CÚPULA

Rufino Tamayo: Momento altísimo de la modernidad del arte mexicano

Su obra no es ni un prodigio ni un milagro, es el resultado natural de la síntesis adecuada y sabiamente construida de todos los elementos de la pintura

MIRADA. Rufino Tamayo. Close-up, 1971. Foto y cortesía: Paulina Lavista.
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Extracto de las palabras de Salvador Elizondo en el Homenaje a Rufino Tamayo en su primer aniversario luctuoso, el 8 de julio de 1992, tomado de Memoria 1992 de El Colegio Nacional. Para la publicación del presente texto, Cúpula agradece la cortesía a El Colegio Nacional y a Paulina Lavista

Se junta a la emoción del recuerdo que hoy conmemoramos la vaga desazón del anfitrión que ha recibido una visita demasiado breve del invitado largamente esperado y previsto y por no haber gozado de la compañía y de haber compartido la enorme experiencia de Rufino Tamayo en EI Colegio Nacional más que por muy corto tiempo. Con este sentimiento atrevo hoy, a un año de su muerte, y con los intereses de la añoranza sincera agregados al capital de la admiración, estas palabras que bien sé de antemano que no estarán a la altura de su grandeza de artista y de hombre y que difícilmente llenarán el vacío de su ausencia. Sin embargo, Tamayo tuvo tiempo en la vida para legar, a través de EI Colegio Nacional que ahora es su depositario, su guardián y su aval, un documento capital en la historia del arte y de la estética modernos en México, en el que se revisa todo un aspecto de la vida artística moderna —en cuyo vórtice se formó este artista mexicano extraordinario, y desde cuyo punto de vista hemos tenido en el caso de pocos, oportunidad de conocerlo directamente de la pluma o de la boca del artista—. EI discurso de ingreso de Tamayo a El Colegio Nacional es una obra maestra de la sinceridad, y en el género de esa sinceridad lo sitúo, por puro sentimiento, al lado de los Cuadernos de Leonardo o de Degas, de los Diarios de Delacroix, de las Cartas de Gauguin, de las conmovedoras páginas autobiográficas que dejó su colega en esta Casa, José Clemente Orozco. Un documento de esta naturaleza tiene un valor histórico y psicológico enorme en la medida en que nos revela el alma de un artista iluminado que prefirió seguir su propio camino; el camino cuesta arriba de todas las fábulas morales, poco frecuentado y que se recorre en penosas y solitarias jornadas, pero por el que Tamayo pudo ascender a la contemplación de un panorama en el que de una sola mirada se abarcaban tres milenios de luz ¿pues qué son todas las artes visuales, la pintura, el grabado, la arquitectura, la escultura, en sus formas y en sus manifestaciones esenciales sino la manipulación crítica de la luz, no menos de lo que son, en otras regiones del espíritu, la astronomía, la óptica, la pirotecnia y la fotografía? Esa mirada cimera que abarca tres milenios corresponde a una mano que, guiada por la mente, es capaz de actuar, de hacer, de sintetizar los elementos de la realidad, de procesarlos, de deformarlos o transformarlos, de ocultarlos; de evocarlos en el tiempo de la memoria, de convocarlos en el espacio de la conciencia, de invocarlos por los encantamientos del arte sobre la página en blanco o sobre el lienzo virgen.

La obra de Tamayo no es ni un prodigio ni un milagro; es el resultado natural de una síntesis sabiamente construida, por un proceso de selección, de eliminación, de depuración y de utilización adecuada de todos los elementos esenciales del arte de la pintura que le permitieron ir más allá de la cosa, hasta su esencia misma; procedimiento más bien propio de la poesía, pero que Tamayo —según nos dice en su discurso de ingreso— aplicaba a las formas de la realidad con el fin de obtener ese efecto que ciertamente es el más notable que consiguió en su ejercicio de la pintura: la transfiguración poética de la realidad.

Ejemplifica Tamayo un momento altísimo de la modernidad del arte mexicano si la modernidad se mide no solamente por la obra terminada sino por el impulso que le dio origen y que ahora es el patrimonio de todos los que obtuvieron su enseñanza o de los que deseen obtenerla. Ya desde mediados del siglo pasado en que nació en América una idea que concebía —por primera vez en la historia del arte y de la sensibilidad— a la Belleza no como una cualidad sino como un efecto y que la producción de ese efecto se realiza por la aplicación de los mismos principios en todas las artes, es decir que todas las artes son una sola y no se diferencian más que por las sensaciones o efecto que producen en nuestros sentidos y que experimentamos como efectos subjetivamente; Baudelaire, el primero y el más grande de los poetas modernos, había intentado, a partir de esta concepción nueva de la belleza, de producir combinaciones y compuestos de sensaciones proyectando su propia personalidad sobre el mundo que su poesía expresaba. Creo yo que ésta fue la gran posibilidad que el último romanticismo, el de Goethe y Victor Hugo, legó al arte moderno. La lección del expresionismo no fue ignorada por Tamayo y constituye un elemento importante de su estética; su psicología de las formas expresa una potencia que transfigura y envuelve al mundo real en una atmósfera de misteriosa luminosidad subjetiva.

TRÍADA. Rufino Tamayo, Octavio Paz, Salvador Elizondo. Museo de Arte Moderno, ca. 1990. Foto y cortesía: Paulina Lavista.

II

Tamayo sintió claramente que el cubismo había substituido todas las posibilidades de la pintura nada más por las del dibujo. Obtuvo de esta prevención la idea de que esta tendencia proponía un proceso demasiado riguroso y rígido, que excluía toda espontaneidad y lirismo en favor de la construcción y la geometría, pero aprovechó de las dos vertientes del cubismo la posibilidad que daba al pintor o bien de captar el objeto desde varios puntos de vista simultáneamente o de poder ver todo el objeto desde un solo punto de vista. Pero el cubismo dejaba poco espacio para la emoción, la subjetividad y la poesía... Encontrar el equilibrio entre los procedimientos técnicos que el arte moderno ponía a su alcance fue la tarea que se impuso Tamayo y basta una ojeada a su obra para darse cuenta hacia dónde se inclina el fiel de su balanza expresiva; imperan la geometría, la estructura matemática, la proporción correcta o corregida de la composición, del color, de los planos y de los volúmenes virtuales; se combinan entre ellos e imperan como imperan en la poesía y en la arquitectura los elementos que derivan o propenden de la música, guiados por una intuición dominante o por un encantamiento mágico.

…Tamayo fue capaz de proyectar esa luz cósmica sobre los hombres a través del prisma de sus cuadros; estoy seguro de que de ellas seguirá irradiando para siempre, como su memoria, a la que, en nombre de todos sus compañeros de El Colegio Nacional, hoy rindo un fervoroso homenaje. 

Por Salvador Elizondo

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