Adolfo López Mateos: La palabra refulgente y la simpatía popular

López Mateos ha sido uno de los Presidentes de nuestra historia contemporánea que logró concitar la simpatía del pueblo por su trato afable y por su sencillez, que lo hacía asistir a espectáculos públicos como el box y las corridas de toros, donde era aclamado por la multitud

Adolfo López Mateos: La palabra refulgente y la simpatía popular
Alfredo Ríos Camarena/ Columna Invitada/ Opinión El Heraldo de México

López Mateos ha sido uno de los Presidentes de nuestra historia contemporánea que logró concitar la simpatía del pueblo por su trato afable y por su sencillez, que lo hacía asistir a espectáculos públicos como el box y las corridas de toros, donde era aclamado por la multitud.

Su carrera política nació con la generación del 29 y fue un luchador distinguido del “Vasconcelismo”; Don Isidro Fabela –extraordinario mexicano— lo nombró Director del Instituto Científico Literario Autónomo del Estado de México; fue Senador de la República por su natal Estado de México; y, más tarde, fue auspiciado por otro mexicano distinguido, Don Adolfo Ruiz Cortines, quien lo nombró Secretario del Trabajo y Previsión Social y, que, sorprendentemente lo convirtió en candidato del PRI a la Presidencia de México.

Su legado estuvo fuertemente ligado a la internacionalización del país, apoyó a la Revolución Cubana y, frente a las decisiones de la OEA de romper las relaciones con Cuba, mantuvo la amistad con esa insurgencia antillana; fue un defensor de la paz y se acercó a los llamados “países no alineados” a través del Presidente Josip Broz Tito de Yugoslavia y del Primer Ministro Jawaharlal Nehru de la India.

Nacionalizó la industria eléctrica; fundó el ISSSTE y el IMPI; y, fomentó la cultura, a él se debe –entre otros— el Museo de Antropología e Historia, así como el Libro de Texto Gratuito, con su Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet. Mantuvo una posición ideológica que él mismo definió: “mi gobierno es, dentro de la Constitución, de extrema izquierda”.

También es cierto, reprimió el movimiento obrero insurgente, encabezado por Demetrio Vallejo y Othón Salazar. En esa época me tocó participar activamente en estas luchas sindicales y fui “invitado” a salir del país. Años más tarde, fungiendo –el que esto escribe— como Secretario de Acuerdos de la Secretaria Privada de la Presidencia de la Republica, fui comisionado por el Presidente Gustavo Díaz Ordaz, a través de mi jefe Don Joaquín Cisneros, Secretario Privado, para entregarle a López Mateos una réplica de la Estatua de Juárez que se había inaugurado el 15 de mayo de 1967 en el Centenario del Triunfo de la República, en el que se invitaron a los expresidentes y él no pudo concurrir; Humberto Romero Pérez, su secretario, me dio una cita en la oficina que tenía en las calles de Esparza Oteo en el sur de la Ciudad; me acompañó Joaquín Cisneros Fernández, querido amigo mío. Al ingresar a su despacho encontré a un López Mateos postrado en una silla de ruedas, con una pierna paralizada por un aparato y con los ojos cubiertos por lentes oscuros, empero, entrando, entrando, me dijo: “¿Ya te portas bien Ríos Camarena?” le respondí –si señor Presidente— y me increpó “¿sabes por qué no te metí a la cárcel?”, contesté –no señor—, y, aquí, me dijo una frase que para mí ha sido fundamental: “no te encarcelé porque no sabía si la razón la tenían ustedes, o yo”. Así nació mi admiración profunda por este extraordinario mexicano. Entendí que las decisiones en la historia son difíciles y complejas.

El desarrollo y el destino de la nación deben analizarse a la luz de valores fundacionales, que nos permitan entender –a través de la historia— el futuro de la nación. México es un país de tradiciones, de convicciones y de normas fundamentales, que tiene una teleología hacia la justicia social.

Hoy, cuando se discute la iniciativa preferente sobre la energía eléctrica, es necesario recordar la visión patriótica del Presidente López Mateos, que supo entender que el rumbo de México debe mantenerse en los límites de la Constitución General de la Republica.

POR ALFREDO RÍOS CAMARENA
CATEDRÁTICO DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNAM


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