Ser la oposición de un régimen autoritario comprobado donde no hay duda de violaciones a derechos institucionales y humanos, no es tarea fácil, nunca lo ha sido. Durante 25 años el país ha estado sumergido en infinidad de situaciones que dejan clara la vena dictatorial de quien recibió de manos de Hugo Chávez Frías un mando que ya venía dando golpes dentro y fuera de lo que una vez fue un movimiento político que llenaba de esperanzas a una mayoría aplastante y hasta a los más escépticos. La historia de la presidencia de Hugo Chávez es una de las historias más interesantes de toda América Latina y no por haber fallado y decepcionado a propios y extraños debe dejarse fuera del análisis que nos exige la situación actual. Hoy, el partido político más grande de Venezuela es el cansancio, el descontento, la situación económica, los desatinos en salud, el olvido de las misiones bolivarianas y una crisis “multidimensional” de alcances catastróficos. El objetivo no fue logrado, se sabe, y rememora aquella frase de un militar que confesaba en medios de televisión, una madrugada haber fallado en un intento de golpe en el año 1992, autodenominado “Misión Zamora”.
Habrá elecciones en menos de una semana, pero guiadas por un proceso errático y por centenar de obstáculos que la oposición tuvo que remontar cada tanto para poder tener un candidato después del veto que a la abanderada, María Corina Machado, se le concedió por el odio madurista y terminó por anular a la inmediata sustituta, Corina Yoris, que fue vetada en el sistema del Consejo Nacional Electoral y no hubo más remedio que presentar a Edmundo González Urrutia, que en las últimas semanas, ha tenido un papel fundamental en las calles de Venezuela y ha construido desde ahí un discurso conciliatorio, repleto de congruencia que le lanza una frescura innegable al ya desgastado lenguaje de guerra que acostumbraban la oposición y el oficialismo venezolanos. Un valde de agua fresca que llegó al país en una especie de trío opositor que trabaja en una campaña sin precedentes. Han logrado armar una narrativa fuera de triunfalismos huecos y muy centrados en lo humano, poniendo al ciudadano como el hacedor de su propio futuro, contando con encuestas que días antes de la elección los ubican en unos inimaginables 30 y 20 puntos encima del oficialismo.
Después de las manifestaciones de 2017, donde hubo una oleada de violencia indescriptible, Venezuela vuele a salir a las calles en la víspera de las elecciones del próximo 28 de julio y sale en apoyo de la oposición, me permito afirmar, que con el mismo empeño y sentimiento con el que salieron a apoyar en su tiempo al joven comandante Chávez, con las mismas demandas enumeradas en sus manos desesperadas, a los gritos, en súplica, como si el mundo allá se hubiera detenido atrozmente desde que ese soñador empezó a traicionarlos antes de su muerte. Esa es la sensación, pero en medio de todo esto han ocurrido todo tipo de situaciones que han llevado a una crisis enorme al poder, al ánimo y a la voluntad de los venezolanos.
Hoy, Nicolas Maduro se está jugando no solamente la “presidencia”, sino el liderazgo dentro del chavismo, en un momento histórico precedido por 25 años de dolor y donde es lógico que los desajustes se hayan dejado ver esta última semana donde el candidato desesperado habla de baños de sangre, apagones, guerra económica y apunta a insinuar sobre sus supuestos diálogos con EEUU que nadie sabe si suceden o no. Sigue con sus consignas ya desgastadas y apuesta por reconquistar el amor de un pueblo que fue abandonado hace mucho, que sufre de despecho, de una terrible y repetida deslealtad a los principios que originaron la alegría y la ingenuidad de millones. El gran capital de las misiones bolivarianas se volvió un desastre administrativo y ellos saben que más allá de la cursi ideología de “izquierda revolucionaria” no quedan muchas opciones con las que improvisar, las comunas organizadas que se perfilaban para un bien social se volvieron ejes delictivos sin voz ni voto, y quienes tenemos la esperanza suspendida en la desconfianza sabemos que pueden hacer lo que sea posible para arrastrar al caos, un proceso al que 16 millones de venezolanos acudirán seriamente el próximo domingo.
Hoy hay registradas más de mil empresas que fueron expropiadas, de las cuales el 85% no fueron reconstruidas o activadas en más de 20 años. Hay 3.6 millones de hectáreas que pertenecen al gobierno sin que la producción haya aumentado para abastecer a los venezolanos con productos de la nación. Al menos quince televisoras también fueron tomadas para crear propaganda madurista, 20 medios internacionales fueron bloqueados y 25 periódicos fueron cancelados de su circulación por la presión desde Miraflores. ¿Educación?, ¿vivienda digna?, ¿planes de ahorro? ¿en un país dolarizado?, ¿con un sueldo mínimo de US$ 3,5, según la tasa oficial del Banco Central de Venezuela? ¿Hay algo más contradictorio y difícil de entender de una revolución bolivariana?
¿Qué haría Nicolas Maduro y su corte de maleantes para dañar un proceso a la vista no favorable? Se me ocurre que puede suspender las elecciones alegando guerras mediáticas que no podemos comprobar, apagones, crisis de desabasto nuevamente inculpando imperios, falta de garantías que son las que ellos mismos han negado a la oposición. Podría inventar otras inhabilitaciones de tarjetas de partidos o candidatos, puede hacerlo, porque en Venezuela la ley, el Consejo Electoral y los ministros de la corte son del oficialismo, puede postergarla y crear un ambiente mucho más delicado, y puede cometer irregularidades electorales de mínimo o amplio alcance. ¿Quién podría saberlo a ciencia cierta? Quizá los militares se alineen el día de las elecciones en las mesas de votación y hagan lo que en muchos años anteriores creaba el desorden en los municipios más alejados, meter presas a personas, representantes de casilla o colaboradores, ¿quién lo duda?, esta semana lo hizo con el equipo de campaña de la oposición y con los muchos ciudadanos que colaboraron con las marchas en las calles. La dichosa “operación remolque” con la que amenaza ganar votantes ese mismo día en horas de la tarde. ¿A qué se refiere? Podría sabotear todas las comunicaciones. Poder puede. Siempre ha podido pero la presión de algunos países gobernados por izquierda y la obvia desbandada de los antiguos chavistas que se han redirigido a un discurso más pacifista no podrán borrarse fácilmente. Han sido tan torpes y han tenido una tan mala campaña que las verdades han salido sin editar de manera espontánea y pareciera un rey venido a menos muy perdido.
Muchos analistas apuestan a la crisis económica y social para creer que los bajos mandos militares ya no apoyan desde la “patria o muerte” al oficialismo, muchos de ellos esta vez han apoyado a María Corina a acceder a municipios que antes eran muy difíciles y que pertenecían netamente al electorado chavista.
Una turba de venezolanos, de todas las clases sociales sale a la calle, genuinamente, sin recursos de los partidos políticos, y suponiendo que las cosas salgan bien, pues este movimiento realmente es poderoso y afirmando que la brecha entre un candidato y otro es real, cada día que pasa, esa esperanza que nos censuramos crece porque el discurso de la reunificación familiar es lo que más mueve las consciencias. Seis meses entre las elecciones y la toma de protesta se auguran con toda claridad sumamente complejos y gane quien gane, (aunque hoy sabemos los datos de casas encuestadoras que nunca se han equivocado), tendrá en sus manos la posibilidad de acabar con el sueño falso de una pandilla de desgraciados que se burlaron en la cara y en el cuerpo de la gente linda, trabajadora y esperanzada de Venezuela. El chavismo existe, pero ya no da el ancho para concursar en la mentira.
Adivinemos.
POR MARÍA CECILIA GHERSI PICÓN.
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