CÚPULA

El capricho de María

¿Dónde termina el capricho y empieza el sueño? Comienza cuando le anunciamos a todos que lo que parecía imposible, ya no lo es

CULTURA

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Creación literaria Créditos: Ilustración Iván Barrera

Era una fiesta que prometía termina tarde, la casa estaba de manteles largos y los invitados reían y platicaban como si no tuvieran preocupaciones en la vida, una pareja salió a la terraza donde los meseros ofrecían canapés y bebidas, la luna se mezclaba con la
iluminación en aquella noche de ensueño. Un hombre de facciones decididas y pelo obscuro relamido hacia atrás, se acercó a ellos y al saludarlos les dijo:

—No pensaba verlos aquí, con eso de que ahora prefieren París a la Ciudad de los Palacios. Ya sé que no tenemos una Torre Eiffel, pero el Castillo de Chapultepec no le pide nada.

María lo observó fijamente y no pudo ocultar la sonrisa que se le dibujó en el rostro, después replicó con elegancia:

—Creo que son cosas que no se pueden comparar, Ernesto. No te equivoques, nadie ama más a esta ciudad que yo, pero creo que estamos a años luz de que sea realmente cosmopolita como París, ni siquiera tenemos metro.

Una mueca metálica transformó la cara del caballero peinado con un gel tan efectivo que no se le movía ni un solo pelo:

—Muy pronto lo tendremos, María, y tú cortarás el listón conmigo y con el presidente.

—Cuando decidan hacerlo, contarán con el apoyo de Alex y con el mío, por supuesto. Lo que me sobran son ideas para poner a México en el mapa. Espero que se estrene antes que mi próxima película, Ernesto.

—Voy por otra copa. ¿Quieren algo ustedes?

María y su esposo negaron con la cabeza. Después del ofrecimiento, el político se dio la vuelta y se acercó al mesero que estaba en la barra. Alex abrazó a su esposa de la cintura y le dijo al oído:

—Se necesita mucho carácter para decirle las cosas como son al Regente de Hierro.

—¿Crees que me haga caso?— preguntó María.

Con un acento extranjero, que no podía disimular, el empresario francés contestó:

—Je ne sais pas, pero si yo estuviera en su lugar, no lo pensaría dos veces. Es una gran idea, es una manera de modernizar a México, de hacerlo progresar.

Un mensajero tocó varias veces el timbre de la casa que pertenecía a María Félix y Alexander Berger. El Sr. Berger abrió la puerta y recibió el arreglo de flores, lo examinó con curiosidad y sacó el sobre que contenía una tarjeta con un mensaje escrito a máquina.

—Mon amour, te llegaron unas flores, ¿me debo poner celoso?

—Por supuesto que no, se nota que es alguien que no me conoce en lo absoluto; no sabe que no me gustan las flores porque duran un día y hay que agradecerlas toda la vida. ¿Qué dice el mensaje?

Alex le dio la tarjeta a María y ella la leyó en voz alta:

—María bonita, tu capricho, tu sueño será una hermosa realidad. La Ciudad de México tendrá metro, al fin aprobaron el proyecto. Con admiración y amor infinito, je t’aime, Alex.

—En mi defensa, las flores no son el regalo. Solamente que no sabía cómo darte la noticia—se justificó Alexander. María Félix lo abrazó, le plantó un beso y le dijo:

— Je t’aime tellement.

 

LSN