COVID mata política

India, que tiene 1,300 millones de habitantes contra 130 millones de mexicanos, rebasó a México en número de muertes en agosto. Dejó a México atrás  rápidamente y alcanzó una distancia de casi 100 mil muertes

COVID mata política
Ricardo Pascoe Pierce / Mirando a otro lado / Opinión El Heraldo de México

India, que tiene 1,300 millones de habitantes contra 130 millones de mexicanos, rebasó a México en número de muertes en agosto. Dejó a México atrás  rápidamente y alcanzó una distancia de casi 100 mil muertes.

De repente el gobierno central de ese país asiático metió el freno de mano a la pandemia, produciendo vacunas en su país, organizando su campaña de vacunación (vacunando a un millón de personas diariamente) y ampliando drásticamente la capacidad hospitalaria instalada. Junto con una masiva campaña de publicidad, la estrategia integral hindú basada en criterios científicos y rechazando consideraciones ideológicas y políticas, empezó a revertir la curva ascendente de contagios y muertes en su país.

Hace meses las muertes en ese país se habían disparado. Después de implementar una estrategia integral anti COVID, las tendencias se revirtieron. Los datos así lo reflejan. Hoy la diferencia de muertes entre India y México es de apenas 6 mil personas cuando antes era de casi 100!mil, considerando que el país asiático tiene una población 10 veces mayor a la nuestra. En una semana y media, las muertes mexicanas volverán a rebasar las de la India, siendo una señal ominosa de lo que viene para nuestro país. Y recuerden: India tiene 10 veces más pobladores que México. Así es la dimensión de nuestra tragedia.

¿Cuál es la diferencia entre el manejo hindu y el mexicano de la pandemia del COVID? El gobierno de India aborda el problema con un consejo de salubridad profesional y científico que emite directrices obligatorias para el mismo gobierno, donde se definen estrategias, tácticas y acciones específicas para atajar la crisis. En cambio, el gobierno mexicano toma todas sus decisiones con base en los criterios, prejuicios y obsesiones unipersonales del Presidente, arraigadas todas en sus intereses políticos personales, e ignorando la información científica adecuada que tiene a la mano, y principalmente obviando al Consejo de Salud que legalmente existe y cuyas opiniones debieran ser tomadas en cuenta en tanto un cuerpo de profesionales de la salud.

El Presidente mexicano tiene en su entorno a conocedores de la realidad científica y económica del país. Ese no es el problema. Incluso, varios de ellos participaron en la lucha contra la pandemia del AH1N1 durante la Presidencia de Felipe Calderón y fueron activos opinadores. El problema es la franca cobardía y/o oportunismo de los técnicos y científicos que rodean al Presidente y que no se atreven a contradecirlo. Algunos de ellos por ambiciones políticas futuras o otros por temor a perder el empleo. El resultado es bien conocido: prolongación de los efectos nocivos de la pandemia, más muertes que se podrían haber evitado y una conducta fantasiosa y mágica ante la pandemia, en vez de una actitud científica y proactiva.

En Estados Unidos nadie en su sano juicio lo duda. Trump perdió la elección porque tampoco supo entender y calibrar el efecto prolongado y devastador de la pandemia. Jugó a la ruleta rusa. Pensó que era una señal de debilidad usar la mascarilla de cubrebocas y que su uso pronosticaba reconocer su derrota ante el “virus chino”, como acostumbraba decir. Así, tanto el mandatario estadounidense como el mexicano convirtieron el uso de la mascarilla en un símbolo político, no un asunto de salud pública. Políticamente les representaba su subordinación a un asunto fuera de su control. Eso les resultaba imperdonable. Para ellos el símbolo de su control y hegemonía política nacional es el dominio absoluto de la agenda diaria. Que una pandemia les pudiera arrebatar el control sobre la agenda-ergo, ser más poderoso que ellos-les resultaba intolerable e inaceptable.

Hasta que, un buen día, la historia le alcanzó a Trump y fue derrotado en las elecciones. Y fue su indisposición a aceptar la humana subordinación a un fenómeno como la pandemia lo que lo derrotó. Y lo derrotó su omnipotencia frente a la naturaleza.

En México el gobierno unipersonal se tropieza con la misma piedra. No tiene plan de vacunación. Entre otras cosas porque no tiene vacunas. Algo raro acontece con las vacunas. El gobierno esconde los contratos firmados con las empresas farmacéuticas, alegando que ellas exigen confidencialidad por los precios, aunque Bélgica y Alemania publican sus contratos, y en Gran Bretaña fueron discutidos en la Cámara baja. Alguien miente. La pregunta es: ¿por qué?   

Siguen las incógnitas. El gobierno valora más el uso político de las vacunas y, en general, de la pandemia misma por encima de la solución a los problemas de la gente. Por ejemplo, ¿qué hace este gobierno ideologizado hasta la ceguera ante la necesidad urgente de oxígeno para los enfermos o espacios para enterrar o incinerar a los muertos? Absolutamente nada. Ni los veo ni los oye. Si no representa la posibilidad de vacunar a los Servidores de la Nación para que estén sanos para operar el fraude electoral en junio, entonces no le son útiles. Soldados, altos funcionarios públicos y políticos de Morena son la siguiente prioridad. Después son los “trabajadores de la salud de primera línea” que , con suerte, recibirán las pocas vacunas restantes.

Sus prioridades son claras. La pandemia debe servir para darle la mayoría electoral a Morena. Si no sirve para eso, entonces la pandemia no sirve para nada.

Pero queda la ominosa lección de la elección estadounidense. Trump perdió por su mal manejo de la pandemia. La lección es que pandemia mata politiquería.

Puede suceder lo mismo en México.

POR RICARDO PASCOE PIERCE
RICARDOPASCOE@HOTMAIL.COM
@RPASCOEP

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