CÚPULA

Golondrinas

Presentamos el siguiente texto del proyecto "Plumario", creado con pinturas de aver de Carmen Parra

CULTURA

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SERIE ROSTROS DE LA TERTULIA. “Felipe Garrido”, 2011. Cibergrafía, impreso en tela con acabados en temple al huevo. A semejanza de los frescos del siglo XVI. Cortesía: Carmen Parra.

Joaquín Armenta cerró el libro, lo dejó en la mesa, salió al balcón, vio la ciudad que iba bajando por las callejuelas del centro, repletas de coches y camiones hasta llegar al malecón, allá abajo, donde ya no lo veía. Al fondo el mar era una plancha dorada. Deslumbrante. Imposible sostenerle la mirada. El calor rebotaba en los techos de los vehículos y en los tejados; se adhería a las paredes, reptaba por el piso, ocupaba todo el espacio. La luz era insoportable; la que venía de fuera, del mar, del día, de la dorada bóveda del cielo, y esos otros destellos, esos fulgores instantáneos, telarañas de luz, que le brotaban por dentro cuando llegaba al umbral del dolor.

Las punzadas le ocuparon la cabeza. No había nada que hacer. A veces, por las tardes, cuando el calor apretaba, eso le sucedía. Abrir las ventanas, cerrar las cortinas, tirarse en la cama, apretarse las sienes y los ojos, cubrirse la cara con una toalla empapada en agua fría. Una enfermera abrió la puerta, apenas, lo vio echado en el sofá, en seguida volvió a cerrar. Él se alegró de que su madre estuviera dormida.

Consiguió soltar los músculos y cruzar un brazo sobre la cara; pausar la respiración. En ese momento irrumpió el recuerdo. Nuevas telarañas. Un dolor de cabeza sordo, constante. Cuatro, cinco años habrá tenido. Seis, si acaso. Bocarriba en el asiento trasero, la cabeza en las piernas de su madre. Su padre al volante. Las dos hermanas querían abanicarlo, enjugarle el sudor que le corría por el cuello y la frente. Lo oían delirar y les daba risa. El niño ardía. Regresaban de Las Rayas. Se había desvanecido en la playa, bajo una palapa. Insolado, dijo alguien por ahí.

Sentía que el cuerpo, las manos, la cabeza se le hinchaban, le palpitaban, no lo obedecían. Por la ventana trasera iban pasando las ramas más altas de las amapas, los chiltles, los lapachos; aún más altas, por encima de todo, algunas parotas iban quedando atrás. De pronto las vio, sobre la selva baja, en el cielo sin nubes, como si lo fueran siguiendo. Cinco, seis, diez, quién sabe cuántas serían; por un momento, cualquiera de ellas, o dos, tres a la vez quedaban suspendidas, quietas, fijas… y después, de pronto, se dejaban caer en picada, o subían vertiginosas. Cruzaban los cielos de manera inesperada; giros, quiebres, picadas, cortes imposibles que el delirio multiplicaba.

–¿Se acuerdan? ¿Te acuerdas, Joaquín? –dijo, todavía más bajo, cómplice, dolorida–. Cada año llegaban. Fines de abril. Bajo los aleros, tres, cuatro nidos. Volvían a ellos. Abril, mayo, cada año. ¿De veras te acuerdas? Eras tan niño. ¿Te acuerdas de que después ya no?

Había sido antes todavía, pero Joaquín Armenta lo recordaba. Los gritos de su madre, de sus hermanas, y el cuerpo roto de Javier –que él nunca vio–. Por eso sabía qué era lo que aquella otra vez, en el automóvil, su madre realmente le había preguntado. Asintió con la cabeza. Antes de quedar dormido, sintió que ahí estaban de nuevo. Que ya no era en la memoria donde las veía.

El olor a tierra mojada lo despertó; lo llevó a un recuerdo diferente. Se vio en bicicleta, con su hermano, con otros tres o cuatro chamacos, en las orillas del pueblo, por las calles del Sector, de tierra o de arena, encharcadas, disparejas, espejeantes. Escoltándolos, anunciándolos iban las golondrinas. Podía ir alguna atrás de las bicicletas y en un segundo rebasarlas, cruzarse con ellas por el frente y tomar al vuelo agua o lodo de un charco y salir en una vertical que era imposible seguir con la mirada porque ya había quedado atrás, muy atrás del grupo, aunque de pronto podía volver a incorporarse llegando desde el frente.

Subían y bajaban esas calles ondulantes y de pronto podía llover y brillar de nuevo el Sol, Joaquín Armenta dejó el sofá y salió de nuevo al balcón. Había largas nubes grises, orladas de un blanco hiriente. Su madre estaba allí a sus espaldas, en el cuarto piso de aquella pequeña clínica donde la habían llevado a morir. Todos lo sabían, pero nadie lo dijo. Ella los miraba consciente de que había llegado el fin. De que se hundiría en esa cama; se ahogaría luchando contra aquel colchón. Mirtha llegó ese mismo día, con sus dos hijos; Violetta ya estaba desde antes. Por eso Violetta –la doble t era tan indispensable como la h de su hermana– había acompañado a Joaquín al Seguro. La madre había insistido. No quería un hospital particular. No quería ser motivo de gastos, dijo. Hizo berrinche. Tuvieron que llevarla. La dejaron en el coche y ellos dos entraron para averiguar qué hacía falta hacer para que ingresara. Vieron la sala: cincuenta, sesenta pacientes, la mayoría viejos, unos más, otros menos, semidesnudos, semicubiertos por sábanas raídas; unos se quejaban, otros maldecían; otros se reían, se albureaban. Tres o cuatro camas estaban aisladas con lonas. Mamá no podía quedarse allí. Aunque ponerla en un mejor lugar los dejara sin un quinto. Ahí no. Ahí no.

Así llegaron a la Clínica San José. Allá arriba en el balcón había una vista pintoresca, con alguna bandada de pelícanos a lo lejos, en fila india, recortados contra el sol que ya había comenzado a hundirse. Y una brisa fresca lo aliviaba del sudor. De pronto volvió a verlas. Cuatro, seis, siete… quién sabe cuántas, se cruzaban en los aires con esos movimientos repentinos que las hacían subir, bajar, cambiar de dirección…

Luego, silencio. Antes de darse vuelta para ir a ver a su madre, Joaquín Armenta miró en el cielo los vistosos giros y sintió que quien tenía razón era Anita, aquello no podían ser simples golondrinas.

Muy bajito, con su hermosa voz temblona que tantas veces lo había arrullado y se iba adelgazando hasta el falsete, comenzó a cantar su madre –y por eso él supo lo que en verdad eran–:

De allá del mar vendrás

golondrina presumida,

golondrina consentida,

preferida de este amor…

De allá del mar vendrás,

de allá del mar vendrás,

primero Dios,

verdad de Dios…

Al tiempo que las miraba oyó cantar a su madre:

Segura estoy, mi amor,

que cuando llegues a mis playas

las gaviotas de mi cielo

con tristeza te dirán

Levísima, dulce, amorosa,

que envejecí,

que envejecí de tanto esperarte.

llenó la habitación junto con los ruidos que venían de la calle.

La noche cubre ya

mi pobre vida,

y que no competían con ella, no entraban en conflicto, no la vencían,

y el faro de mi amor

sigue buscándote

en las noches

y mis ojos en el día…

la acompañaban, la sostenían, la acunaban.

De allá del mar vendrás

tienes que regresar

porque tu traes

porque tu traes,

mi vida.

Por Felipe Garrido/ Carmen Parra

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