarte de la democracia.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU
COLABORADOR
@PEDROPALOU

maaz


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