Reconocer a la mujer en su diferencia

No basta el igualitarismo para reivindicar a la mujer. Hay que valorar el “genio femenino” con toda la riqueza de su diferencia

Reconocer a la mujer en su diferencia
Rodrigo Guerra López / Colaborador/ Opinión El Heraldo de México

Reconocer el misterio de lo femenino es un signo de nuestro tiempo. Esto es así, no solo por el hecho de que existen por primera vez en la historia una gran cantidad de feminismos que, desde diversas premisas filosóficas, contribuyen a discutir la condición femenina, sino porque el profundo cambio de época que experimentamos todos como sociedad global, posee acentos profundos que ya no se identifican pacíficamente con un paradigma masculinizante sino que dan espacio a elementos procedentes de la experiencia de la mujer que irrumpen para bien en distintos ambientes.

En la arquitectura o en el cine, en el derecho o en la poesía, en la empresa o en los movimientos sociales, el “genio femenino” (Julia Kristeva) renueva, provoca, y cuestiona.

Recuerdo con afecto que en mi infancia mi madre me hablaba con admiración de Marie Curie y mi padre de Mary Shelley. Ya en la Universidad, mi querido amigo Abelardo Lobato OP me regaló, hacia 1986, un libro que había escrito diez años antes: “La pregunta por la mujer” (Sígueme, Salamanca 1976).

En esta obra presentaba el pensamiento de tres mujeres indómitas: Simone de Beauvoir, Simone Weil y Edith Stein. Fue toda una sorpresa que uno de los filósofos tomistas más relevantes de aquella época, hubiese dedicado una amplia obra a explorar y a aprender de estas tres autoras. Así fue como me interesé en Edith Stein y escribí algunos estudios inspirados en su libro “La mujer”.

Poco después, sin haberlo planeado, me fui topando con diversas autoras de distintas épocas, que calarían profundo en mis propias convicciones: Hildegard von Bingen, Juana Inés de la Cruz, Raïssa Maritain, Adrianne von Speyr, Hanna Arendt, Etty Hillesum, Dorothy Day, Wanda Poltawska y Wislawa Szymborska, entre otras.

Un cierto día, me di cuenta de que leyendo a estas mujeres no me encontraba yo dentro de la corriente principal de los feminismos contemporáneos. Más bien visitaba vías secundarias que me ayudaron lentamente a adquirir una convicción: las luchas por la igualdad entre hombres y mujeres muchas veces pierden más que lo que ganan. El necesario reconocimiento de la igual dignidad no debe conllevar el eclipse de la diferencia.

El igualitarismo fácilmente se torna masculinizante (cuando no reconoce el valor específico de la femineidad), invisibilizante (cuando la identidad sexual se interpreta como un constructo puramente cultural), o alienante (cuando la identidad sexual y/o de género se torna nómada). Hoy tiendo a coincidir con algunas intuiciones de Luce Irigaray: “la afirmación de que hombres y mujeres están igualados o en vías de estarlo, se ha convertido prácticamente en un nuevo opio popular (…) Hombres y mujeres no son iguales, y orientar el progreso en este sentido me parece problemático”.

A mí, como varón, reconocer lo femenino diferente (no igual, no neutro, no queer), me provoca, me corrige, me enriquece, y me invita a mirar más allá de mis prejuicios. Me convoca a celebrar con gozo los bienes específicos que brotan de la relación varón- mujer, y a soñar con un mundo en donde todos podamos contribuir desde nuestra identidad y diferencia – plenamente acogidas – a la construcción de una casa común más humana.

POR RODRIGO GUERRA
PROFESOR-INVESTIGADOR DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN SOCIAL AVANZADA (CISAV)

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