Un piano entre Manzanero y yo

Su ductilidad en el instrumento era un deleite, revelaba una seria formación bien sumada al genio nato

Un piano entre Manzanero y yo
INSPIRACIÓN. Foto: David Ross. Cortesía SACM.

Ubicuidad. Manzanero la tenía. La tiene. Nunca faltó entre las canciones que nos cantaba mi madre –luego entendí por qué ese hombre de voz única, ligera y vibrante, y esas melodías encantadoras y llenas de personalidad, se parecían tanto a mi chichí.

Compartían el origen yucateco en la ciudad blanca, Mérida–. Inolvidable su dueto con Lisset cada noche antes de la telenovela. Y cómo avivó la carrera de Luis Miguel con sus Romances y, entonces, abrió la puerta a generaciones nuevas hacia esas vertientes de la canción mexicana.

Impacto. Como dijera Alonso Arreola en su retrato póstumo de hace una semana, Manzanero es de esas figuras que contribuyen a moldear la cultura popular. Adoro en la voz de Chavela Vargas, alcanza a conjurar un nivel de verdad tan bella, desgarrada y desnuda, que casi da pudor o miedo escuchar un enamoramiento así –tan de cerca–. Y es que los grandes intérpretes revelan el potencial de las canciones en toda su magnitud. El virtuosismo de Manzanero como intérprete no era nada despreciable; su ductilidad en el piano era un deleite, revelaba una seria formación bien sumada al genio nato. Su locuacidad en el escenario era hilarante y filosa. Su fraseo al cantar y sus atrevimientos cromáticos al recorrer las melodías no le piden nada a los enormes crooners y jazzistas contemporáneos suyos. Sabemos que varios llegaron a grabarlo, desde Elvis hasta Sinatra, pasando por Elis Regina, Tony Bennett y José José. Su éxito más que merecido lo llevó a estar presente en todos los hogares mexicanos y su ausencia golpea y duele como duele lo inconcebible: que alguien eterno y ubicuo no esté más. En una entrevista de 2019 le preguntaron a Armando Manzanero ¿cómo quieres ser recordado? Respondió “Así, como soy, así: un loco precioso, sin cosas serias ni cosas monumentales ni nada, como un ciudadano yucateco que lo mejor que pudo haber tenido es haber sido mexicano”.

Mi conexión con Armando Manzanero es, pues, la que se tiene con una herencia en la que ni siquiera se piensa mucho por qué siempre está allí. Me encantaba en mis cumpleaños el detalle de la Sociedad de Autores y Compositores de México, enviarme una carta de felicitación a nombre de Armando Manzanero con una firma digitalizada. Pero la relación indirecta más fortuita con él la tengo en mi piano. Cuando fui aceptado en la escuela Superior de Música del INBAL buscaba un piano, y una amiga de la madre de una de mis amigas de toda la vida necesitaba rematar uno de media cola, ya que estaba por mudarse y no cabría en su casa. Cuando fui a conocerlo, ella me contó que era un piano prácticamente nuevo, que un pretendiente se lo había regalado –una mujer muy bella–; me contó que en alguna bohemia había sido tocado por Manzanero, quien le cantó algunas canciones. Ese piano, ahora de mi propiedad, fue tocado –mucho mejor que yo por supuesto–, por vez primera por don Armando Manzanero.

Por Juan Manuel Torreblanca


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