Regale afecto no lo compre

El viernes pasado el presidente López Obrador nos regaló su decálogo para cuidarnos en pandemia. Elogió a los capitalinos por ser solidarios, informados y despiertos

Regale afecto no lo compre
Alejandro Echegaray / Campus / Opinión El Heraldo de México

El viernes pasado el presidente López Obrador nos regaló su decálogo para cuidarnos en pandemia. Elogió a los capitalinos por ser solidarios, informados y despiertos. Y con todo respeto nos pidió que tengamos muy presente que nada material es más importante que la vida y citó al Quijote: “la vida solo puede poner (sic) en riesgo cuando se trata de la dignidad y de la libertad”. En su papel de místico y haciendo énfasis en que es voluntario y que todos somos autoridad recomendó a sus fieles no hacer fiestas y que dejemos los regalos para otro momento. Que siempre es mejor ver a los amigos a través de las pantallas de nuestros ordenadores o móviles y que nos dirijamos a la clínica o centro de salud más cercano en caso de presentar algún síntoma.

Una recomendación inocua ya que los hospitales de la Ciudad de México están saturados. El decálogo no contempla el uso correcto de cubrebocas que, de acuerdo con el cuerpo de inmunólogos del país, es la única herramienta a nuestro alcance para evitar contagios.  Cuando se trata de medidas para combatir el virus que causa la COVID-19 y atemperar los efectos de la pandemia el compañero presidente es libertario y considera que no debe haber imposiciones para cuidarnos.

No sorprende por ello que la lista de Bloomberg -que el presidente leyó con azoro porque considera al ex alcalde su amigo personal- nos ubique en el último lugar global en el manejo de la pandemia. ¿Qué nos sitúa en tan distinguido sitio? No son los pastelillos ni las bebidas azucaradas. El desmantelamiento del sector salud en vísperas de la pandemia dio como resultado que en México prevalezca la tasa de letalidad más alta del mundo.

A pesar de que tuvimos meses de ventaja frente a Europa y Estados Unidos para planear la contingencia y poner en marcha una campaña de comunicación, utilizando tiempos fiscales y del estado, que informara la importancia del uso de mascarillas y el distanciamiento social, el zar de la pandemia se dedicó a estigmatizar a quienes vacacionaron en los centros de esquí durante el receso invernal. Desde el primer brote, la estulticia y una concatenación de pifias han causado la tragedia en la que estamos inmersos. 

Las políticas de austeridad desvencijaron el programa Centinela, se obviaron los controles migratorios de cualquier tipo, no se permitió que laboratorios privados hicieran pruebas (seguimos siendo el país que menos realiza en el mundo) y, como resultado, los pacientes no llegan a los hospitales y mueren en casa.

En las unidades de cuidados intensivos de los hospitales del sector salud solo uno de cada diez pacientes sobrevive; la jornada de sana distancia concluyó en el pico más alto de la pandemia y los apoyos económicos nunca llegaron: mas de 400 mil empresas han quebrado y a la población mas desprotegida le ha sido imposible quedarse en casa. Estamos en una situación crítica y no hay recursos para tratar a los enfermos.

No podemos confiar en ni depender de las autoridades. Es tiempo de actuar con responsabilidad y solidaridad. El poder ciudadano ya se demostró en los sismos e inundaciones que hemos padecido en el pasado. Releguemos al ostracismo social a quienes se niegan a usar de manera correcta las mascarillas y practiquemos con disciplina férrea el distanciamiento social. Falta el último trecho, la vacuna está a la vuelta de la esquina.

POR ALEJANDRO ECHEGARAY
POLITÓLOGO
@AECHEGARAY1


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