CÚPULA

"Al final del miedo" de Cecilia Eudave; una recopilación de cuentos fantásticos

En "Al final del miedo" Cecilia Eudave identifica misterios nuevos y, mejor aún, los vuelve literatura

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LETRAS. Cecilia Eudave. Foto: Alejandro Meter.

Como en una de esas maquetas en las que se forman figuras geométricas con hilos tensados sobre clavos, los relatos de Al final del miedo (Páginas de Espuma, 2021) de Cecilia Eudave, se intercomunican a través de un tópico que sirve de paisaje de fondo: la aparición de agujeros negros cuya naturaleza se desconoce y por tanto se teme. Esta línea narrativa se enriquece de detalles que parecen desvanecer el origen de dicho fenómeno. A su vez, el hueco, el vacío, el espacio desprovisto de materia, encuentra una resonancia simbólica en la aparente monotonía de los personajes. “¿No se arrepentirá de vivir con un hombre al que no le sucede nada?”, se pregunta el narrador del tercer cuento.  

Con guiños fugaces a Conrad y Melville, y una prosa que recuerda lo valioso que es desentrañar con lenguaje una atmósfera insólita, este esquema de hilorama se reafirma a sí mismo con el entrecruzamiento de los personajes en varias historias. Hay que mantenerse alerta: podría desatarse un extrañamiento, un aire de trama inconclusa, si lo que el lector busca es una circunferencia. La pieza ausente es una provocación tácita e ilusoria, pues cada relato encontrará sus porqués en las páginas futuras, donde ya no es, adonde ya no pertenece del todo, y el libro se revelará como un artefacto de engranajes sigilosos.

Más allá de los agujeros, la autora nos formula cada tanto si las motivaciones personales de las parejas están por debajo de sus deseos individuales, o dicho de otra manera, qué tanto se está dispuesto a entregar por el otro. Esta pregunta, que puede ser una trampa, sirve como acceso a lo absurdo y lo insólito, dos vértebras notables en la obra de Eudave. Un hombre encuentra un día a una mujer miniatura encerrada en el monitor de su computadora; una mujer no sabe cómo salir de una crisis de memoria; una pareja que se adentra en la penumbra de un bar de atracciones siniestras; un tipo que se halla desnudo en el hotel tras ser torpemente engañado. Lo absurdo y lo insólito en Al final del miedo comparten una misma voluntad: resignificar el valor de lo racional y llevarnos a la puerta del enigma.

Resalta el hábito de poner en el centro de los conflictos objetos que, gracias a la interacción, adquieren funciones de otra naturaleza. Ya sea en el monitor mencionado o en una pintura con marco de oro que despierta cuestionamientos existenciales o en un espejo que delata las transformaciones etílicas: el reflejo –nos dicen estas páginas– está allí para revelarnos como entes en compañía de nuestras posibilidades más retorcidas. 

En un bello ensayo sobre el género del cuento, Joyce Carol Oates se pregunta por qué escribir, y, entre otras cosas, se responde: “Escribimos porque estamos orientados a un objetivo noble, el de aclarar los misterios, o señalar los misterios donde una simplicidad adormecedora e inexacta, ha tomado el poder”. Cecilia Eudave, en brevedades y textos de largo aliento, se desenvuelve fácilmente en la segunda categoría: identifica misterios nuevos y, mejor aún, los vuelve literatura.

Por Roberto Abad

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