Show político en tiempos electorales

El Presidente López Obrador hará lo que sea necesario para ganar las elecciones intermedias de junio. Y está desesperado porque las encuestas y el “estado de ánimo social”, juntos, indican que es posible que él y su partido las pueden perder. O, por lo menos, empatar con la oposición

Show político en tiempos electorales
Ricardo Pascoe Pierce / Mirando a otro lado / Opinión El Heraldo de México

El Presidente López Obrador hará lo que sea necesario para ganar las elecciones intermedias de junio. Y está desesperado porque las encuestas y el “estado de ánimo social”, juntos, indican que es posible que él y su partido las pueden perder. O, por lo menos, empatar con la oposición.

Para AMLO, como cualquier otro gobernante que se considera bendecido con poderes especiales de origen no identificado, perder es sinónimo, no de una simple derrota electoral, sino de una catástrofe personal y una descalificación histórica de la persona.

El caso que ejemplifica esto es, por supuesto, Donald Trump. Su absoluta negativa a aceptar la realidad de su derrota encarna la beligerancia de alguien que cree que no puede perder. Y cuando pierde no lo va a reconocer. Nunca.

Así es con López Obrador. Nunca ha reconocido sus derrotas, ni en 2006 ni en 2012. Claro, hay una cultura política de eso en México: son contados los candidatos derrotados capaces de reconocer su derrota. Pero la historia político-personal de López Obrador es parecida a la de Trump: ninguno es capaz de reconocer sus derrotas.

Para que la democracia funcione, es más importante que los candidatos con menos votos acepten su derrota a que el vencedor se declare ganador. En la democracia es necesario reconocer la fuerza del débil para que exista una normalidad legal y constitucional. La idea de la democracia es que la ley protege al débil de los abusos del fuerte. Es una condición sine qua non para que todos se reconozcan como garantes de las reglas de convivencia de la sociedad.

Cuando el ganador se declara vencedor y el perdedor se niega a aceptar el resultado, entonces la descomposición social y legal está a la vuelta de la esquina. Y es algo que hoy vive Estados Unidos y que ya vivió México mucho tiempo.

Frente a la elección de junio, López Obrador parece dispuesto a todo. Al inicio del año pasado parecía que su carta fuerte para derrotar a la oposición era el caso de Emilio Lozoya y la corrupción del eje PEMEX-Odebrecht. Hasta septiembre parecía que eso sería suficiente para aplastar a la oposición y justificar una victoria de “carro completo”. El Presidente creía en los vaticinios del “anti czar” de la pandemia, López Gatell, de que todo mejoraría en materia de la pandemia. También en los pronósticos de los “genios económicos” en su entorno que prometían que la situación económica no era tan terrible y que la recuperación ya había comenzado, en forma de “V”.

Además, cuenta con la astucia electoral del amoral Gabriel García Hernández y su manejo de ese ejército electoral denominado Servidores de la Nación (a quienes llamó Siervos de la Nación cuando hacían campaña para Morena) que recorren los 300 distritos electorales del país buscando cooptar y organizar a los votantes para él, vía Morena. Con sus más de 20 mil integrantes, todos ellos siendo funcionarios públicos y financiados con los impuestos que pagamos todos los mexicanos, tienen la encomienda de explotar la figura presidencial a favor de los candidatos de Morena.

Sin embargo, todo se descompuso cuando la realidad empezó a asomar su cabeza grotesca. El gobierno se dio cuenta de que Emilio Lozoya en realidad no tenía las pruebas contra funcionarios del pasado que había ofrecido. Es más, su confuso video que ofreció mostrando a personas descargando fajos de dinero-que seguramente no venía de una fuente legal-inmediatamente perdió valor cuando apareció otro video exhibiendo al hermano del Presidente recibiendo dinero igualmente ilegal y hablando de pasadas y futuras entregas de dinero ilegal. Decepcionado, el presidente cerró ese capítulo: son contribuciones del pueblo al movimiento.

Acto seguido inventó el juicio político a ex Presidentes, para distraer la atención de su error y crear otra “causa”. Pero le falló el cálculo, porque aunque la SCJN le dio pase a los deseos presidenciales, se realizaría en una fecha posterior a las elecciones federales. Él necesitaba que coincidiera el mismo día de las elecciones para poder justificar participar en la jornada con llamados al voto. Cuando vio que no le resultó esa maniobra, empezó a buscar otras causas para estar “en la lucha”. Hoy ignora esa “consulta” cara e inútil. 

La festinada “brillante estrategia anti Covid mundialmente reconocida” se descompuso cuando la presencia del mortal virus se aceleró en vez de disminuir, como había prometido López Obrador. El gobierno que auguró 8 mil muertes no tiene explicación alguna para justificar su estrategia de no usar cubrebocas ni las 140 mil muertes y contando. El Presidente ya mejor ni habla del tema, esperando algún milagro a la vuelta de la esquina, excepto para explicar cómo piensa utilizar su ejército electoral de los Servidores de la Nación para acompañar a la campaña de vacunación y reforzar la presión electoral sobre los recipientes de las vacunas.

Por otro lado, el manejo de la economía durante la pandemia, que el Presidente informó, orgulloso, que era la envidia (también) del resto del mundo, simplemente está no solo destruyendo la economía real del país, sino también imposibilitando una rápida recuperación, por la falta de apoyos a los factores de las cadenas de producción, tanto empresas como trabajadores. Durante el año económico más terrible del país desde 1929-30, el Presidente ha dedicado la mayor parte de los recursos públicos a sus personales obras faraónicas como trenes, aeropuertos, una refinería y a los militares. No ayuda a la economía real a recuperarse y desprecia la iniciativa privada, desde la tiendita de la esquina hasta el Grupo Carso. Para él, que todos “se vayan al carajo, por voraces y explotadores”.

La caída de empleos formales y la recuperación económica tardarán años en activarse. La informalidad se ha convertido en el fenómeno notable de la economía nacional. México bordea la catástrofe social, con un gobierno diciendo que es el paraíso.

El Presidente sabe que, a pesar de tener a los Servidores de la Nación intactos y listos para el fraude electoral, no va a ser creíble el carro completo por el terrible deterioro de la situación nacional. El ánimo social es amargo y repudia la gestión de su gobierno, aunque la gente no pierde la esperanza y no culpa del todo al Presidente. En todas las encuestas donde hay incluso aprobación del Presidente también hay reprobación a todas sus políticas públicas, especialmente sobre corrupción, pandemia, economía y seguridad.

Desesperado, ha decidido hacer lo que mejor sabe hacer: polarizar y enfrentar a la sociedad, pensando que con esa confusión sacará ventaja electoral. Igual que Trump.

Ha decidido abrir dos nuevos frentes de lucha para poder estar hablando de política todos los días. Ambas “causas” son cuestionables y le van a traer a México graves consecuencias.

Una causa es la desaparición de los contrapesos dentro del Estado mexicano, al proponer la desaparición de órganos autónomos, notablemente el INAI. Pero detrás de ello viene la intención de desaparecer al INE, el órgano electoral autónomo. La exigencia del INE de que no hable de la contienda electoral, como lo exige la ley a todos los funcionarios públicos, le permite escupir exabruptos sobre la libertad de expresión. El deseo presidencial es que estos órganos sean parte de la estructura administrativa del gobierno, no del Estado, y subordinados a la Presidencia de la República. De lograrlo, representaría una regresión política de 40 años. 

La otra causa, también peligrosa, es su decisión de entrar en conflicto abierto con la nueva administración demócrata de Biden. Varios indicios hay de ello. Su negativa a reconocer a Biden como Presidente. Su solidaridad y apoyo en campaña a Trump. Sus acuerdos de hacer y dejar pasar con la anterior administración. Y, ahora, la exculpación del general Cienfuegos, siendo una decisión política suya, además de acusar al gobierno de Estados Unidos de fabricar acusaciones contra el denunciado. Es evidente que López Obrador pretende crear deliberadamente un conflicto con Estados Unidos queriendo invocar un nacionalismo antiimperialista que ha de creer existe en una mayoría de mexicanos, promoviendo un movimiento anti estadounidense en tiempos de campaña. Todo ello como parte de su expediente desesperado por ganar las elecciones.

De ahora y hasta las elecciones escucharemos al Presidente y a sus corifeos denunciando a órganos autónomos y Estados Unidos, polarizando, acusando y denunciando a la oposición.  A menos de que éstos también muestran su inoperancia política y entonces inventará otros. Aunque ya no hay mucho tiempo para más show político.   

POR RICARDO PASCOE PIERCE
RICARDOPASCOE@HOTMAIL.COM
@RPASCOEP


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