CÚPULA

Rufino Tamayo: Luz alucinante

Como otros pintores mexicanos, concentró su visión en lo nuestro, apoyado en la influencia oaxaqueña que se extiende a través del tiempo

MAESTRO. Martha Chapa Retrato de Rufino Tamayo, s/f. Óleo sobre tela. Foto: Cortesía de Martha Chapa
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Inicio emocionada mi relato acerca de Tamayo, el pintor y el hombre, confesando lo difícil y a la vez sencillo que resulta describirlo; tendría primero que preguntarme, ¿cómo se explica la magia?, que sólo es fácil hacerlo cuando uno la percibe inmerso en Oaxaca, la tierra prodigiosa del maestro.

Él, como otros pintores mexicanos, concentró su visión en lo nuestro, apoyado en la influencia oaxaqueña que se extiende a través del tiempo a partir de la cultura prehispánica.

Arte elocuente, en el caso del gran artista, quien lo manifiesta con intensidad en su obra. 

En una época trabajó en el Museo Nacional de Antropología, hecho que, junto al haberse nutrido de la cultura oaxaqueña, depositó en él un germen, una semilla sembrada en su alma de raíz prehispánica.

AMISTAD. Cortesía: Martha Chapa.

Él no nació en Oaxaca, Oaxaca lo vio nacer. Sus primeros recuerdos fueron de unos tíos con los que vivió. Desde muy chico salió del seno familiar. Según se dice, su padre abandonó a su madre, razón por la cual tomó el nombre de Rufino Tamayo, siendo el verdadero Rufino Arrayanes Tamayo. El enojo con el padre, al que nunca conoció, al que nunca trató, lo llevó a tomar el apellido de la madre. Costumbre común en Oaxaca; al igual que otros personajes como Andrés Henestrosa, —en realidad Andrés Morales Henestrosa—, quienes debido a la gran influencia que la mujer tiene en Oaxaca, sobre todo en Juchitán, adoptan el apellido materno. Esto explicaría también porqué Rufino Tamayo fue tan generoso con Olga, su gran esposa, al grado que siempre firmó O/T. En la cultura oaxaqueña el hombre le da un lugar muy prominente a la mujer, mientras que en el altiplano y en el norte del país, hombre y mujer se relacionan de manera muy diferente.

Bajo la expresión cultural de esa alucinante tierra, Tamayo creció en un ambiente lleno de luz y de colores. Cultura mixteco-zapoteca que situó ante su vista cumbres arquitectónicas como Mitla y Monte Albán. También bellezas del barroco, las iglesias de Santo Domingo y de la Soledad, las calles y residencias de cantera verde. Barroco que inunda los mercados públicos plenos de frutas de diversos colores, olores, aromas, donde pueden saborearse los más ricos manjares en los cuales abrevó Tamayo.

Pablo Neruda, el famoso chileno, afirmó que los mercados son los verdaderos templos mexicanos. Justo, en uno de estos lugares corrió, jugó y creció el Maestro Rufino, incorporando después en su inconsciente toda clase de frutas, en particular las sandías. Esta sería otra explicación de su arte, de su manera de ver la vida: lo prehispánico, por las razones que acabo de aducir, y las frutas, por haber crecido con ellas durante su primera infancia y su juventud.

Pero ustedes se dirán: ciertamente este hecho influyó en el maestro, pero también en muchas otras personas. ¿Por qué Tamayo es tan grande? En algún momento Carlos Marx, refiriéndose a Paul Valéry, dijo: “No me digan a mí que Paul Valéry es un burgués, explíquenme porque no todos los burgueses son como Paul Valéry”.

La pintura de Rufino Tamayo es consecuencia de su biografía personal, pero ella no explica porque no todos los oaxaqueños son Rufino Tamayo, aunque existen creadores notables.

Tamayo, el hombre, a quien tuve el privilegio de tratar por muchos años, vivió en un mundo de ensoñación muy profundo. Veía mucho hacia su interior; a veces me sorprendía que en la plática se quedaba callado y traía a la conversación una imagen de otros tiempos, una frase, un chiste, una anécdota. Parecía ausente de la conversación sin estarlo
—era un hombre sumamente penetrante, intuitivo—; cuando le pedías un consejo u opinión, era acertadísimo.

Rufino era pragmático, definido y comprometido con la sociedad y solidario con sus congéneres. Sufría el dolor y por ello hizo innumerables actos de caridad. Él se definía a sí mismo como socialista, sin serlo; porque realmente no conocía lo que el socialismo llegó a significar; lástima que no le haya tocado presenciar el derrumbe de la Unión Soviética, o quizá qué bueno, porque estoy cierta de que hubiera sufrido mucho.

Les sorprenderá a ustedes que les diga que Tamayo nunca llevaba un centavo en los bolsillos. Era un hombre que no gastaba, y la mayor parte de sus compras las hacía Olga. Sin embargo, le gustaba compartir: todos los días a la hora de la comida o de la cena, de tal suerte que su mesa estaba llena de amigos íntimos con quienes platicaba. Hacía una distinción fundamental: con la gente que quería y platicaba mucho o con la gente que no le inspiraba tanto afecto, con quienes se comportaba sumamente reservado.

Otra cualidad que me impresionó mucho fue su enorme dignidad. Una especie de indígena con señorío. Su gran personalidad hacía que toda la gente que lo trataba, que lo miraba, que lo observaba, se sintiera arrobada por él, transportada a su mundo fantástico y mítico.

Parecía una escultura azteca o maya, esculpida en piedra, tallada con buril, con cincel. En las reuniones sociales, en los funerales, en las ceremonias, él nunca se cansaba; siempre permanecía de pie muy firme, mientras todos los demás nos sentíamos fatigados; Tamayo no fue un hombre taciturno, como algunos podrían pensar —tal vez un taciturno alegre—, le gustaban las canciones mexicanas de principios de siglo. Pulsaba la guitarra, la cual sólo dejó de tocar en sus últimos años. Cantaba “El limoncito”, “La llorona”, “La borrachita”; música de enorme ingenuidad, pero que revelaba un amor muy profundo por su pueblo y la cultura popular.

AMISTAD. Cortesía: Martha Chapa.

Las pinturas más optimistas, más alegres las realizó cuando ya estaba próximo a morir. Extraña paradoja, porque su obra revela desgarramiento, como Perros ladrándole a la luna o Dualidad, que trasmiten un sentido trágico de la vida. Terminó pintando con enorme optimismo; un ejemplo es el cuadro del hombre que ofrece frutas o el del hombre con una flor en la mano, imagen simbólica a través de la cual devuelve lo que la vida le regaló.

Tamayo, el hombre que popularizó en el mundo los colores de Oaxaca, con ello a todo México. Ya no está físicamente con nosotros, pero con gran alegría lo recordamos ahora que se celebra el 30 aniversario de su partida, y sobre todo por el legado de constancia, superación, disciplina; siempre sostuvo que nada equipara el trabajo cuando se realiza con pasión intensa. Por eso considero que su herencia, que hoy les transmito, es: Trabajen siempre para honrar su nombre y el de nuestra Patria.

Por Martha Chapa

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