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Un domingo en las entrañas de la Lagunilla: "licuachelas", turismo extranjero, drogas y sexo

El popular tianguis de los domingos se ha convertido en un polo de atracción para personas de todos los orígenes, gustos y nacionalidades

NACIONAL

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Así se vive un domingo en la Laguinilla.Créditos: Archivo

Tepito no solo es considerado el "corazón" de la Ciudad de México, es un caleidoscopio que proyecta la diversidad de culturas sobre las que se ha construido esta ciudad de 500 años. Ubicado en la alcaldía Cuauhtémoc, esta distintiva zona capitalina, que aglomera decenas de manzanas y colonias, y miles de establecimientos (fijos o ambulantes) atrae diariamente a miles de personas, locales y turistas por igual, que llegan para abastecerse de todo, y cuando aquí se habla de todo, su significado es realmente ese. Nadie se va con las manos o el estómago vacío.

Cada día, sin importar si es festivo, feriado, vacación o ha ocurrido alguna desgracia, desde temprana hora quienes laboran en este barrio comienzan sus actividades: abren cortinas o instalan locales sobre las banquetas, en los pasillos de los improvisados tianguis o en plena calle. La inmensa mayoría de éstos dedicados al comercio y la venta de productos, aunque también los hay de alimentos y bebidas. Tepito es una ciudad que vive y coexiste por sí sola a su ritmo y bajo sus reglas, dentro de una gigantesca urbe mayor, que la cubre y protege, no solo metafóricamente, como una carcaza.

Los visitantes acuden a comprar productos, a comer y también a beber. FOTO: Especial 

"Lagunilla", mi barrio

Y junto con Tepito, como si se tratara de un pequeño órgano vital, coexiste "La Lagunilla", otro barrio capitalino que se caracteriza principalmente por sus cuatro mercados, inaugurados en octubre de 1957, y en donde cada domingo se instala el tianguis homónimo que le ha dado mayor reconocimiento a esta zona desde hace algunos años, gracias a sus famosas licuachelas, a sus "antros" en plena calle, a sus "chelerías" y a la fácil manera en la que se consigue todo lo que se busca. Desde ropa "de paca", muebles rústicos de segunda mano, comida gourmet, antigüedades, o si se desea; servicio sexual, drogas, armas o un sinfín de cosas ilegales. 

En los pasillos del tianguis los DJ ponen la música y los clientes la fiesta. FOTO: Especial

En este mundo aparte, conocido como el tianguis de "La Lagunilla" cada cliente encuentra lo que busca y en domingo, la demanda se incrementa. Ya que este punto, ubicado en una zona céntrica y muy estratégica en la CDMX, ha pasado a convertirse en un polo de atracción, tanto para el turismo nacional como extranjero, como lo sería cualquier otro pueblo mágico en México. Y cada domingo, después de las 10 de la mañana es posible ver un desfile de rostros, lenguajes y colores, que transitan por las apretujadas calles que acogen al tianguis mientras intentan integrarse en este coctel social en el que se ha convertido el sitio y difuminarse entre los olores, las formas y los sonidos.

Con el paso de las horas, la relativa tranquilidad matutina es sustituida por una multitud que se abre paso en los diminutos espacios, buscando qué comprar, comer o beber, así como por el ensordecedor sonido que emiten las bocinas que en cada esquina prometen ofrecer "el mejor ambiente" a los visitantes. El ruido y el ir y venir se convierten en la constante en este lugar que da la bienvenida a todos por igual. Miles caminan por aquí cada semana y sus historias son tan diversas como la mezcla de estilos, personalidades y gustos que los identifican.

El alcance de la gentrificación

Sobra decir que esta zona se ha transformado al ritmo que su entorno se lo exige y a la velocidad de las propias necesidades de la gente que coexiste en ella. Incluso hay un antes y un después de la pandemia y hoy por hoy "La lagunilla" es diversa, mucho más de lo que era y eso no termina de gustar a todos, pues hay vecinos, e incluso visitantes, que aseguran que el proceso de gentrificación que experimentan hace más de una década zonas próximas a este barrio ya los ha alcanzado. Y como reflejo de ello exponen los precios que se cobran en el tiaguis, que si bien los hay para todos los bolsillos, un apersona incluso puede llegar a pagar más por comer en alguno de los locales callejeros que en un establecimiento de Santa María la Ribera, la colonia Centro o la Roma.

Micheladas, mojitos, "azulitos", licuachelas, son algunas de las bebidas que se ofrecen. FOTO: Especial

Y si bien al final es una decisión personal el sitio en el que cada quien desea gastar su dinero, y aquí las opciones se cuentan por cientos, no deja de percibirse en el ambiente una sensación de insatisfacción ante lo que han dado en llamar como un sito "de moda" para aquellos "curiosos" que deseen vivir una experiencia capitalina. En donde lo "exótico", aquello fuera de lo común, lo que rompe con las reglas del entorno, termina por venderse como un producto más dentro del inmenso mercado global en el que el turismo, y su constante demanda, ha convertido cada experiencia local, no solo en la CDMX, en cualquier rincón del país.

Este proceso es el que mayor resistencia genera tanto entre los habitantes del barrio como de los propios capitalinos que caminan por estas calles, quienes ven los precios de las propiedades, así como de cualquier producto de consumo local, subir como la espuma cada que una nueva empresa inmobiliaria se asienta en la alcaldía para desarrollar nuevos proyectos habitacionales o invertir en locales con el objetivo de generar plusvalía e impulsar el alza en los bienes raíces. Efecto que se extiende no solo a los servicios básicos que pagan los capitalinos, más los impuestos, sino al costo general de la vida de los habitantes de esta estratégica zona de la CDMX.

"Chelas" y droga, el menú

Uno de los incontables atractivos del tianguis de "La Lagunilla" son los puestos de venta de debidas alcohólicas, las famosas "chelerías", que abren cada domingo desde temprano para satisfacer la sed de los clientes y que sirven de espacio para que otros más se "curen" la cruda. Si bien la cerveza es la bebida más popular, también compite con los cocteles elaborados con vodka, whisky, ron o mezcal combinados con bebidas energetizantes. Aquí se consiguen desde licuachelas, azulitos, mojitos, palomas, micheladas, clamatos, en definitiva, todo lo que los clientes suelen pedir cada vez que visitan el lugar. También están los locales que venden café, desde americano hasta irlandés, frapés de todos los sabores, así como malteadas para quienes no desean alcohol. 

El tianguis de La Lagunilla se ubica junto al de Tepito. FOTO: Especial

Mientras que en los locales fijos, reducidos espacios que se adaptan para convertirse en cantinas ambulantes, pues solo se les permite abrir en domingo, se consigue además de alcohol, cualquier otra droga que se desee: desde marihuana, hasta cristal o cocaína, nada más hay que preguntar. Solo basta entrar a uno de estos establecimientos y sentarse en un taburete o acercase a la barra. Una vez hecho esto, primero llegará el mesero en turno a realizar el pedido correspondiente a las bebidas que se ofrecen, acto seguido un hombre se acercará a susurrar al oído, ya que el ruido de las bocinas siempre suele ser ensordecedor, la variedad de "productos" con que dispone para "reanimarse".

"Chelerías", el punto final de la ruta ciclista

Los puestos de venta de cerveza y alcohol son la constante entre los pasillos del tianguis. FOTO: Especial

"Este es nuestro punto de encuentro al final de la ruta", fueron las palabras con las que Miguel López Cruz, de 37 años, me dio la bienvenida a su mesa, en una de estas chelerías, un domingo después del mediodía. Junto a él, además de su amiga Sonia, permanecían recargadas dos bicicletas en las que se habían trasladado desde El Pedregal hasta "La Lagunilla" como casi cada domingo. Me platicó que apenas habían comenzado a retomar este trayecto, el cual suspendieron durante los meses de pandemia, y que después de la ruta aprovechaban para tomar algunas cervezas antes de volver a su casa. Miguel es solo uno de un grupo conformado por más de 20 ciclistas que recorren calles y avenidas de la CDMX, así como las montañas que bordean a la gran urbe.

Así lo corroboran con sus fotos en Instagram, en donde se les ve además de posar frente al Estadio Olímpico Universitario en CU, también pasar frente a la Parroquia de la Inmaculada y San pío de Pieltrecina en Las Águilas, por el Parque Bicentenario y el Centro de Tlalpan. Las rodadas ciclistas, me cuentan, son solo su pasatiempo, ya que Miguel tiene un local de relojes cerca del Metro Tacubaya, mientras que Sonia sigue con su estudios de licenciatura. Pero eligieron este punto para terminar su ruta dada la diversidad de opciones con que cuentan aquí para comer, tomar y "recargar pila". Pasadas las cinco de la tarde, una hora antes que comienza a "levantarse" el tianguis, decidieron irse.

Rambo ofrece sus servicios al que lo solicite

Las letras del icónico barrio, recientemente instaladas. FOTO: Cuartoscuro

Entre los puestos de ropa y una peluquería se encuentra Rambo, sobrenombre con que se da a conocer Christian Williams dentro del giro en el que trabaja. A primera vista el hombre sobresale de entre la multitud por su estatura y su tono de piel, las personas suelen pensar que es estadounidense, pero él aclara que es de origen caribeño. Nació hace 55 años en Belice, me cuenta, pero aparenta una edad mucho menor, lleva más de 10 en la CDMX y desde entonces se dedica al comercio "de espadas". De aspecto fornido sostiene su cerveza clara en un vaso de plástico mientras escucha frente a él a un DJ que mezcla éxitos de reguetón para complacer a al menos 20 personas que bailan y beben entre la multitud.

Cuando le pregunto sobre qué tipo de productos comercializa, me contesta: "del más solicitado". De esta manera describe que se dedica al trabajo sexual y que además de asistir al tianguis a pasar el rato los domingos, no duda en ofrecer su servicio al cliente que lo pida. Comenta que es vecino de la zona y que suele cobrar de dos mil a dos mil 500 pesos mexicanos, dependiendo de lo que le pidan. También aseguró que durante el punto álgido de la pandemia su trabajo no disminuyó, y dado que cuenta con una lista de "parroquianos" a los que atiende con regularidad, no sufrió carencias ni falta de empleo durante la emergencia sanitaria.

Los baños, un negocio invisible pero necesario en La Lagunilla

Los visitantes de cada domingo se cuentan por miles. FOTO: Especial 

Ante la gran afluencia de personas y el consumo constante de bebidas alcohólicas, la oferta de lugares con servicio de sanitarios resulta insuficiente y las filas para entrar a uno de ellos son interminables. Los usuarios tiene que pagar una cuota de diez pesos para entrar, previa sanitización. En una de las casas que brinda esta opción, atiende doña Regina, una mujer con sobrepeso que tras horas de permanecer sentada coordina pacientemente el ingreso ordenado de los clientes sin perder su sentido del humor. Bromea con hombres y mujeres por igual al tiempo que habla acerca de su trabajo de fin de semana, el cual le sirve para generar ingresos extras para su familia.

Si bien decide no profundizar acerca de las ganancias que percibe en un domingo cualquiera, por aquí pasan cientos de personas cada domingo, la mujer asegura que el dinero le ayuda para mantenerse ella y su familia, ya que el resto de las semana se dedica al hogar. El local acondicionado para brindar el servicio de sanitarios es lo más parecido a la sala de una casa antigua, de pequeño tamaño y con un diminuto patio interior, en donde se alcanza a ver a algunas personas charlar en torno a varios envases de "caguamas". La temperatura, aunque es invierno, es alta tanto dentro de la casa como en el exterior. 

"La Lagu", se resiste a perder su esencia

Desde ropa, hasta droga y servicio sexual, entre lo que se oferta en el tianguis. FOTO: Especial

Pocos minutos antes de las seis de la tarde, y ya con el sol oculto en el poniente, los locales comienzan a cerrar a las prisas y los meseros despiden apresurados a sus clientes, muchos aún con cerveza en sus vasos. En los pasillos, los vendedores recogen su mercancía, ante la mirada de algunos policías locales que en silencio observan la cotidiana escena de cada domingo. La tenue luz del atardecer se refleja en las lonas e improvisadas estructuras de los puestos ambulantes mientras el humo a "mota" se respira en la calle Comonfort, casi en su cruce con Paseo de la Reforma. 

Una joven se acerca a vender galletas de mariguana a precio de "oferta", dos por cincuenta pesos, ya que está por irse, asegura. Llama la atención las "lunetas" de chocolate que coronan el producto. En la esquina algunos visitantes "apuran" sus envases de unicel antes de cruzar la avenida, ya que es el punto límite para no ser detenidos y sancionados por la policía. Entre ese grupo se encuentra Joaquín, quien junto a otros tres amigos visitó este fin de semana por vez primera el tianguis. Vinieron de paso, contó, ya que durante el día realizaron compras en Reforma 222. Más tarde volverán a su destino, Morelia. "Está ching**n", responde al preguntarle qué le pareció La Lagu: "es como un lugar sin ley", concluyó antes de perderse entre la multitud que cruza Paseo de la Reforma. 

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