La gran mentira

Se nutre fundamentalmente de la repetición permanente de un evento inexistente

La gran mentira
Ezra Shabot/ Línea Directa/ Opinión El Heraldo de México

El lenguaje político está diseñado para convencer a la sociedad de la bondad de uno u otro proyecto de nación. Tras este discurso se esconden una serie de argumentos y realidades contradictorias que conforman un entramado de mentiras y verdades que toca al ciudadano común y corriente diferenciar entre ellas. El cumplimiento de ciertas promesas de parte de los políticos y la construcción de un país donde el bienestar para la mayoría sea palpable, permite conciliar lo falso con lo verdadero y competir así por el voto de la gente.

Pero hay quienes no aceptan esta definición de la competencia democrática porque simplemente parten del principio de que existe una sola verdad, un único proyecto y una forma excluyente de comprender el mundo: buenos contra malos, pueblo contra enemigo, y líder sin cuestionamiento alguno. Es finalmente el origen del totalitarismo que destruyó democracias por la fuerza, o se sirvió de su debilidad para imponer autócratas y dictadores que en las últimas décadas crearon lo que hoy se denomina democracia iliberal, y que no es más que el autoritarismo reciclado.

Para ello requieren de la construcción de una “gran mentira”, como lo describe Timothy Snyder en su texto: On Tyranny, al crear una narrativa única e incuestionable como: “la superioridad de la raza aria” o el “camino soviético hacia el comunismo y la felicidad”, adaptándose al modelo del siglo XXI. Tanto Trump como López Obrador utilizaron el cuento del fraude electoral para desarrollar la leyenda de la conspiración del establishment contra ellos, y de esta manera aglutinar en torno suyo a un sinnúmero de inconformes ilusionados con la solución mágica propuesta por estos líderes iluminados.

La “gran mentira” se nutre fundamentalmente de la repetición permanente de un evento inexistente y no comprobable pero que se inserta en el imaginario colectivo de manera permanente y no hay forma de removerlo a pesar de presentar pruebas irrefutables de su inexistencia. En el 2006 mexicano no existió un fraude electoral, lo que hubo fue una elección reñida y cuestionada, pero no un mecanismo elaborado por las élites para robarle la presidencia a AMLO.

Lo mismo le sucedió a Trump en estas elecciones, donde su narrativa del fraude no tiene sostén alguno, pero es real para la mente de muchos de los más de 70 millones que votaron por él. La gran mentira sirve para legitimar el actuar del caudillo que pasa por encima de las leyes porque está convencido de su superioridad moral ante todo. Es éste el principal instrumento para destruir la democracia y la legítima pluralidad, en aras de un pensamiento único, primitivo y excluyente.

POR EZRA SHABOT
EZSHABOT@YAHOO.COM.MX
@EZSHABOT


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