Vicente Rojo, inabarcable

El artista plástico fundó todo. Cambió todo. Creó todo. Y luego, con el fuego de su apellido lo transformó todo, lo quemó todo, lo recreó todo

Vicente Rojo, inabarcable
PORTADA. Del libro Desde el volcán, Vicente Rojo y Pedro Ángel Palou. Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, 2012. Cortesía: Germán Montalvo.

Todos han querido explicar a Vicente Rojo, desde su inesperada partida –tenía 89, pero estaba lúcido, perfecto, lleno de proyectos–, y es imposible. Que fue el gran fundador, refundador, creador, destructor, recreador del diseño gráfico en México… Sí. Basta ver sus potadas para la Serie del Volador de Joaquín Mortiz, con Beckett a la cabeza; las de ERA; las de la Universidad Veracruzana; sus miles de carteles. Todo lo que fue Imprenta Madero. Sí, sí…

Pero luego resulta que las esculturas…

Y luego, más aún resulta que su propia obra pictórica.

Imposible de abarcar.

Nunca.

Y, sin embargo, hay algo que une todo eso. Y es la letra, el alfabeto, la A, la Z. Lo gráfico mismo. No. Me equivoco, como tantos. En Vicente Rojo todo se reduce a la geometría, a lo meramente euclidiano. Es. O no es. 

Es Vicente Rojo.

Si Walter Benjamin ideó, pensó, que se había acabado lo aural en el mundo contemporáneo debido a la “reproducción técnica”, Vicente hizo de esa misma serialidad la materia de su obra, devolviendo el aura a la obra reproducible infinitamente. Se jodió Benjamin, podríamos decir al ver a Rojo. Sí. Lo siento.

Hay otro problema, la reinvención. Cuando Vicente se sentía acabado era otro, nuevo. Refulgente en su juventud. Si me apuran: el niño sabio, siempre.

De su idea de la lluvia cromática a sus trabajos con las texturas de lo volcánico.

Así lo conocí. Su gran discípulo Germán Montalvo me lo presentó en su estudio de Coyoacán. Trabajaba, en gris, volcanes. Ideamos un libro. Yo escribiría los poemas, él la gráfica, con una condición: no me ilustraría. Ninguno sabría de qué trataban nuestros volcanes. El arte de unirlos sería de Germán. El libro, generoso, no es el que ideamos los tres, por razones presupuestales, pero allí está.

Lo otro, lo verdadero, es que Vicente Rojo fundó todo. Cambió todo. Creó todo. Y luego, con el fuego de su apellido lo transformó todo, lo quemó todo, lo recreó todo. 

Dice Cuauhtémoc Medina que estaba, como el niño que siempre fue, pensando en una obra apoteósica, de un formato apabullante para alguien de 20, no de 90, al final de sus días. Le creo.

Vicente se ríe de nosotros, tan simples.

Porque él nos vio, nos ve siempre como observa la divinidad:

Eternos, euclidianos, formas de la forma formante en formación: pretextos para su creación siempre genial, nunca terminada. 

Por Pedro Ángel Palou

avh


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