CÚPULA

Sushi, elotes con piquín y fiestas patrias

Casi cualquier cosa puede echar a rodar la memoria mexicana, activando el sentimiento de historia compartida

CULTURA

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COGRAFÍA “JUANA GALLO”. Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández (BFMAH). Foto cortesía: BFMAH.Créditos: Foto cortesía: BFMAH.

En días de patria, la ciudad se transforma en un parque temático en el que todo remite a la Nación. Es la hora en que la comida que habitualmente comemos se viste de esencia e identidad, y hasta el himno que cantábamos en los patios de la infancia nos recuerda que en cada una de sus estrofas se cantan hazañas mejores que las de la ira del pélida Aquiles.

Habitantes del siglo XXI, vivimos en un mundo donde no se cumplieron las promesas de revolución ni los apocalipsis anunciados en las distopías cinematográficas. En esta realidad intermediaria y bárbara en la que todo está por mejorar, es probable que en la noche del 15 muchos sustituyamos los chiles en nogada, que hoy son un lujo para pocos, por el pozole y los tamales de las mañanas de domingo.

Vivo en Río de Janeiro desde hace 24 años, y para mí, el patriotismo es una radiación intermitente que se instala sin aviso previo. Atado a las urgencias de otro calendario, de repente, sin que nada venga a cuento, casi cualquier cosa puede echar a rodar la memoria mexicana, activando el sentimiento de historia compartida, aunque también hay días en que recuerdo con atraso que la semana pasada se conmemoró la Batalla de Puebla o el nacimiento de Leona Vicario. Si me preguntaran, seguro les diría que en esos instantes hago míos los versos de José Emilio Pacheco, que rechazaba el fulgor abstracto e inasible de la patria, y con gusto “daría la vida/por 10  lugares suyos, /cierta gente, / [ y] una ciudad deshecha”. Carlos Monsiváis, autor  de  Amor perdido, decía que la Ciudad de México, mi ciudad, por su extensión inabarcable, ya no era posible como vivencia. Lo mismo ocurre con nuestra vasta y multicultural patria.

Después de 70 años de partido único y  20 de neoliberal, en que los colores y las insignias instituidas en 1821 fueron privatizadas, se necesita mucho ejercicio de empatía para que proclamas como “Va mi espada en prenda, voy por ella” o “Morir es nada cuando por la patria se muere” no nos suenen a frases manipuladas por algún funcionario de gobierno.

Los que esta noche cincuenteamos al abrigo del Huapango de Juan Pablo Moncayo, crecimos bajo el influjo de Jorge Ibargüengoitia y los que vinieron después, que buscaron alterar la forma en que nos acercamos a los tótems y tabús de la polis. Con inteligencia y desparpajo, el escritor guanajuatense reescribió las lecciones de historia patria. En una de sus tantas crónicas desopilantes, dijo que, en los tiempos de la peregrinación de los mexicas, cada vez que un águila amenazaba con posarse en un nopal, los habitantes de Salamanca la espantaban a pedradas “porque sabían la suerte que les esperaba en caso de dejar establecerse en esas tierras a los peregrinos aztecas”.

A partir de esa generación, donde figuraban Carlos Fuentes, Rosario Castellanos,  Sergio Pitol y muchos otros, los mexicanos aprendimos a no ser tan típicos. Desde entonces, desconfiamos de las estatuas cabezonas de los próceres, somos capaces de reconocer lo aburridas que son las fábulas patrióticas y nos burlamos del aire de superflua respetabilidad que deforma la vitalidad de nuestras figuras históricas, que no se andaban con cuentos.

Pero el efecto de esa actividad crítica fue el contrario. Al pasarle a la historia el cepillo a contrapelo, la hicieron más entrañable y nos permitieron encontrar en los héroes generosidades y empeños humanos infinitamente más conmovedores que el que pretendía el gélido mármol del oficialismo o la consigna. Después de eso, ningún chavo se encandila ya ante los tonos de la psicodelia patria, y es capaz de pasar de largo ante los listones de rosa mexicano o la estridencia multicolor de las chinas poblanas y los charros acinturados sacados del Ballet Bolshoi. Hoy, en vez del melodrama, nos conmueve más la patria de las cosas simples, esa de la que Ramón López Velarde dijo: “te amo no cual mito, /sino por tu verdad de pan bendito”.

Reconciliados (aunque nunca sepamos cómo) con la tribu, somos incapaces de perdernos el mal futbol de nuestra selección en la Copa del Mundo, y aceptando que esos 11 nos representen, nos comemos las uñas durante 90 minutos que siempre son de tensión, vibrando en cada gol que ellos anotan. Así también nos juntaremos la noche del 15 de septiembre para conmemorar por esta patria a la que pertenecemos (aunque no a todos nos haya hecho justicia), o quizá sólo a comer y beber con los nuestros, lo que formalmente viene a dar en lo mismo.

En una era trasnacional en la que parece que estamos ante palabras y signos gastados y para muchos ya no hay héroes, o éstos tomaron la forma de las estrellas de la música, del deporte o ganan premios literarios, la noche del 15 seremos galvanizados por una energía mayor que nos recuerda que hacemos parte de un colectivo de destinos cruzados. A esa hora, será conveniente recordar que los ídolos y las gestas son las representaciones que dan visibilidad a ilusiones y proyectos de conjunto: son a ellos a los que tenemos que rescatar del mármol paralizante y las trompetas destempladas. La tarea es grande y el desánimo latente. Fue por eso que José Emilio Pacheco escribió que en la República de los Lobos “nos enseñaron a aullar. /Pero nadie sabe/si nuestro aullido es amenaza, queja, /una forma de música incomprensible/para quien no sea lobo;/un desafío, una oración, un discurso/o un monólogo solipsista”. El desafío es el de revitalizar esos cantos, pues quizá ese sea el objetivo de esta noche de fiesta.

Hace algunos años, Paco Ignacio Taibo II, desafiando a quienes podrían acusarlo de ingenuo, demodé u oficialista, se atrevió a intitular Patria a su trilogía sobre la Guerra de Reforma. Del espíritu de esa obra, podemos rescatar los versos del poeta y revolucionario guatemalteco Otto René Castillo, que condensan el carácter colectivo de este empeño:

“Vámonos patria a caminar, yo te acompaño”.

Por Víctor Lemus 

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