La danza me abrió puertas, conversación con la maestra Nellie Happee

La también coreógrafa fundó el Ballet Clásico de México, hoy Compañía Nacional de Danza

La danza me abrió puertas, conversación con la maestra Nellie Happee
Nellie Happee, también coreógrafa, fundó el Ballet Clásico de México, hoy Compañía Nacional de Danza. Foto: Especial

Nellie Happee está cumpliendo 91 años y más de 60 de trayectoria artística; una figura adorada y reconocida desde la segunda mitad del último siglo por el público de los escenarios y por bailarines, artistas, coreógrafos, gestores, funcionarios culturales presentes y ausentes –por la comunidad cultural–. La creadora emérita –un tesoro nacional viviente– estudió en nuestro país, EU y Francia.

En sus coreografías, Happee pone en su perol de creación, el talento individual de cada bailarín, sus características físicas y fortalezas, la música, así como el México vivo y el de antaño. Esta particular amalgama, ha dado como resultado más de 50 obras; de entre ellas “Carmina Burana” y “Esquina Bajan” han sido de las más exitosas y son referentes obligados de la danza.

Esta conversación cobra mayor significado en el Día Internacional de la Danza –29 de abril, en plena época COVID-post COVID, como habrá de registrarse en la historia de la humanidad–. Tengo el enorme placer de ser un canal transmisor de las palabras de la maestra Happee, fundadora del Ballet Clásico de México, hoy Compañía Nacional de Danza.

En esta primera parte de la charla, la maestra nos habla de sus inicios cuando era muy niña, época que recuerda siempre con alegría, salpicando sus palabras con risas contagiosas. Nellie Happee es una de las protagonistas de la vorágine cultural de México.

Es un honor hablar con usted Nellie hoy en el Día Internacional de la Danza; es un gozo escucharla maestra “…algunas veces mi voz va aminorando de volumen, no dude en decírmelo cuando lo sienta de esa manera –ni me doy cuenta–, yo creo que viene de familia porque si le dijera que mi abuelo cuando hablaba, teníamos que acabar acercándonos para escucharlo, mientras más se emocionaba, el volumen de su voz disminuía…”, así me recibe la maestra con esta entrañable anécdota y me sentí conmovido.

“Es muy curioso, no supe muy bien en qué momento me atrapó la danza; yo era una niña calladita, con muy buenas calificaciones. En la época del kinder, cuando teníamos una actividad de baile, yo siempre era quien ‘llevaba la fila’ porque era muy pequeña de estatura; yo sentía que me transformaba. Una de mis maestras, un día le dijo a mi madre que yo me ponía muy contenta en esos momentos y le recomendó me llevara a una academia de baile aledaña a la escuela y lugar en el que vivíamos –en la zona de Puente de Alvarado, muy cerca del hoy Museo Nacional de San Carlos, barrio en el que crecí–.

Yo tenía cinco años, mi madre me preguntó que si quería ir y le respondí que sí. Quien me llevó a la Academia de Danza fue mi abuelita y al llegar, me detuve en la puerta, mi abuela entonces me llevó a caminar media cuadra y me dijo ‘no estamos jugando, tú dijiste que querías y ahora tienes que entrar’… así fue como entré a la danza”.

“En la Academia aprendí a bailar, aprendí a recitar ‘soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte…’”, y recita este fragmento de Gustavo Adolfo Bécquer… Después nos fuimos a vivir a Estados Unidos, cuando tenía seis años, y me llevaban todos los sábados a tomar clases de danza española. De ese tiempo guardo una muy linda carta que me dirigió una Asociación de Padres de Familia agradeciéndome por amenizar las fiestas del Día de las madres… yo le puedo afirmar que en todos los momentos de mi vida, la Danza me abrió puertas.”

Por Salvador Vera

maaz

 


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