Los aros dorados

"Desde que tengo uso de razón la recuerdo siempre con sus pulseras doradas"

Los aros dorados
Atala Sarmiento/ Anecdatario/ Opinión El Heraldo de México

Afortunadamente la memoria es selectiva. De tal modo que, eventos traumáticos somos capaces de borrarlos por completo de nuestra mente y en cambio los recuerdos agradables los tenemos ahí muy presentes; algunos de ellos tanto, que al traerlos a nuestro presente nos hacen sentir, oler, escuchar, tener casi la misma sensación de aquel momento memorable.

Mi mamá usaba, de toda la vida, tres aros de oro en la mano derecha. Fue un regalo que le hizo mi abuelo Francesc para sus 18 años. Eran delgados y tenían un grabado finísimo de unas guirnaldas de florecitas. No se las quitaba nunca. Desde que tengo uso de razón la recuerdo siempre con sus pulseras doradas.

No eran cualquier cosa. Los brazaletes de mi mamá eran más que una joya en sus muñecas. Eran su representación, eran su sonido, eran ella. Si salíamos a algún lugar y de pronto yo me alejaba de ella sin darme cuenta, el sonido de sus aros dorados eran mi guía para encontrarla. Escucharla mover el brazo derecho me daba seguridad. El tintineo de sus pulseras eran mi bálsamo si no la tenía a la vista.

Toda mi infancia y adolescencia los aros dorados de mi mamá me hicieron sentir su presencia, saberla cerca, darme sosiego y seguridad. Hasta que un triste día desaparecieron.

Una noche que se los quitó antes de irse a la cama los dejó junto con otras cosas en un joyerito en su baño. Sospechamos que alguien que trabajaba en las labores domésticas de la casa los hizo perdedizos y nunca supimos más de ellos.

Tuve que acostumbrarme a no reconocer a mi mamá a la distancia sin su sonido de toda la vida. Dejar de buscarla en el rechocar de aquel preciado regalo de mi abuelo. 

Tengo el recuerdo de, siendo muy pequeña, estar sentada en sus piernas, con sus brazos envolviéndome en lo que ella hablaba por teléfono y yo oliendo su perfume, contemplando las pulseras en su brazo, haciéndolas subir y bajar para que chocaran entre sí y sonaran; me gustaba ese momento con ella.

Hace un par de meses descubrí un sitio en donde vendían tres aros dorados que me remitieron de inmediato a mi mamá. No eran tan bonitos como los de ella, pero aún así me brillaron los ojos. Los he estado mirando todo este tiempo sin atreverme aún a comprarlos.

En los días pasados David, mi esposo, me preguntó si tenía alguna preferencia para un regalo específico para esta navidad. En principio le di algunas opciones de cosas que, en realidad, no necesito. Después de darle muchas vueltas le confesé la verdad.

Le dije que el único regalo que verdaderamente me ilusiona son los aros dorados.

Los quiero porque voy a hacerlas resonar en mis muñecas para sentir a mi mamá cerca. Porque ahora que vivimos separadas por un inmenso océano necesito saberla conmigo, así como cuando era niña y su sonido era mi consuelo.

POR ATALA SARMIENTO
COLUMNAS.ESCENA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@ATASARMI


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