Rabia. El presidente estúpido y el reportero

No usa esa palabra, pero, quizás antes que nada, lo que ofrece Bob Woodward en Rabia, su último libro, es el retrato de un estúpido en primera persona

Rabia. El presidente estúpido y el reportero
Julio Patán / Malos modos / Opinión El Heraldo de México

No usa esa palabra, pero, quizás antes que nada, lo que ofrece Bob Woodward en Rabia, su último libro, es el retrato de un estúpido en primera persona. El estúpido es EL ESTÚPIDO, es decir, Donald Trump. Según comenté antes, el calificativo no es mío, sino del filósofo Aarón James. Un estúpido no es un tonto fofo, un pasmado. El estúpido es el tonto con iniciativa: el que no conoce límites a su actividad; el que lo sabe, lo resuelve, lo reinventa todo. Es el tonto todoabarcante. Es el tonto narcisista, pues. Ese que encarna como nadie el líder populista.

¿Por qué en primera persona? Porque Trump, con esa arrogancia sin fronteras, decidió concederle a Woodward no una ni dos, sino 17 entrevistas, para que ensamblara un libro que es una crónica de la última etapa de su administración, esa que abarca las investigaciones sobre la trama rusa y la pandemia, en sí misma un gran detector de estúpidos. La arrogancia radica en que, en 2017, Woodward, el hombre que detonó el caso Watergate con Carl Bernstein, el que ha entrevistado a la casi totalidad de los presidentes gringos de las últimas décadas, o sea EL REPORTERO, había usado como trapeador a Trump en otro libro, Miedo, que compone el retrato coral de una administración delirante, hecha de improvisaciones, de contradicciones, de despidos y renuncias fulminantes. De estupidez. Así y todo, Trump, ausente en Miedo, decidió hablar esta vez con “Bob”, quizá convencido de que, con su genio, podía manipularlo. Por supuesto, falló.

¿Qué pasa en Rabia? Que vemos a la estupidez a cargo de una pandemia. A un presidente que mandó a confinamiento a su país pero luego lo finiquitó sin calcular las consecuencias; el que se negaba a usar cubrebocas y aseguraba que el virus iba a “desaparecer” así, solo; el que veía con indiferencia cómo se sumaban muertes hasta una cifra de récord, entre aseveraciones triunfalistas. Pero hay más. Es el presidente que se convenció de que Kim Jong-Un era su amigo… y estuvo a punto de ir a la guerra con él. El que, con un desparpajo inconcebible, insulta a Bush Jr. o le dice a Woodward que su libro seguramente será malísimo. O sea, un hombre delirante, que habla a borbotones, entre bravuconerías y mentiras, de una ignorancia proverbial e incontinente. Porque este libro es también eso: un retrato de la locura. De la locura que estuvo a cargo de los Estados Unidos durante cuatro años. A ratos, da risa. Pero es aterrador.

Rabia es recomendable por muchas razones. Libro de un periodista de raza, todo un maestro de la entrevista, es una obra, sí, sobre la estupidez individual, pero, sin decirlo, también sobre la estupidez compartida. Esa que se ha vuelto gobierno en muchos lugares durante los últimos años. Un retrato de época, pues, qué es lo que, de vez en cuando, consiguen los grandes reporteros.

POR JULIO PATÁN
JULIOPATAN0909@GMAIL.COM 
@JULIOPATAN09


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