COLUMNA INVITADA

Refundación

Un mal presagio invade la vida interna del PRI. Los negativos resultados de la jornada electoral del pasado 6 de junio y la pasiva, cerrada y autocomplaciente actitud de su dirigencia nacional alimentan, en un creciente número de militantes

OPINIÓN

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José Encarnación Alfaro Cazares/ Colaborador/ Opinión El Heraldo de México

Un mal presagio invade la vida interna del PRI. Los negativos resultados de la jornada electoral del pasado 6 de junio y la pasiva, cerrada y autocomplaciente actitud de su dirigencia nacional alimentan, en un creciente número de militantes, la sensación de extravío, de pérdida del rumbo ideológico, de vertiginoso declive político electoral y de grave peligro de gradual desaparición del escenario democrático de nuestro País. Y no es para menos, porque el cristal por el que la dirigencia formal actual mira los malos resultados de la pasada elección y la forma en la que justifica el pésimo manejo en la cancelación de más de cinco millones de afiliaciones de militantes, sólo revelan una visión patrimonialista y de corto plazo, con soluciones de autoengaño y simulación como remedios caseros para un partido que requiere cirugía mayor si aspira a mantenerse vivo como una opción real de gobierno. 

Al PRI, como partido histórico le llegó la hora de refundarse o de refundirse como una pieza de variados metales en el museo de las instituciones políticas de la Nación. No se puede vivir del pasado ni mucho menos se puede mirar el futuro del Partido con el espejo retrovisor de ambiciones e intereses de grupos anclados en un pasado de autoritarismo, imposiciones, exclusiones y democracia interna simulada. Las grandes aportaciones del PRI al desarrollo democrático e institucional de México son, sin duda, motivo de gran orgullo para su militancia; pero forman parte del pasado, de un pasado que se entremezcla con la narrativa social que muestra también a una élite dirigente que fue omisa de los compromisos con la sociedad y fue en exceso permisiva y servil frente a la corrupción, la frivolidad, la ineficacia y los excesos de una camarilla gobernante que provocó malestar, hartazgo y rechazo de la sociedad que se reflejó en los resultados electorales de 2018 y siguió impactando en los procesos electorales del 2021.  

El PRI, en su primera etapa como Partido Nacional Revolucionario nace como un Partido de Estado, surge desde el poder, emerge de la fragua de un movimiento revolucionario que le asignó tres objetivos fundamentales: Mantener la defensa del proyecto de nación inscrito en la Constitución Política de 1917, administrar el poder para evitar conflictos entre las diversas fuerzas políticas de la Nación y conservar ese poder en manos de los representantes de la revolución triunfante y sus legatarios. El PRI fue, sin duda, como partido-sistema el gran constructor y defensor de las instituciones que impulsaron el desarrollo nacional en el siglo XX; y desde los años 70 fue el gran promotor de la transición democrática que abrió las puertas a la normalidad electoral y al pluralismo Político. Pero ya no fue capaz de transformarse a sí mismo con la misma velocidad y eficacia; y a partir de los años 80 del siglo pasado inició una ruta de deterioro ideológico y programático que no ha podido remontar.  

Fuera del ejercicio del poder, al PRI sólo le queda la opción de refundarse, de renacer con nuevas formas de organización que eliminen el burocratismo partidario, con diferentes métodos de acción política para aprender a luchar por conquistar el poder y mantenerlo en un ejercicio responsable, eficiente y honesto al servicio de la sociedad. Renovarse o morir, ese es el reto. El tiempo dirá si la dirigencia y la militancia estuvimos a la altura del desafío.   

POR JOSÉ ENCARNACIÓN ALFARO CÁZARES
@JOSEEALFARO 

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