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CÚPULA

Andrés López: Via crucis del Templo del Encino en Aguascalientes

En el interior del edificio, emplazada a ambos lados de la nave, se despliega la Pasión de Cristo, colección pictórica monumental realizada entre 1798 y 1801

CULTURA

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En Aguascalientes donde se encuentra su obra maestra: la ruta del martirio y la resurrección de Jesús de Nazareth en la iglesia del EncinoCréditos: Cortesía

Andrés López fue un pintor novohispano activo entre 1763 y 1811, dedicado al retrato y a los episodios sacros. Vástago del también hacedor de santos Carlos Clemente López, quien estuviese vinculado con los hermanos Nicolás Rodríguez Juárez y Juan Rodríguez Juárez. Habilitado en el taller paterno, se incorporaría como maestro en la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España desde 1783 a invitación de su director Jerónimo Antonio Gil, quien lo eligió para la Sala de Figuras. 

Tuvo ocasión de inspeccionar la tilma de la Virgen de Guadalupe, en calidad de miembro de la comisión (1787), encabezada por José Ignacio Bartolache y Díaz Posada (1739-1790), sabio editor de El Mercurio Volante, periódico de divulgación científica, cuyo Opúsculo guadalupano se publicó de manera póstuma el año de su deceso. 

Suele asociársele con José de Alcíbar (h.1730-1803) por su estilo manierista, quien fuera su compañero en la Academia, siendo titular de la Sala del Natural junto a Francisco Clapera, que participó en la edición de Maravilla Americana, fervorín piadoso escrito por Miguel Cabrera, para demostrar la naturaleza sobrehumana de la imagen de la Virgen de Guadalupe.  

Su producción se distribuye a ambos lados del Atlántico, pero es en Aguascalientes donde se encuentra su obra maestra: la ruta del martirio y la resurrección de Jesús de Nazareth en la iglesia del Encino.

 Pero empecemos por el principio. El cura Mateo José de Arteaga consiguió el lote para erigir una capilla, la cual fue dedicada probablemente al arcángel San Miguel, el 4 de octubre de 1764 para conmemorar la milagrosa aparición, un 13 de noviembre, de la imagen del hijo de Dios, cuando un vecino del lugar al talar un encino se percató que dentro del tronco se hallaba resguardada la representación de Jesucristo.

(Créditos: Cortesía)

La devoción al Señor del Encino del Barrio de Triana condujo al sacerdote Vicente Flores Alatorre a iniciar el levantamiento de un templo advocado al Cristo negro, el 12 de enero de 1773, empresa concluida por el párroco Miguel de la Ros, al dedicarse el recinto los días 10 y 11 de marzo de 1796. La fachada integra cuatro nichos (falsos, pues no están remetidos, sino que las basas de dos están empotradas en el muro y coronadas por conchas, mientras que las otras dos descansan en peanes sobre columnas-pedestales sin que se cubran sus testas) que albergan a los evangelistas.

El 19 de junio de 1854 alcanzó la dignidad de parroquia. Y para no desentonar con la modernidad porfiriana a la base del campanario se le integró un reloj de repetición, el 19 de febrero de 1878. El inmueble corresponde a la última manifestación del barroco, la del culto al estípite, con ciertos rasgos neoclásicos, percibibles en la torre-campanario de tres cuerpos.

 En su interior, emplazado a ambos lados de la nave se despliega el Vía Crucis (del Pretorio al Calvario), serie también conocida como la Pasión de Cristo, colección pictórica realizada entre 1798 y 1801 en formato monumental del pincel de Andrés López. Manuel Toussaint (Pintura colonial de México, 1965, p. 175) afirma sin fundamentarlo en documento alguno, que en origen eran catorce escenas-pinturas, pero que dos desaparecieron siendo sustituidas.

(Créditos: Cortesía)

VÍA CRUCIS:

  • Primera estación “Jesús es condenado a muerte”.
  • Segunda estación “Jesús es obligado a caminar cargando su Cruz”.
  • Tercera estación “Jesús cae por primera vez con su Cruz”.
  • Cuarta estación “Jesús encuentra a su Madre”.
  • Quinta estación “Simón el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz”.
  • Sexta estación “La Verónica enjuga el rostro de Jesús”.
  • Séptima estación “Jesús cae por segunda vez”.
  • Octava estación “Jesús habla a las hijas de Jerusalén”.
  • Novena estación “Jesús cae por tercera vez”.
  • Décima estación “Jesús es despojado de sus vestiduras”.
  • Undécima estación “La crucifixión”.
  • Duodécima estación “Jesús muere en la Cruz”.
  • Decimotercera estación “El descendimiento de la Cruz”.
  • (Falta el original de al, pero repuesto después, contiene una inscripción en el ángulo inferior derecho sobre el comitente y el autor: “a devocion del presb.O d. T. Ygnacio marin. Franciscus azcona mé fecit aguasca.S anno 1839”).
  • Decimocuarta Estación “Jesús es sepultado en el sepulcro (faltante)”.

Y fuera de la ruta, aunque clímax de la Pasión, en ocasiones se suma una especie de estación adicional con la resurrección de Jesús de entre los muertos. No es el caso de esta joya aquicalidense (lo que erróneamente suele definirse de “hidrocálida”).

Su obrador se encontraba en la calle de las Moras, del casco viejo de la ciudad todavía virreinal. En esos últimos estertores, Andrés López nunca hubiera imaginado que una Virgen de Guadalupe (1805) de su fábrica se convertiría en el símbolo libertario alzado por Miguel Hidalgo y Costilla en aquella arenga, conocida como “el grito”, que desatara la tormenta de la insurrección contra el dominio español en estas tierras americanas ya entonces con vocación de mexicanas. El azar convirtió un magnífico cuadro de caballete en un estandarte combativo.

También destacó en el retrato, como el de Mariana Ana Teresa Bonstet, del Museo Nacional del Virreinato de Tepozotlán; el de Ramón de Posada y Soto (1785), fray Antonio de Tejada, y el del virrey Matías de Gálvez (1781), del Museo Nacional de Historia de Chapultepec; o el de Cayetano Torres Tuñón (1787) en el Salón General de Actos “el Generalito”, del Colegio de San Ildefonso, riquísimo y cultérrimo prelado con cuyos libros y manuscritos se integrase la biblioteca turriana, base y plataforma de la Biblioteca Nacional, fundada en 1833 por el vicepresidente de México don Valentín Gómez Farías, el liberal más trascendente y luminoso de nuestra historia patria, si bien Maximiliano (1865) y Benito Juárez (1867) la fortalecieron.

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