Octavio Paz: Obras imperdibles del poeta y diplomático mexicano

El ensayista mexicano nació un día como hoy, pero de 1914

Octavio Paz: Obras imperdibles del poeta y diplomático mexicano
Octavio Paz falleció el 19 de abril de 1998. Foto: Especial

Este 31 de marzo se conmemora el natalicio de uno Octavio Paz, nuestro querido poeta, ensayista, diplomático y Premio Nobel de Literatura en 1990. Nació un día como hoy, pero de 1914 y nos dejó el 19 de abril de 1998 tras fallecer de cáncer apenas dos semanas después de cumplir 84 años. Sin embargo muchos lo siguen disfrutando con sus obras. 

Para acercarse a conocer Paz es menester conocer sus obras más emblemáticas, mismas que te presentaremos a continuación. El maestro comenzó a publicar sus primeros poemas en la revista Barandal en el año de 1931cuando tenía 17 años. Años después dirigió las revistas Teller (1939) e hijo Pródigo (1943). Fues hasta que viajó a España cuando se logra relacionar con los intelectuales y con el chileno Pablo Neruda, quienes fueron su influencia más grande dentro de la poesía. 

Obras imperdibles de Octavio Paz

Libertad Bajo Palabra: Los poemas escritos de 1935 a 1957 se encuentran reunidos en este libro. Los temas que trata son: el amor, la muerte, la soledad, entre otros. Un verdadero deleite para quien anda algo sensible. 

Los hijos del limo: Octavio Paz reflexiona sobre las corrientes literarias en el mundo y cómo le afecta igual a un francés que a un alemán. Esta obra muestra una versión muy académica del mexicano.

El laberinto de la soledad: Este es quizás el libro más famoso de Paz. En él se podrán encontrar sus reflexiones y preocupaciones en torno a la idiosincracia del mexicano; utiliza la historia como principal herramienta de estudio.

Otras obras de Octavio Paz

  • Cuadrivio (1965)
  • Ladera este (1968)
  • Toponemas (1969)
  • Discos visuales (1969)
  • El signo y el garabato (1973)
  • Mono gramático (1974)
  • Pasado en claro (1975)
  • Sombras de obras (1983)
  • La llama doble (1993)

Entre ir y quedarse

Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

lhp


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