El legado de mi abuelo

Alfredo no sólo mostró su imaginario interior, sino que nos invitó a adentrarnos con él para entender la necesidad del silencio y la reflexión

El legado de mi abuelo
El legado de mi abuelo, en la memoria de Alfredo Castañeda. Foto: Especial

Alfredo Castañeda no podía leer sin un lápiz en la mano. Ahora soy yo, su nieta, quien va descubriendo sus señales en los libros, como si se tratara de la búsqueda de un tesoro. Al leer sus intervenciones, me detengo, hago una pausa para pensar y encontrar qué fue aquello que le llevó a la acción de subrayar. De alguna forma me conecto con él, consigue que esas palabras me subrayen
a mí, como si fueran reflexiones vivas. Interiorizo sus líneas de grafito en el papel, pocas intimidades hay más profundas.

Mi abuelo fue un creador-pensador y posible profeta. Un artista que no sólo mostró su imaginario interior, sino que nos invitó a adentrarnos con él para entender la necesidad interior del silencio y la reflexión. Sus numerosos personajes –autorretratos barbados con miradas profundas– son una especie de espejo donde nos vemos reflejados. Revelan en nosotros nuestras múltiples personalidades, nuestros “YOS”. El YO aventurero, el YO que ríe, el miedoso, el que ama. Mi YO que busca el éxito, mi YO frustrado, el amigo de mis amigos, el solitario. El YO del mundo de la noche, y es que como dijo Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis consecuencias”. Para Alfredo, estos autorretratos barbados le sirvieron como búsqueda de su verdadero yo, el único que no cambia y con el que te vas a la otra vida. Un yo omnipresente, penetrante, al que Alfredo se refería con la palabra “alma’’, y este, fue su misterio, su mayor misterio. Cito a Francois Cheng, en su primera meditación sobre la belleza y el párrafo resaltado por mi abuelo: "Así es cómo la gigantesca aventura de la vida ha llegado a cada hierba, a cada flor, a cada uno de nosotros, cada cual único e irremplazable. Este hecho es de una evidencia tal que ya no nos sorprende ni nos emociona. Al envejecer, lejos de sentirme desengañado, este hecho todavía me sorprende y, por qué no decirlo, me felicito por ello, pues sé que la unicidad de los seres, es decir, de cada ser, representa un don inaudito";. Alfredo era consciente de este ser y de la complejidad que conlleva estar en ese espacio entre dos planos, el vertical y el horizontal.

En esta época que estamos viviendo, en las circunstancias del momento, nuestra carta de presentación es la mirada. Con el cubrebocas puesto, sólo tenemos los ojos al descubierto. Los ojos se convierten en las ventanas de nuestra alma. En la obra del maestro la mirada es profunda, tanto la de sus personajes como la del espectador que la contempla. Alguna vez se han preguntado: ¿Cómo miramos una obra de arte? Como curadora de la última exposición de Alfredo, titulada De la mano del maestro, observé cómo algunas personas se alimentaban de las obras. Primero se situaban frente a ella, abrían bien los ojos y con mirada delicada, recorrían el cuadro en pausa y en cada detalle intentaban descifrar el misterio que Alfredo quiso expresar. Del lado inverso, los ojos que pintaba el maestro penetran en el espectador, generando una conversación callada. Invito al lector a experimentar esta música silenciosa. Para el filósofo francés Jean-Paul Sartre es a través de ser mirado como nos revelamos a nosotros mismos. Las obras de Alfredo no son cuadros únicamente, son espejos.

En el año 2007, acompañé a mi abuelo a una de sus exposiciones anuales en la Galería Mary-Anne Martin, en Nueva York. Yo tenía 10 años, y recuerdo la primera vez que vi el famoso punto rojo, color perfectamente seleccionado para que los ojos lo perciban como una señal de aviso. Una marca que nos indica que esa obra tiene un nuevo dueño. No comprendía por qué no podíamos volver con los cuadros de regreso a casa, donde pertenecían. Crecí cerca de Alfredo, compartí infinidad de paseos, banquetes y sobremesas, conversaciones que terminaban en un cuento para que yo me quedara dormida. No puedo más que decir que fue un privilegio de mi infancia. Describo a Alfredo como uno de mis maestros, literalmente. Cuando era niña, recuerdo regresar del colegio y dirigirme a su taller; aquel lugar sagrado repleto de objetos y artefactos mágicos donde se escuchaban melodías de Poulenc, Satie o Górecki. Pasaba las tardes observando a mi abuelo con un pincel en la mano pintando grandes manchas azules que después se transformaban en mares. Un punto de partida de historias de ciencia ficción que hacían que me evadiera del plano terrenal. Tengo gran nostalgia de esos momentos, esa felicidad que duele. Hay muchos motivos para esta saudade: la que siente el viajero por su tierra de origen; la que se anhela por una infancia que se recuerda maravillosa o la de una forma de vivir y saber que esas experiencias ya no pueden volver.

Menciono los mares de Alfredo como una ventana a nuevos mundos a los que habrá que entrar o salir a navegar. Poesía en una frase, y título de una de sus obras. Tatúo en mi piel esta contraposición, ya que es nuestra mera observación ante la vida. Distintos puntos de fuga que señalan una misma realidad. En este cuadro, un hombre porta a hombros a otro personaje de menor tamaño. El pequeño le cubre los ojos. Curiosamente es la amalgamación, la simbiosis entre los dos, lo que nos permite entender la profundidad del horizonte. El corazón es el protagonista del paisaje. Estoy convencida de que tenemos el deber de salir a navegar y encontrar la estela que nos guía para encontrar la belleza de la vida. Palabra de gran importancia en estos momentos de miserias omnipresentes, enfermedades y devastaciones naturales donde tenemos que reivindicar el silencio y el dejarnos sentir. No me gustaría que perdiéramos la juventud de nuestro pasado, la ingenuidad de sorprendernos con un paisaje, con un azul profundo. Alfredo me dejó huellas, palabras subrayadas dónde encuentro y aprendo sobre esa búsqueda de la paz del alma y la introspección para ser capaz de apreciar dicha belleza.

Por Marina Castañeda Matos

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