Para llorar juntos con literatura, música, azúcar, pan y flores

¿Cómo es que una celebración de origen indígena con tantos elementos paganos atravesó tantos siglos, civilizaciones y clases sociales?

Para llorar juntos con literatura, música, azúcar, pan y flores
INSTALACIÓN DE DÍA DE MUERTOS. Museo Kalus 2020. Foto: Cortesía Betsabeé Romero.

Según la doctora Von Wobeser, no se tienen censos exactos de la población que encontraron los españoles a su llegada, se calcula que eran 11 millones, aunque según Motolinía eran 25 en el altiplano; lo impactante es que, debido a las enfermedades, la curva demográfica se desplomó hasta que, a mediados del siglo XVII, sobrevivían apenas 1 millón 500 mil. Una pérdida de entre 85 y 90 por ciento de la población en apenas un siglo. La primera gran epidemia de viruela se registró en 1520, justo en el momento de la llegada de Cortés a Tenochtitlán.

En 1531 hubo otra de sarampión y una tercera que provocó más decesos que las dos anteriores y cuya identidad fue un misterio, hasta hace poco que se descubrió que fue la salmonelosis, pandemia que cobró más vidas. En 1545, Fray Diego de Betancourt escribe una carta desgarradora a España diciendo “hace ocho meses ha habido una gran mortandad de indios, que no se puede creer. En Tascala mueren ordinariamente mil indios cada día y en Cholula 900 cuerpos. Es cosa increíble la gente muere y que muere cada día”.

CANTO AL AGUA. Instalación Día de Muertos, 2016. Foto: Cortesía Betsabeé Romero.

Caminar sobre huesos

Motolinía escribe: “Sólo se podía caminar sobre hombres muertos o huesos de hombres, y los buitres venían a comer los cuerpos muertos eran tan numerosos que hacían sombra al sol: los pueblos estaban despoblados y los indios que se salvaban huían a las montañas”. Él mismo describe el culto efímero rendido a los difuntos por los indios: “Tenían días dedicados a sus difuntos durante los cuales seguían el duelo y después de haber comido y haberse emborrachado invocaban a su dios.

Estos días se desarrollaban así: enterraban y lloraban al difunto y al final de 20 días regresaban a llorarlo y ofrecerle alimentos y rosas sobre su sepultura y, a los 80 días, volvían a hacer lo mismo y así, de 80 días en 80 días, hasta que se acabe el año; y una vez acabado el año, cada año, en el día del aniversario de la muerte del difunto lo lloraban y le hacían una ofrenda, hasta el cuarto año. Y, a partir de este momento, los nombraban “teotl”, (dios o santo), ya que creían que en ese momento los muertos ya eran felices al lado de los dioses”.

Extremaunción

La iglesia católica no podía ofrecer nada parecido para apoyarlos, no podía darles ni santa sepultura, ni otorgarles perpetuidad en los panteones, ni siquiera lograban dar la extremaunción a todos los que morían. Tenía rituales caros e inaccesibles, no tenía la capacidad para ofrecer aliento, el clero estaba rebasado, por lo que no tuvo más remedio que limitarse a ver cómo llevaban a cabo sus propios ritos . Se buscaban en los templos los ídolos escondidos en los altares y en las casas indias, pues prohibían cualquier rito que no fuera católico.

Las ceremonias indígenas fueron atravesando la historia y las pandemias, eran más funcionales, cumplían mejor su cometido y eran económicas, para la iglesia resultó mejor la tolerancia que el castigo. En los siglos XVII y XVIII, inclusive el Estado construía espacios dedicados a la venta de productos y para la realización de espectáculos paralelos a la vendimia, principalmente en el Zócalo o plaza mayor. La celebración era muy popular entre todas las clases sociales, aspecto que también fue muy importante para que trascendiera hasta nuestros días.

Todos los santos

Por la importancia de esta celebración, la Iglesia hermanó las fechas de la celebración de Todos los Santos con el Día de Muertos. Como elemento particular, en la Nueva España se acostumbró complementar la celebración con la exposición de reliquias de la mayor cantidad de santos y beatos que se pudiera. Para tener una mayor asistencia, se ofrecía también una indulgencia plenaria para aumentar las visitas. Visitar las reliquias se hizo costumbre y debió ser un espectáculo sobrecogedor en capillas apenas iluminadas donde sólo brillaban las cajas de oro y vidrio de los lujosos relicarios.

En un ámbito popular y profano, surge la reproducción en miniatura de huesos, calaveras y figuras en azúcar y pan para vender, hacían animales y todo tipo de miniaturas que según Frances Erskine Inglis, esposa de Calderón de la Barca, eran suficientes para poblar el arca de Noé. La imaginación y el oficio de los artesanos se ha ejercido desde entonces con gran imaginación en tanto resistencia cultural, enriqueciendo cada año la fiesta.

Alfeñiques

Se crearon los alfeñiques con aceite de almendra y con pasta de pepita de calabaza. Desde la época colonial, además de estos alfeñiques con forma de huesos y cuerpos humanos que recordaban a las reliquias, se elaboraban en papel y madera pequeños túmulos funerarios como los de las iglesias. Eran comunes las tumbas de azúcar con muertos tendidos que por medio de un hilo se sientan y que se siguen haciendo hasta la fecha. Todo con un humor que se reía de los mismos clérigos, poderosos y políticos como lo hacían las caricaturas de Posada y las calaveritas escritas en la prensa y en los rituales domésticos que persistieron hasta la actualidad.

Desde el siglo XVIII, se tiene consignado la moda de realizar ofrendas en las casas, piras con objetos iluminados y olorosos de incienso y copal, con velas y frutas de la estación. El proceso de mestizaje de esta tradición fue muy temprano, hubo una apropiación de las tradicionales ofrendas que los mexicanos antiguos ponían y que mestizos seguían poniendo sobre los sepulcros o en sus propias casas.

Mi calavera

Se menciona también que los chicos pedían: “Mi calavera, mi ofrenda”, como hoy. El historiador Guillermo Prieto recordaría que esta celebración empezaba desde la ida a la plaza para adquirir dulces, frutas, velas, calaveras, etc. En la época de Santa Anna se ofrecía en la plaza todo para sus ofrendas y se montaban asientos elegantes para quienes querían observar sentados. Además de los puestos de rigor, ofrecían diversión y música y cobraran boleto para entrar al Zócalo.

En 1865, incluso, fue alumbrado con gas y arreglado con alfombras, macetas, espejos, cuadros, música austriaca, festones, flores y cortinas, En esa ocasión asistieron miembros de la corte y del ejército que vino con Maximiliano. Una fiesta que celebra el triunfo simbólico sobre la muerte. Según Mijail Bajtin, la comicidad irreverente de esta fiesta contiene un elemento de victoria, sobre la aprensión que inspira la muerte tan temida en occidente, un triunfo simbólico sobre los temores reales que infunden el poder o cualquier fuerza opresora, pues no habría fuerza más temida que la de la muerte.

El Día de Muertos es una tradición única, especialmente por esa enorme capacidad para permear épocas, culturas, religiones y clases sociales. Una celebración que se vive desde entonces, hasta la fecha con la presencia de lo solemne y lo antisolemne, del luto y la alegría, del desconsuelo y el entusiasmo. La nostalgia por los que se fueron, pero a través del placer de recordarlos como si estuvieran aquí.

Por Betsabeé Romero