MALOS MODOS

Corazón de mexicanos como yo

Lo recordarán: hará un par de años, Mexicanos como yo, de Ana Francisca Vega, se ganó a esos lectores tan generosos y a la vez tan implacables que son los niños

OPINIÓN

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Julio Patán / Malos Modos / Opinión El Heraldo de México

Lo recordarán: hará un par de años, Mexicanos como yo, de Ana Francisca Vega, se ganó a esos lectores tan generosos y a la vez tan implacables que son los niños, con un planteamiento irreprochable: ¿y si celebramos a 50 de las muchas personas que con esfuerzo, talento, solidaridad, han hecho y hacen de este país la gran cosa que efectivamente es? Así, en textos breves, lúcidos, tan ajenos a la pretensión como a la condescendencia (ese vicio de los malos libros infantiles), y con un contenido visual de veras guapo, los escuincles pudieron conocer lo mismo a activistas, que a deportistas, que a ciudadanos dedicados al arte, a la ciencia, a la salud. Funcionó, como muestran los muchos miles de ejemplares vendidos (suficientes como para que Ana se hubiera acordado de invitarle al menos un café a sus amigos, pero no chapoteemos en las aguas del reproche). 

No que el libro tenga el mal gusto de decirlo, ni mucho menos, pero, en tiempos de la peste nacionalista, Mexicanos como yo ofrece una pedagogía necesaria. El nacionalismo, siempre, es plañidero y abstracto. No celebra logros verdaderos e individuales, sino supuestas virtudes colectivas, es decir: virtudes inexistentes, que según la retórica patriotera nos hubieran llevado a la grandeza como país de no ser por la mediación maléfica, la mala fe de los igualmente abstractos enemigos del pueblo. El libro, en cambio, celebra logros concretos, identificables, tangibles, a años luz del resentimiento victimista. Los logros de, digamos, Juanga y Ana Baquedano, de Alexa Moreno y Hugo Sánchez, de Frida y Mario Molina. 

Llega ahora una secuela que dobla la apuesta: Corazón de mexicanos como yo. ¿Por qué la dobla? Porque sus protagonistas, perfectamente mexicanos, unas veces nacieron en otro país, otras se vieron obligados o prefirieron, según el caso, a desarrollar sus carreras en el extranjero, un tabú en días de aldeanismo militante. Y vaya que lo lograron. ¿Qué me dicen de Julio Urías, tremendo pitcher al que solo podemos reprocharle que no juegue con los Yankees? ¿Qué opinan de Dolores del Río, del activista César Chávez o de Lynda Carter, la Mujer Maravilla, que, descubrimos los ignorantes gracias a este libro, era medio mexicana? ¿Algo que discutirle a Selena o a Anthony Quinn? ¿Y a Manuel Cuevas, que empezó cosiendo vestidos de novia en Michoacán y terminó por diseñar la ropa de los Beatles, Sinatra y Elvis?

Con las mismas virtudes gráficas del primer volumen, pero sobre todo con las mismas virtudes de su autora, Corazón de mexicanos como yo cae, con ese optimismo, esa pasión por la creatividad, la libertad y la valentía, porque es de valientes estar lejos, como anillo al dedo. Ojalá que los miles de lectores que lo esperan propicien, esta vez sí, al menos un miserable café para los amigos.   

POR JULIO PATÁN

COLUMNISTA

@JULIOPATAN09  

MAAZ